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El monstruo que sale de adentro

El ciclo ficticio, cuarta parte.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Cómo olvidar aquellas imágenes espeluznantes; cómo olvidar aquel aterrador momento en que Gilbert Kane, el copiloto de la nave espacial Nostromo, caía sobre la mesa en medio de convulsiones, mientras sus compañeros trataban de ayudarlo, hasta que de pronto su pecho se abría en una explosión sanguinolenta, y una especie de reptil extraterrestre emergía de su interior, empapado de la sangre de su víctima, y huía, dejando al infortunado individuo que le había servido de anfitrión dando sus últimos estertores. Alien, la película de 1979, promocionada en Hispanoamérica como El octavo pasajero, fue el inicio de otra franquicia de medios que se extendió –al momento actual– hasta 2017, en que se estrenó Alien Covenant. Respecto a la película original de 1979, clasificada como ciencia ficción y terror, tiene varias facetas que fueron destacadas por los críticos: los ambientes sombríos y claustrofóbicos de una nave espacial enorme, que viaja por lugares inexplorados de la galaxia; la trama conspirativa, revelada al promediar la película, acerca de cómo el ser extraterrestre de una especie desconocida, que se les cuela en la nave al aterrizar y explorar un planeta también desconocido, era conocido por una poderosa corporación empresarial, que lo quería traer a la Tierra, aunque eso significara la muerte de los tripulantes de la nave.

Pero lo más impactante, indudablemente, era el extraterrestre –el alien, también llamado xenomorfo– una forma de vida exótica, monstruosa, y ferozmente agresiva, el encuentro con la cual significaba invariablemente la muerte. Tanto o más impactante que el mismo xenomorfo y su violenta agresividad, era su forma de nacer: depositado como huevo o embrión en el interior de un ser humano por una forma de vida intermedia –llamada el abrazacaras– algo tal vez inspirado en la reproducción alternante de las medusas, eclosionaba desde el interior de su anfitrión transitorio, acabando con la vida del mismo. Esta es la escena espeluznante, la que aparece en la película original en una forma gráfica y truculenta, que no se repite con tanta pavorosa crudeza hasta Alien Covenant. Respecto a esta escena de la película original, se cuenta que, si bien los actores ya sabían que el alien surgiría del interior del cuerpo del actor que personificaba a Kane, desconocían que se habían colocado bombas de alta presión, petardos y vísceras en el cuerpo falso del personaje, por lo que la explosión de sangre que acompañó la salida del monstruo los tomó por sorpresa y provocó pánico. Una de las actrices, incluso, fue rociada por un chorro de sangre, lo que provocó que cayera al piso y se pusiera histérica. También se cuenta que, en las exhibiciones de prueba, previo al estreno oficial de la película, durante esta escena hubo espectadores que se fueron hacia el fondo de la sala, procurando alejarse de la pantalla. Más sorprendente es saber que la película pretende tener alusiones sexuales, a cuál más grotesca y violenta, lo cual fue confirmado por uno de los guionistas; desde el ataque de la criatura que deposita los huevos dentro del astronauta Kane, interpretada como violación oral homosexual, hasta la brutal salida del xenomorfo del pecho de la víctima, en alusión a un parto, y también la forma fálica del monstruo, tanto el que eclosiona del pecho del astronauta, como la forma alargada de la cabeza del xenomorfo adulto. Parece que la intención fue inquietar específicamente a los hombres, con metáforas sexuales irritantes para el género masculino.

En cuanto a las temáticas sexuales presentes en la película, además del guionista, lo comentan también algunos críticos y analistas de cine. Siendo ese el caso –y la intención del guionista– la extrema violencia en el comportamiento del alien sugiere alusiones sexuales muy retorcidas. Personalmente, vi la película siendo un adolescente de catorce años, y volví a verla varias veces, sin que me impresionara que allí se insinuara una escena sexual; además, nunca había escuchado, ni leído, que el filme contuviera alusiones sexuales, hasta la preparación de la presente reflexión. Aún sin tomar en cuenta la presencia de tales insinuaciones al sexo, la penetración por la boca hasta por lo menos el pecho del astronauta de la probóscide del abrazacaras es algo que resulta aterrador; la imposibilidad de quitarlo –y el hecho de que la misma criatura le suministrara oxígeno, por lo que era peligroso retirarlo– proponía una encrucijada en cuanto a cómo manejar una situación totalmente desconocida y peligrosa, provocada por la agresión de una forma de vida extraña. La propuesta resultaba pavorosa, y muy perturbadora. Todo esto, antes de llegar a la brutal escena del supuesto parto del monstruo, gestado en el interior del cuerpo del infortunado astronauta. Más allá de alusiones sexuales irritantes y perturbadoras, la visión del monstruo que sale del interior del ser humano resulta inquietante si se piensa, si se especula con la posibilidad, con la eventualidad de que un día, un monstruo aterrador emerja de uno mismo; pero no un monstruo extraterrestre, sino ese lado oscuro y malévolo que tiene el ser humano en su interior, y que en algunos aflora más fácilmente que en otros. Y no ser anfitrión de un parásito, sino ser el monstruo, y tenerlo escondido; ser un monstruo, y no saberlo. Y que ese lado oscuro y monstruoso salga a la luz, por ejemplo, al reaccionar ante una situación límite, ante circunstancias estresantes extremas, perdiendo el control, actuando de una manera totalmente fuera de la línea, fuera del libreto de una conducta de vida civilizada, y coherente.

En el Antiguo Testamento hay un texto revelador: “Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable” (Eclesiastés 10:1); en la traducción DHH este versículo está presentado en forma de proverbio: “Una mosca muerta apesta y echa a perder el buen perfume. Cuenta más la tontería más ligera que la sabiduría más respetable”. Una “tontería ligera”, o una “pequeña locura”, tienen el efecto de arruinar el testimonio de vida, la reputación, la respetabilidad de un individuo. Pero una gran locura, un crimen, una monstruosidad, puede arruinarlo todo; incluso, terminar con la familia y la vida del individuo, y de personas inocentes que tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino. O puede ser que el monstruo haya nacido con uno, y sólo esté esperando el momento propicio para eclosionar; que el individuo sepa que lleva ese monstruo adentro. Se trate de personas violentas, asesinos, violadores, torturadores, que cuando tienen la oportunidad –y saben que tienen garantizada la impunidad– actúan contra sus víctimas con total falta de empatía y compasión; siendo desleales, pisoteando los derechos y los sentimientos de los demás, dañando –incluso físicamente– violando y matando sin compasión. Y hablamos de un monstruo que no fue puesto allí por una criatura extraterrestre aterradora; sino que lo fue por la influencia maligna de la comunidad, de una cultura decadente, por la presión de un grupo tóxico y sin verdaderos valores, por amigos que no califican para ser llamados amigos, por el consumo de drogas, por la ambición y la codicia de bienes, prestigio y placeres; o tal vez, por la necesidad, que rebaja a comportamientos casi animales; a una conducta criminal, que muchas veces es monstruosa. Una conducta criminal monstruosa. ¿Cómo lo evitamos? ¿Podemos librarnos del monstruo?

Las investigaciones sobre la conducta criminal del ser humano en las comunidades contemporáneas se han vuelto apremiantemente necesarias, y las teorías y enfoques se han multiplicado, ofreciendo diversas explicaciones para el comportamiento antisocial, el delito y el vandalismo. Someramente, las causas de la conducta criminal han sido estudiadas desde las perspectivas biológica, sociológica y psicológica1. Dado que desde las perspectivas mencionadas los aportes a la comprensión del problema surgen de la realización de trabajos científicos, cualquier punto de vista teológico o religioso del problema, por supuesto, queda fuera de consideración, lo cual está a tono con la época actual de secularismo materialista a ultranza. El enfoque biológico del origen de la conducta criminal es muy interesante, porque busca y demuestra la existencia de un sustrato orgánico –anatómico– o una disfunción corporal, como causa de dicha conducta. El espectro de posibles causas es muy amplio, e incluye: bajos niveles de serotonina –una sustancia neurotransmisora cerebral– lesiones traumáticas o de otro tipo en el lóbulo frontal del cerebro –contusiones, hematomas, infartos, tumores– niveles elevados de testosterona, el llamado desorden de déficit de atención –que podría implicar factores genéticos– los efectos de diversas drogas, el síndrome de estrés postraumático –en sobrevivientes de guerras, desastres naturales, o hechos de extrema violencia – trastornos cognitivos –generalmente debidos a procesos neurodegenerativos– y también los efectos del consumo de alcohol y otras drogas por la madre del individuo durante el embarazo. En estos casos, se considera que la persona que ha cometido el delito, más allá de la gravedad –o monstruosidad– del mismo, es alguien enfermo y, por lo tanto, no puede ser responsabilizado por sus hechos. En cuanto al enfoque sociológico, también muy resumidamente, el enfoque converge en las condiciones de desigualdad en el acceso a la satisfacción de las necesidades mínimas de los individuos, aduciendo que el que la comunidad permita dicha desigualdad, y la legitime, obliga a los individuos con necesidades básicas insatisfechas a elegir la vía del delito para satisfacer dichas necesidades.

Finalmente, en la perspectiva psicológica, la psicobiología postula las causas de la conducta criminal en determinantes genéticos, daños durante el embarazo y el parto, contaminación ambiental, mutaciones genéticas, anormalidades físicas, accidentes y daño cerebral; todo lo que nos lleva nuevamente al enfoque biológico. Esta perspectiva insiste en la realización de una evaluación médica, en procura del diagnóstico de una causa orgánica, y si se encuentra la misma, se considera al individuo no pasible de ser sometido a un proceso judicial. Por otro lado, se busca en el maltrato infantil, en el tipo de crianza (rígida o muy laxa), en los trastornos de identidad sexual, la causa de traumas inconscientes de la vida adulta, que conducen al desarrollo de una personalidad antisocial, lo que se considera base de la conducta criminal. Asimismo, se considera que la conducta se compone de reacciones aprendidas en función de los estímulos externos, cuando dichas reacciones permiten alcanzar objetivos, o alcanzar resultados positivos; estos objetivos, o resultados positivos, no necesariamente coinciden con las normas y la escala de valores que rige la sociedad. Son resultados positivos para el individuo infractor. La conducta criminal se adquiere cuando con la misma se obtienen metas personales. El ser humano, por lo tanto, incurre en el delito como reflejo de lo aprendido en el ambiente social en que se ha movido (1). Otra postura es que la conducta criminal surge de una imitación de las conductas delictivas de alguien que funge como modelo, y que ha logrado beneficios personales con esas conductas. El detalle es que este modelo considera penalmente responsables a estos individuos.

Quienes investigan la conducta criminal sostienen que la perspectiva biológica no puede explicar la totalidad de los casos de conducta criminal. La pregunta es si la academia considera que las otras perspectivas, la sociológica y la psicológica, completan el entramado teórico explicativo de dichas conductas; sobre todo, de aquellas que más hieren la sensibilidad colectiva, si explican los hechos terribles a cuyos autores, la comunidad califica como “monstruos”. La investigación continua nos muestra que los especialistas en el tema, con honestidad intelectual, no pretenden haber encontrado la explicación definitiva y última; pero los resultados de los estudios en busca de las causas de los comportamientos delictivos han aportado una gran cantidad de información para comprender uno de los grandes males de las comunidades actuales, así como para actuar desde los puntos de vista judicial y sanitario, no sólo con las víctimas, sino también con los victimarios. Ahora, ¿las posibilidades de abordar el problema terminan en las tres perspectivas mencionadas? No; ya se mencionó que la perspectiva teológica no integra el espectro de investigaciones actuales sobre el tema, por no pertenecer al campo de la ciencia; y eso está bien. Sin embargo, así como la filosofía, la teología también puede hacer algún aporte; sobre todo, la teología bíblica, es decir, las conceptualizaciones antropológicas surgidas de la Biblia. Un aporte sin dogmatismo, ni intento de proselitismo; sólo como una opinión.

Al respecto de esto, cabe recordar que Jesús dijo en una ocasión que, del corazón del ser humano, es decir, de su esencia interior: “Salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19; DHH: “Del interior del hombre salen los malos pensamientos, los asesinatos, el adulterio, la inmoralidad sexual, los robos, las mentiras y los insultos”). Los malos pensamientos mencionados por Jesús bien pueden interpretarse como procesos racionales alterados, acompañados por trastornos emocionales, que dan lugar a malas y muy malas decisiones, las cuales se traducen en actos: robo, fraude, violencia, asesinato, inmoralidad sexual, intolerancia religiosa (equiparando la blasfemia a la violencia contra lo que otros consideran sagrado), e intolerancias de otro tipo. Muchas malas cosas hay en el interior del ser humano, y no se están quietas ahí; quieren salir, y lo hacen. ¿Qué perspectiva nos ofrece la Biblia sobre esto, y cómo podemos enfrentar al monstruo, desde un enfoque espiritual? Ese es tema de la siguiente reflexión de este ciclo.

 

1) http://www.robertexto.com/archivo13/psicol_forense.htm

 

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 1».

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 2».

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 3».

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 5».

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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