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Gente del futuro – 2

El ciclo ficticio, segunda parte.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La reflexión continúa a propósito de la utopía, la búsqueda del mundo perfecto, o la sociedad perfecta, justa, pacífica, igualitaria, libre de violencia, libre de discriminación, libre de la pobreza y otros males que los seres humanos podrían evitar, si verdaderamente se pusieran a trabajar unidos, con el único objetivo del bien y la felicidad común. Nos detuvimos en la llamado tecnoutopía, o utopismo tecnológico, la esperanza de que los adelantos científicos y tecnológicos lleven a la humanidad a la utopía. Tomamos del género de la ciencia ficción, como ejemplo a desarrollar, una de las franquicias de medios más populares del último medio siglo: Star Trek, o Viaje a las estrellas. Discutimos sus aspectos, sobre todo la presentación de un futuro utópico construido por los seres humanos, quienes, en este universo de ficción, viven en completa paz, procurando crecer en la búsqueda del conocimiento, de un conocimiento que beneficie a todos por igual, y cultivan relaciones amistosas con numerosas razas extraterrestres, con las cuales mantienen un pacífico intercambio cultural, y juntos exploran la galaxia. Y vimos que uno de los aspectos de la utopía futurista de esta franquicia es, justamente, la eliminación de la religión.

Uno de los capítulos de la serie La Nueva Generación, que se emitió por siete temporadas, desde 1987 a 1994, es muy ilustrativo al respecto. El episodio 4 de la temporada 3, titulado Quién vigila a los que vigilan, comienza con la siguiente propuesta argumental: un grupo de humanos, terrícolas, están estudiando a los habitantes de un planeta llamado Mintaca 3; lo hacen desde una base camuflada, que se mantiene oculta de los nativos del planeta, ya que estos tienen un desarrollo científico y tecnológico inferior. Esta propuesta puede sonar conocida, porque es lo que hacen, según los entendidos en el fenómeno ovni, los extraterrestres que llegan para visitar la Tierra, y no se dan a conocer porque somos muy atrasados para ellos. Pero volviendo a Mintaca 3, una falla técnica expone la base terrícola, y uno de los nativos resulta herido; trasladado a la nave Enterprise para ser atendido, despierta transitoriamente, ve al capitán de la nave, y lo toma por un dios. Cuando es devuelto con su gente, les cuenta que vio a ese dios, y convence a los demás, iniciando una religión incipiente. En la nave, el jefe de los antropólogos recomienda al capitán Picard que baje y entregue mandamientos, para encauzar la religión que se está gestando entre los nativos, de modo de evitar que degenere en un caos de “inquisición” y “guerra santa”. El capitán, con mucha firmeza, rechaza la recomendación del antropólogo, aduciendo que la propuesta de éste implica devolver a los nativos del planeta a la “tinieblas de la superstición, de la ignorancia y el temor”.

El capitán Picard pone mucha energía en rechazar dar inicio a una religión en un planeta habitado por una raza que por sí sola había abandonado las creencias religiosas, poniendo el acento en lo positivo de esto último. El concepto de religión como “retroceso” emerge en la negativa a “devolver” a los mintacanos a las “tinieblas” de la superstición. Por supuesto, si el capitán Picard les hubiera entregado a los nativos una religión de su propia manufactura, habría sido una falsa religión. Pero su enérgica negativa a hacer esto no parece ser porque, por contrapartida, esté dispuesto a predicarles una religión “terrícola”; el cristianismo, o la que fuera. La idea de los antropólogos era no intervenir para nada –ni siquiera dejarse ver– siguiendo el supremo precepto, o directriz principal, consistente en no modificar el desarrollo cultural de una raza con un nivel científico y tecnológico inferior. Es curioso, porque esto es precisamente lo que hacen en la vida real muchos antropólogos que se oponen al trabajo misionero cristiano entre pueblos primitivos. Así que ese precepto supremo de la flota estelar –en el universo de ficción de Star Trek– no es singular, propio de la franquicia, como parte de la filosofía atea que ésta preconiza, sino que tiene su correlato en la vida real.

Pero lo que interesa de este episodio, llamado Quién vigila a los que vigilan, es el tratamiento dado a la religión: tinieblas, superstición, ignorancia. Eso es algo con lo que los evangélicos podemos estar de acuerdo, y al mismo tiempo en desacuerdo. De acuerdo, porque como cristianos apegados a la Biblia vemos la fe en Cristo y la vivencia del evangelio de Jesús como algo más profundo que la simple práctica hueca de una religión; así se nos ha enseñado, y así lo hemos experimentado, cuando comprendimos que el amor de Cristo es el motor de nuestra vida de fe y obediencia a Dios y a su Palabra. Pero en desacuerdo porque cuando los términos tinieblas, superstición e ignorancia, vienen de una fuente como ésta de la que estamos hablando, que trasmite una filosofía sin Dios y una religión que cree y confía exclusivamente en el hombre, engloba en el término religión toda forma de creencia, espiritualidad y fe en lo trascendente. Es curioso, porque con mucha anterioridad la Biblia llamó tinieblas, justamente, a todo aquello que está lejos de Dios, a causa de la maldad y el pecado. Jesús dijo: “La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19); un tiempo después, en ocasión del incidente con una mujer sorprendida en adulterio, el Señor dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12); y ya cuando estaba próxima su muerte en la cruz, Él afirmó: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46). Las tinieblas –u oscuridad que envuelve la mente y el alma y las sumerge en la ignorancia, la superstición y el error– para los modernos buscadores de la utopía, de una utopía construida puramente por las fuerzas, las virtudes y los méritos del ser humano, las tinieblas, representan las creencias religiosas de cualquier tipo y, en el mundo occidental, específicamente el cristianismo. La religión es oscuridad, oscurantismo que se opone al progreso del ser humano, a su realización y bienestar. Por el otro lado, las tinieblas, para la Biblia, representan la oscuridad del corazón del ser humano, la deforme maldad del alma humana que siempre tiende al mal, al egoísmo, a pisotear a su prójimo en procura de sus propios fines e intereses, y a ser capaz de actos inimaginables, sobre todo cuando piensa que está más allá de toda necesidad de rendir cuentas, de responsabilizarse, más allá de tener que responder por sus hechos. Es el pecado que separa de Dios, que destruye al hombre, que echa a perder el mundo, y que condena al infierno. Que toda forma de creencia, de fe y de espiritualidad sea calificada –por aquellos que reniegan de Dios– como tinieblas, podría tomarse como una versión alterna de algo que ya está mencionado en la Palabra de Dios, cuando habla de aquellos “que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz” (Isaías 5:20). Pero también deberíamos tomar en cuenta los frutos que, a lo largo de la historia, las religiones han tenido –y tienen para exhibir– por su prédica y su trabajo por conducir a los seres humanos a la utopía, o intentar construir la utopía en la tierra. Según una de las fuentes utilizadas, que cita a la novelista y poetisa rumana-alemana Herta Müller, “utopía no es la palabra cargada de futuro y revolución que todos proclaman, sino una que sepulta las verdaderas ideas”(1); según este artículo, del pensamiento de esta autora surge que “la utopía expresa una realidad que ningún ser humano debería desear porque es sinónimo de vidas condenadas a una muerte segura y a la censura en todas sus formas”(1).

¿Deberíamos trabajar por construir la utopía, o tendríamos que evitarla?

Una de las formas de responder esta pregunta es ver qué ha sucedido cada vez que los seres humanos, en el entendido de estar munidos de una ideología, o una doctrina, con la capacidad definitiva para combatir la injusticia y las desigualdades sociales, procuraron imponer dicha ideología o doctrina a una nación –o más naciones– obligando a los individuos a trabajar en la construcción de la utopía. Esto tiene que ser una revisión necesariamente breve. Las ideologías o doctrinas que prometen la utopía son tanto políticas como religiosas. Dentro de las ideologías políticas, es evidente que el ejemplo más demoledor de los últimos cien años es el comunismo. La prédica del comunismo como ideología política que insiste en ser la única capaz de construir un futuro justo para todos, no ha variado. En el artículo El comunismo no es una utopía, publicado en un diario de izquierda argentino en noviembre de 2017, se lee “el capitalismo está basado en la ganancia de una minoría de empresarios que, por ser propietarios, le roban una parte del trabajo que hacen los obreros: en la actualidad hay 8 hombres que poseen la misma riqueza que los 3.600 millones de personas más pobres del mundo”(2); por supuesto que la realidad acerca de la injusta distribución de la riqueza en el mundo actual le rechina a cualquier conciencia sensible y altruista. Aclaremos que aquí ni vamos a demonizar el comunismo, ni a santificar el capitalismo; sólo a ver cómo el comunismo ha demonizado al capitalismo –tal vez el capitalismo lo merezca– para abrirse camino a sí mismo hacia el triunfo de su visión del mundo; otro ejemplo de esa demonización es la siguiente cita: “Como es un sistema social absolutamente irracional, no puede generalizar los avances de la ciencia y la tecnología a todas las ramas de la industria y los servicios, ni a todos los países. Su supervivencia depende de seguir robando una parte del trabajo a los asalariados para tener ganancias y mantener sus privilegios. Esta contradicción, que genera enormes desigualdades sociales, lleva a guerras entre los países y la destrucción del medio ambiente. También provoca crisis económicas recurrentes a nivel internacional. No hay salida dentro del capitalismo a los padecimientos de la mayoría de la población”(2). Ahora, ¿por qué el título? Lo de que el comunismo no es una utopía, es obvio que se debe al uso de un concepto de utopía como algo inalcanzable, o irrealizable; un imposible. Pero aún en la actualidad, esta filosofía política se presenta como la que puede alcanzar la utopía de la sociedad justa e igualitaria, en la que todos y todas tengan los mismos derechos, privilegios, y deberes. Volviendo a los principios, la autora del artículo cita a Marx, quien definió al comunismo como “una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social”; y sigue diciendo, como comentario a esto: “Hombres y mujeres libres que no tengan que trabajar por imposición para sobrevivir y a costa de su salud, ni estar condenados a la precarización, desocupación o la miseria. Una sociedad sin clases sociales, donde todo el desarrollo de la ciencia y la tecnología esté puesta al servicio de reducir al mínimo el trabajo indispensable, hasta que represente una porción insignificante de las ocupaciones de los seres humanos. Una organización que socialice y planifique conscientemente la economía y pueda satisfacer así todas las necesidades colectivas”(2). Ahora, mirando desde otro ángulo este capítulo fundamental de la historia del siglo XX –y, otra vez, siendo necesariamente breve– cabe preguntarse: ¿qué pasó allí donde se implantó esta asociación de hombres libres? El artículo La utopía del comunismo dice, refiriéndose a Lenin, “Al padre de todas las revoluciones se debe el nacimiento del Partido Comunista y la formación de la estructura de la Unión Soviética, un Estado totalitario con hondas raíces de despotismo asiático y sin los contrapesos que la Teoría Política había impuesto en Europa occidental y Norteamérica. Ocupado el trono de los zares, el terror rojo allanaría el camino, cumpliendo los cálculos de Lenin para el que la violencia acompañaría forzosamente el hundimiento del capitalismo y el parto de la sociedad comunista”(3). Evidentemente contrario a esta filosofía política, pero apoyado por los hechos de la historia, el autor de este artículo, también de noviembre de 2017, continúa diciendo: “Lenin se despidió del mundo en 1924 sabiendo que su anhelo de una sociedad nueva iba a ser revelado a la Humanidad con una lucidez despiadada y cruel y que la avalancha hacia la utopía terminaría convirtiéndose para millones de personas en una horrible pesadilla”(3). Por un lado, el ideal, la teoría, lo bueno que sería si un determinado programa, doctrina o ideología política lograra implementarse; por el otro, el horror desencadenado cuando dicha doctrina o ideología tuvo su oportunidad de implantar la utopía tan anhelada. ¿Qué falló? Falló el agente de la realización del sueño: el ser humano.

Parece inherente a la naturaleza humana la capacidad de soñar, de anhelar un mundo mejor, más justo, más pacífico, más igualitario, poblado por hombres y mujeres de buena voluntad, que trabajen unidos en la construcción de ese mundo ideal y perfecto; que luchando antepongan el interés común al beneficio personal, y que unan fuerzas para el provecho, el bienestar y la felicidad de todos los miembros de la comunidad, y no para el rédito y las ganancias de unos pocos privilegiados. El ser humano también parece capaz de teorizar, de idear cuál sería el sistema que conseguiría alcanzar el sueño; pero no parece capaz de lograrlo, porque el propio ser humano es el que fracasa en el intento. Así sucede con todos los sistemas políticos.
¿Y con los sistemas religiosos? La reflexión al respecto será el eje de la siguiente entrega de este ciclo.

 

1) https://definicion.de/utopia/
2) http://www.laizquierdadiario.com/El-comunismo-no-es-una-utopia
3) https://www.elcorreo.com/culturas/utopia-comunismo-20171107130050-nt.html

 

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 1».

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 3».

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 4».

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 5».

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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