No se lo pidas al gobernante

Viandas saludables
28 noviembre 2019
Lo que nos une
2 diciembre 2019

No se lo pidas al gobernante

Por: Ps. Graciela Gares*

 

Parte 1:

Parte 2:

 

Uruguay, Argentina, España y Bolivia enfrentaron procesos eleccionarios presidenciales en el año 2019. Estas instancias propias de los sistemas de gobierno democráticos empoderan a los ciudadanos, nos comprometen y nos generan, en general, ilusiones y esperanzas. Elegimos nuevos gobernantes con la expectativa de que nuestros países mejoren en la economía, en la educación, en la seguridad, en la convivencia. Y solemos darle 100 días de tregua al nuevo gobierno para que muestre el rumbo de su programa. Luego suelen comenzar a llover los reclamos.

En una América Latina convulsionada por protestas sociales fuera de control, como ocurrió en Chile y Bolivia, en que sectores de la población continúan expresando de modo furibundo su descontento, agradecemos a Dios por la relativa paz social que aún gozamos en Uruguay y por la conservación y respeto del mecanismo democrático de elección de autoridades, aún no contaminado con corruptela electorales, como en otros países. A la vez, miramos con preocupación y dolor a aquellos países que no pueden confiar en el resultado de las urnas. La democracia parece ser la mejor forma de gobierno que los ciudadanos han sabido darse a sí mismos y a la luz de lo que ocurre en el entorno, las alternativas parecen ser el caos o los autoritarismos o dictaduras.

Las elecciones presidenciales en nuestra comarca trajeron a mi mente las designaciones de reyes en el pueblo de Israel. Luego de que la comunidad israelita dijera que querían ser como las demás naciones que existían sobre la tierra, teniendo un rey que los presidiera y saliera con ellos a la guerra, Dios designó a Saúl. El profeta Samuel lo ungió como rey y lo presentó a la población diciendo:

¡Miren al hombre que el Señor ha escogido! ¡No hay nadie como él en todo el pueblo!. ¡Viva el rey!, exclamaron todos. Y acto seguido Samuel recitó al pueblo las leyes del reino y las escribió en un libro el que guardó delante del Señor” (1 Samuel 10: 24 – 25).

Ya tenían quien los presidiera para las batallas. Pero el profeta planteó de inmediato un cambio en el foco de atención. Su suerte como nación no dependería ciento por ciento de la conducta acertada o no de su rey, sino de la adhesión de la población a las leyes divinas y su obediencia.

Pues bien, aquí tienen al rey que pidieron y que han escogido. Pero tengan en cuenta que es el Señor quien les ha dado ese rey. Si ustedes y el rey que los gobierne temen al Señor su Dios, y le sirven y obedecen, acatando sus mandatos y manteniéndose fieles a él, ¡magnífico! En cambio, si lo desobedecen y no acatan sus mandatos, Él descargará su mano sobre ustedes como la descargó contra sus antepasados” (1 Samuel 12: 13 – 15).

Otro profeta en la antigüedad diría: “Él cambia los tiempos y las épocas, pone y depone reyes” (Daniel 2:21). Es buena cosa pensar, luego del acto eleccionario de autoridades, que fue Dios quien les permitió acceder a la máxima magistratura, y así como lo posibilitó podría revertirlo. Esto llama a la humildad a todos los que fueron electos y comenzarán en breve a ocupar cargos. Pero volvamos al accionar del profeta Samuel y lo que puede dejarnos para el momento actual. ¿Por qué acto seguido de presentar al nuevo gobernante al pueblo decidió leerles la ley divina reclamándoles obediencia?

Una posible interpretación sería que la elección de un presidente o la designación de un rey no lo resuelve todo. La democracia es el mejor gobierno humano que hemos sabido darnos, pero Dios entiende que una “teocracia” (gobierno divino) es mejor. Veamos por qué. Los uruguayos esperamos que el nuevo presidente suprima la violencia de nuestras calles (rapiñas, robos, ajustes de cuentas), que combata al narcotráfico, que erradique la corrupción en los ámbitos públicos de gobierno, eduque en valores a nuestros niños y jóvenes y aún a la población carcelaria, que mantenga la ciudad limpia, etc. Pero, si somos realistas, es altamente probable que pueda hacer poco al respecto, pues muchas conductas inapropiadas emergen del corazón desviado del hombre, territorio al cual ningún rey ni presidente llega.

De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra” (Santiago 4:1 y 2). ¿De dónde surgen los violentos? ¿Acaso provienen de alguna región remota del planeta? ¿O crecieron en hogares uruguayos donde recibieron desatención, maltrato, abandono u apología de lo malo?

No esperemos entonces la supresión de la violencia si cada uno de nosotros no va a trabajar para lograrlo. Nos molesta la violencia que es noticia en el informativo, pero consideramos legítima la que ejercemos nosotros en el tránsito, no respetando luces ni preferencia de otros conductores, o haciendo adelantamientos indebidos que ponen en riesgo la vida de los demás. Un nuevo mandatario podrá sacar la policía y el ejército a las calles, pero mientras los hogares uruguayos sigan fabricando niños y jóvenes transgresores, delincuentes y sin respeto de la autoridad, el fenómeno de la violencia subsistirá. Por ello me pareció pertinente que luego de presentado al pueblo el nuevo rey, Samuel les recordó la ley divina. Allí estaban los principios para la vida hogareña, la relación entre cónyuges y entre padres e hijos, la valorización del trabajo, el respeto a los ancianos, etc.

Si bien nuestro país se declara laico, es evidente que las leyes divinas siempre han existido y permeado cualquier cultura. El mandato de no asesinar, no robar, practicar la justicia, respetar la familia como núcleo generador de la sociedad, y la sexualidad como fuente de vida, respetar a los padres, no ofender a Dios y cuidar de la creación, forman parte de lo que algunos rabinos llaman “moralidad universal”, siendo reconocidas como reglas básicas de convivencia desde las épocas de Noé o de Abraham. La legislación del mundo occidental las ha incorporado en su mayoría, sin saber que se originaron en la mente divina. Cuando los habitantes de una nación respetan tales reglas la nación es bendecida y prospera. Transgredirlas acarrea maldición.

De modo que la prosperidad de nuestro país depende más de nuestra conducta como ciudadanos, padres de familia, trabajadores, etc. que del acierto o error de quienes nos gobiernen. Ello, sin desconocer que los gobernantes deben ser ejemplo para sus naciones. Compete a ellos reprimir y castigar la violencia, con arreglo a las leyes vigentes. Pero solo la familia (padre, madre, abuelos) puede enseñar a controlar los impulsos y emociones negativas (frustración, ira, decepción) y canalizarlos de modo constructivo y así erradicar la violencia del tejido social. Que el divorcio no sea la primera opción sino que los vínculos se reconstruyan con madurez y respeto, que las madres respeten el derecho a la vida de sus hijos no abortándolos, que cese la infamia del abuso sexual intrafamiliar, que no utilicemos la agresión verbal al comunicarnos. Sin familias violentas la ciudad se pacificará.

Asimismo, no esperemos que el gobernante electo promueva la cultura del trabajo. También esto es materia de la célula familiar. El Estado debe favorecer escenarios para la instalación de empresas que ofrezcan fuentes de trabajo. Pero la idea que el trabajo es una bendición de Dios solo puede ser sembrada en la mente de las generaciones nuevas por los adultos con quienes conviven. Trabajando nos constituimos en co-creadores con Dios de bienes y servicios que faciliten la vida cotidiana de la gente.

Esperamos que el nuevo gobierno actúe de modo honesto y castigue la corrupción. Pero Dios nos llama también a ser honestos en lo poco, en la intimidad del hogar, en el trato con nuestros vecinos, en nuestros trabajos. Si nos permitimos pequeñas deslealtades en los vínculos entre parejas, amigos, compañeros de labor, buscando ventajas personales en todo momento, las generaciones que vienen creciendo reproducirán tales deslealtades en los lugares de la sociedad donde les toque actuar.

Dios responsabilizó a los reyes israelitas cuando con su mala conducta hicieron descarriarse al pueblo de la verdad. Pero también puso mucha responsabilidad sobre los hombros de cada jefe de familia para que cada hogar desarrollara una profunda labor formativa, que hoy por la premura de ritmos de vida y el afán por lo material no se está cumpliendo.

Estos son los mandamientos, preceptos y normas que el Señor tu Dios mandó…para que los pongas por práctica…. para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al Señor tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida” (Deuteronomio 6: 1 -2). “Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Deuteronomio 6: 7).

Este modelo educativo desde el hogar funciona de modo óptimo porque lo que allí se aprende va ligado a tal carga de afecto que lo enseñado se graba a fuego en la conciencia y no se olvida jamás.
Asumamos por tanto, junto a los gobernantes que Dios levantó, la tarea de reconstruir una sociedad uruguaya que atraiga sobre sí la bendición del Altísimo.

 

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *