Varados en la ruta 9

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Varados en la ruta 9

Por: Lic. Esteban D. Larrosa*

Si fuera en la ciudad y en alguna calle de fácil acceso y con posibilidades de recibir auxilio rápidamente, uno lo toma con cierta resignación sabiendo que la ayuda llegará, pero cuando nos sucede en medio de la ruta rumbo a una ciudad distante y en “el medio de la nada” con tan solo la mirada de una curiosa vaca que rumia su alimento despreocupadamente, uno realmente se pone nervioso y clama: “¡Señor, ayúdame!” ¡Qué fea experiencia la de quedar varado a un lado del camino y ver pasar otros autos de tanto en tanto que raudamente continúan su camino sin siquiera aminorar la marcha!

Recuerdo que ese mes de Enero a comienzos de los años 80s volvíamos con mi familia hacia Montevideo luego de las vacaciones de verano en una playa de Rocha, trayendo inolvidables historias que recordaríamos hasta el día de hoy. Fue en la ruta 9 a unos pocos kilómetros de la ciudad de Pan de Azúcar, departamento de Maldonado, que el viejo Austin del 1947 comenzó a toser mal durante un par de minutos hasta quedar apagado y completamente en silencio. No hubo manera de que volviera a la vida. Mi padre miró el motor y no encontró ninguna falla mecánica y nada parecía estar mal con el fiel vehículo. La tarde estaba cayendo, la noche pronto comenzaría a tender su manto y la preocupación iba creciendo puesto que en aquella época no existían los teléfonos celulares ni nada que se le parezca para comunicarnos con el auxilio móvil, y encima no había vivienda cercana ni nada.

Así estaba el panorama, hasta que un conductor de un modelo no tan viejo como el nuestro paró y nos preguntó si precisábamos una mano. Luego de mirar el motor y revisar el auto en forma más detallada el buen hombre dijo algo parecido a esto: “Pero mi amigo, usted no tiene combustible”. Resulta que lo que se había descompuesto era la aguja que marcaba el nivel de nafta en el tablero del conductor y mi padre confiando en ella no supo que el tanque estaba vacío. Gentilmente este señor sacó una manguera y una botella con la cual extrajo un par de litros de su propio vehículo para alimentar el nuestro y el auto inglés volvió a dejar oír su voz. Logramos llegar, con la compañía de nuestro circunstancial amigo que nos siguió de cerca, hasta Pan de Azúcar y cargar combustible como para estar seguros de dar el tirón hasta la capital. No se imaginan el agradecimiento hacia este señor que llegó en el momento justo para evitar que un matrimonio y sus cuatro hijos chicos quedaran varados en la ruta indefinidamente.

Hoy día, por diferentes razones – especialmente el miedo y la apatía al prójimo, ya no es tan fácil encontrar a un buen samaritano como el hombre que paró a socorrer en la ruta 9 a una familia en dificultades y sin saber qué hacer.

Cuántos prójimos se hunden en este siglo XXI por tener el tanque emocional, espiritual y material vacío, o tal vez el peso de la sobrecarga los abruma, o alguno de sus “instrumentos de medición” está dañado y no hacemos nada para aliviarlos, ayudándoles a salir a flote y darles una mano para que puedan tomar la ruta por sus medios nuevamente. ¿Riesgos? Sí, los hay; pero y si fuésemos nosotros los que estamos atascados ¿no estaríamos deseosos que alguien se detuviera a echarnos una mano? ¿Seremos como los religiosos de la famosa parábola de Jesús o como el Buen Samaritano?

No sé su nombre, no sé quién era, ni donde pueda estar ahora, pero de lo que estoy seguro es que nunca olvidaré la generosidad de este hombre que se detuvo a auxiliar a unos perfectos desconocidos que estaban encallados a un lado del camino y ayudarlos a no quedar desamparados.

 

*Esteban D. Larrosa – Director RTM Uruguay.

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