¿Qué es ser “sal de la tierra”?

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¿Qué es ser “sal de la tierra”?

De la sección “Renovando el Espíritu” del programa “Los años no vienen solos”.

 

Escuche aquí el programa:

 

 

 

 

Extractado del sitio: «Protestante digital»
Autor: Oscar Margenet

 

Mientras mantienen su condición, los verdaderos discípulos de Jesucristo benefician a la humanidad; en caso contrario, se asemejan a la sal que ha perdido todo su valor y es pisoteada.

Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres“. Mateo 5:13

Este pasaje del Sermón del Monte sigue inmediatamente después de las ocho ‘bienaventuranzas’. En ellas Jesús definió las virtudes que hacen a los verdaderos discípulos. El Señor utiliza ahora dos analogías para ilustrar la influencia que los genuinos discípulos ejercen en el mundo; eligió dos elementos comunes en el planeta tierra: uno químico (la sal) y otro físico (la luz).

Vosotros sois la sal de la tierra”

En el tiempo en que Jesús enseñaba a sus discípulos la ciencia no estaba desarrollada para explicar las cosas como podemos hacerlo ahora. Sin embargo, muchos hoy desconocen que en esa época entre los griegos, los hebreos o los árabes, la sal era símbolo de amistad, hospitalidad y fraternidad. A la Tierra se la llama ‘planeta azul’, pero no debiera extrañarnos si se la llamase ‘planeta de la sal’, ya que el 97% del agua que hay en el mundo está en océanos y mares. Hay científicos que afirman que en el mar están todos los elementos conocidos. Si pudiese esparcirse la sal marina seca sobre la tierra continental llegaría a cubrirla con una capa de 150 metros de espesor: ¡equivalente a un edificio de 45 pisos!
(Fuente: Planeta Curioso. http://www.planetacurioso.com/2008/05/02/por-que-el-mar-es-salado/)

Gracias a la evaporación, nubosidad y lluvias, la tierra firme transforma el agua salada en dulce, dando vida a plantas y animales. Además, todavía en muchas carreteras se desparrama sal para quitar el hielo invernal. De modo que estamos frente a un recurso sumamente importante para la vida humana. Enumeraremos solo algunos datos aportados por el conocimiento científico:

  1. La sal común que conocemos es un elemento químico conocido como cloruro de sodio (NaCl). Es el generador del apetito y de la sed y factor importante en la alimentación de los seres humanos.
  2. No solo saboriza las comidas sino que ayuda a la fabricación de encurtidos y la conservación de carnes y pescados, aunque la congelación de alimentos ya está haciendo disminuir este último uso.
  3. Ayuda a mantener regulada la homeostasis respecto de los niveles de agua que tenemos en nuestro cuerpo. La sal es factor de equilibrio. Recordemos que nuestro organismo está compuesto de un 75% de agua al nacer y 65% en la edad adulta.
  4. Regula la salida de agua en la orina, fijando las cantidades que deben ser retenidas para mantener la hidratación e impedir que muramos por deshidratación.
  5. Produce las plaquetas necesarias para la coagulación sanguínea en accidentes con hemorragias.
  6. Actúa en el proceso potenciador de la acción en el sistema nervioso (despolarización, repolarización e hiperpolarización).
  7. Con el agregado de yodo a la sal se previenen enfermedades de la tiroides.
  8. Con el agregado de flúor se previene la caries dental.

Coloquialmente, la agudeza o ingenio en una persona es calificado como la “sal” de la conversación y en algunos países se dice que una persona es “salerosa” cuando tiene garbo, gracia al hablar y un trato amable con los demás. Cuando Jesús dijo ‘Vosotros sois la sal de la tierra’, ¿comprendemos cuán importante relación hizo? ¿Cómo trasladaríamos esa definición a un nivel de acción cotidiana?

Compartiremos cuatro enfoques:

1. Gozándonos en el Señor siempre.

En primer lugar debemos gozarnos por ser agentes activos dentro del plan de redención de Dios. Filipenses 3:1a: “Por lo demás, hermanos, gozaos en el Señor“; 4:4: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: !!Regocijaos!“. Parte de nuestra tarea es comunicar entusiasmo por estar vivos. Si ayudamos a otros a encontrar que la vida es digna de ser vivida ya estamos siendo bendecidos, aunque no tomemos conciencia de ello. Nuestra vida cobra sentido si otros viven mejor gracias a nuestra participación desinteresada. Tener que enfrentar obstáculos suele convertirse en motivo de desánimo o pérdida de confianza. Si nos aferramos a la Palabra viva y eficaz, recuperaremos fuerza y descubriremos el beneficio de la dificultad. Dios no mira nuestros méritos (debería decir ‘falta de méritos’) sino nuestra actitud de dependencia de Él y de su provisión. Por medio del estudio de Su Palabra y de la oración, podemos convertirnos en ese toque de sal que le pone sabor a momentos amargos o agrios; no solo nuestros, también de los otros.

2. Trabajando duro por la reconciliación.

Una de las tareas del discípulo de Jesucristo es la de reconciliar, no la de generar conflictos; nada daña los valores positivos del ser humano más que el encono. Por este motivo Jesús recomendó:
Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” – Mateo 5:23.24

Dios Padre quiso tener una familia, por eso nos creó. El pecado que ingresó en Su creación fue por ceder a la tentación de escuchar otras voces que aconsejaron la autodeterminación como real libertad. La mentira obedecida nos desligó de Dios; rompió la relación directa que teníamos con Él. Dios ha dado el primer gran paso al enviarnos a Su propio Hijo como prenda de reconciliación eterna con Él. Tenemos una misión como sal del mundo: dar testimonio de que Dios desea que seamos una familia unida a través de Jesucristo. Como sal de la tierra los genuinos cristianos estamos llamados a ser signos de reconciliación ante el mundo.

En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” – 1ª Juan 4:18

Si estamos dispuestos a pagar el costo de ser agentes de reconciliación hemos de ayudar a desarticular los miedos que tienen muchos de nuestros semejantes a causa de vivir esclavos de prejuicios de toda índole. “Perdonándoos unos a otros vuestras ofensas” es un llamado clave a la reconciliación.

Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” – Efesios 4.32

Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” – Colosenses 3.13

No hay relación interpersonal que tenga mejor sabor que la surgida con el sello de reconciliación. El Espíritu Santo es la única persona que puede anular el recuerdo de viejas ofensas y desalentar deseos de venganza.

3. Viviendo como pacificadores.

La paz que nos otorga el Señor no es semejante a la ausencia de conflictos. Es la verdadera felicidad. Tiene efecto de contagio: si tenemos paz con Dios y con nosotros mismos, no sabemos cómo pero se extiende impregnando a los que nos rodean y al ambiente. Una vez que comprobamos el poder transformador de la paz, nuestro corazón se torna más compasivo y nuestra mente más comprensiva con nuestros semejantes. Nos volvemos hospitalarios, nos movemos con amabilidad y lo transmitimos a nuestras familias, vecinos y conciudadanos de manera cotidiana.

La paz es el mejor remedio para la injusticia social. Los que alcanzan la paz a nivel global luchan por que los menos favorecidos también sean beneficiados con ella. En una sociedad donde conviven pocos ricos con muchos pobres, puede combatirse la violencia, pero si no se atacan sus causas todos sufren un alto nivel de inseguridad. El bien común se busca nivelando hacia arriba, nunca hacia abajo. Practicar la vida de fe en su aspecto litúrgico solamente, va a contramano de la enseñanza de Jesús. Eso no es ser sal de la tierra. Involucrarnos con los discriminados sociales, asistir a inmigrantes, a mujeres maltratadas, huérfanos, ancianos, enfermos, eso es llevar la paz del Señor a otros. Orar por los gobernantes para que tengan conciencia de sus obligaciones cívicas y las cumplan, clamar a Dios por pan para los hambrientos y agua para los sedientos, si lo hacemos todo como para Él, su infinito amor producirá milagros. No importa que no los veamos; un día habremos de enterarnos de ellos.

4. Cuidando la tierra que Dios nos encargó administrar.

Podemos o no ser propietarios; sin embargo, somos administradores de la tierra. De ella venimos y a ella volvemos. “Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo” – Eclesiastés 3.20. Muy pocos han llegado a comprender que estamos en la tierra para cuidarla. Viviendo mansamente hemos de heredar la tierra (Mateo 5:5). Los poderosos que explotan a sus semejantes no dejan espacio para otros, monopolizan la tierra. Los mansos tienen dominio propio, acallan la violencia que pugna por salir del interior y manifestarse en hechos destructivos. Son los revolucionarios más efectivos (Martin Luther King es solo un ejemplo.) Dios nos ha confiado el cuidado de la tierra porque nuestro planeta no tiene recursos ilimitados. Nuestra responsabilidad es la de ser solidarios con las personas, los pueblos y las generaciones futuras. El nacido del Espíritu no es un consumidor compulsivo; tiene equilibrio en su forma de consumir y utilizar los recursos naturales. Lejos de desear tener siempre más se alegra con tener satisfechas sus necesidades básicas. La vida cristiana es la que permite el desarrollo sostenible, pues incrementa nuestra imaginación y creatividad, alienta la investigación científica, estimula la inspiración artística e impulsa nuevos proyectos para la sociedad.

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