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Todos para uno

Lectura: Filipenses 1:7

«…Os tengo en el corazón; y en mis prisiones, y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia» v. 7

Todos recordamos, seguramente, el famoso lema usado por Alejandro Dumas en Los Tres Mosqueteros, “todos para uno y uno para todos”. Esa idea de equipo, acompañamiento, reciprocidad y sentido de unidad, es planteada por Pablo a los filipenses en uno de los momentos más trascendentales para él. Desde la cárcel Pablo se sabe, no solo recordado o querido, sino acompañado en el corazón mismo por aquellos que sabe que sufren por él, por supuesto, pero principalmente sufren con él.

Las pequeñas diferencias en el lenguaje a menudo suponen grandes diferencias en nuestro devenir cotidiano. Desde el Evangelio se nos llama a gozarnos con los que se gozan y a llorar con los que lloran (Romanos 12:15) y no solo a lamentarnos por ellos. La diferencia entre lo uno y lo otro, distancias geográficas aparte, está entre estar o no estar, realmente. Y esa diferencia es absolutamente trascendental, especialmente para quien sufre. La soledad y el abandono son sufrimientos añadidos en la adversidad.

¿Recuerdas a Job acumulando los abandonos reales de los suyos, tanto de los que habían muerto como de los que aún vivían, pero no estaban con él realmente? ¿O su temor a que Dios mismo le hubiera abandonado también? Se hace fundamental en el tiempo difícil recordarnos esa idea de cuerpo, de conjunto de miembros que bien engranados entre sí, y dirigidos por la cabeza, que es Cristo, pueden seguir avanzando y creciendo en medio de la adversidad.

Lidia Martín Torralba, España

¿Cómo participas del dolor y la alegría de otros cerca de ti?
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