¿Cómo desarrollar un carácter resiliente?

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¿Cómo desarrollar un carácter resiliente?

Por: Ps. Graciela Gares*

 

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3:

No podemos evitar la circunstancia de tener que atravesar crisis, pero sí tenemos la opción de procurar salir fortalecidos de ellas. El Antiguo Testamento bíblico cuenta una extraña historia en la que el patriarca Jacob, cuando volvía a su tierra a reencontrarse y reconciliarse con su hermano Esaú (del cual estaba distanciado luego de robarle los derechos de primogenitura), tuvo una lucha cuerpo a cuerpo con alguien que percibió como un ángel de Dios, a raíz de la cual quedó cojeando. No obstante el daño recibido, Jacob retuvo a ese ser diciéndole: “No te dejaré si no me bendices” (Génesis 32:27). Recientemente escuché decir a un ciudadano israelí que esta actitud se transformó casi en un lema de ese pueblo, que siempre trata de sacar algo positivo de sus dificultades. Así lo hicieron cuando al declararse el Estado de Israel en 1948, se les asignó un territorio mayoritariamente desértico, al cual luego de 72 años de existencia llegaron a transformar en un suelo con un alto rendimiento en forestación, cosecha de dátiles, etc.

¿Podremos nosotros salir de la presente crisis sanitaria, laboral y económica fortalecidos en alguna medida? ¿Puede ser propicia la ocasión para que desarrollemos un carácter más resistente a las dificultades que, sin dudas, la vida nos deparará mientras estemos sobre la tierra? Es muy probable que sí. Una circunstancia difícil puede doblarnos como el junco es doblegado por un viento fuerte, pero pasado éste podremos volver a erguirnos, habiendo generado resiliencia, es decir, la capacidad de superar obstáculos y desarrollar fortalezas. Algunos estudiosos del estrés perciben la resiliencia como si fuera un músculo emocional que debe entrenarse. De hecho, los individuos resilientes, que lograron remontar exitosamente varias crisis económicas, familiares o de salud, cuentan con la ventaja de lograr regular o modular mejor sus emociones, sin caer en estados de shock frente a las nuevas circunstancias adversas, o recuperarse de modo acelerado ante una catástrofe, volviéndose menos reactivos al estrés.

Reconocemos un carácter resiliente en Pablo cuando relataba en 2ª Corintios 11: 24 -26:
«Cinco veces recibí de los judíos los treinta y nueve azotes. Tres veces me golpearon con varas, una vez me apedrearon, tres veces naufragué, y pasé un día y una noche como náufrago en alta mar. Mi vida ha sido un continuo ir y venir de un sitio a otro; en peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de mis compatriotas, peligros a manos de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el campo, peligros en el mar y peligros de parte de falsos hermanos«.

Sin dudas, haber enfrentado tales vicisitudes lo transformó en alguien que no se atemorizaba fácilmente, ni se entregaba ante el primer revés. Es más, en lugar de contarlas como desgracias que habían llegado a su vida, Pablo decidió sumarlas a sus credenciales como apóstol: «¿Son ministros de Cristo? (como si estuviera loco hablo.) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces» (2 Corintios 11: 23).

Capitalizar las adversidades constituye una forma de pensar divergente, desviado de nuestra lógica habitual. Puede parecer locura, pero lleva nuestra existencia a un plano superior. Las crisis nos brindan la ocasión excepcional para generar resistencia interior, y se consigue si intentamos hacer algo distinto, vencer la rutina y dejar de encarar las cosas según la costumbre de hacerlas.

En otro artículo hemos hablado de la necesidad de adoptar posturas flexibles, que nos faciliten amoldarnos a las nuevas circunstancias.

Hablemos ahora de “reconvertirnos”.

Armarnos de la idea que no nacimos para ser abogados o médicos o maestros o mecánicos o enfermeros, sino que más bien se dieron las circunstancias para que llegáramos a serlo. Quizá porque nuestros padres ya desarrollaban esa profesión, o porque fue a ello a lo que tuvimos acceso desde el punto geográfico donde vivíamos, etc. Ante una nueva circunstancia se impone “reconvertirnos” para surfear la ola. Hay quienes piensan que las personas deberíamos aprender varias profesiones y hablar más de un idioma a lo largo de nuestra vida, para promover la plasticidad saludable de nuestro cerebro. Y los trances adversos son una oportunidad y un desafío que nos impulsan a ello.

Al comenzar la cuarentena sanitaria, tuve conocimiento respecto a la situación de una persona que cuidaba enfermos y al quedarse sin trabajo decidió sacar su máquina de coser y comenzar a hacer tapabocas. En principio, los haría para regalar a quienes lo necesitaran. Días pasados la encontré y me dijo que no daba abasto con su nueva tarea, pues terminada una partida se la quitaban de las manos y debía volver a confeccionar más. Por cada nuevo encargo recibía el pago correspondiente. Este rápido movimiento de cintura que logró implementar ante la adversidad le otorgó un respiro económico impensado.

Todos conocemos a alguna persona que fue despedida de su empleo y con la partida de dinero del despido comenzó un micro-emprendimiento con el que se sustenta hasta el día de hoy. Algunos ejemplos de empresas de las que se cuenta que comenzaron como un pequeño negocio personal o de un par de socios sin capital ni local propio y acabaron conquistando el mercado de su rubro, son las siguientes: Zara, iniciada por la empleada de una tienda que pidió un préstamo para fabricar batas y salidas de baño; Apple, cuyo inicio fue fabricación de computadoras en un garaje; Google, en sus comienzos administrada desde el dormitorio de su fundador ya que no poseía local; Amazon, librería online de textos almacenados en el garaje de una casa; Harley Davidson, la emblemática marca de motocicletas que habría surgido en un garaje, donde se fabricaban motores para bicicletas. Y sobran ejemplos de este tipo.

Por tanto, para ser resilientes, no temamos reconvertirnos, no importando nuestra edad. El mérito humano aquí ha de ser la audacia y el empeño en perseguir un sueño. Pero la maestría es de nuestro Creador, quien al diseñarnos a Su imagen, nos concedió la facultad de materializar esos sueños, pues la inteligencia humana es un don divino, según lo expone el libro de Job. Según Su designio, Él puso en nosotros una porción de Su inteligencia sin límites: «Aunque en realidad todo hombre tiene entendimiento pues el Todopoderoso le infundió su espíritu» (Job 32:8).

Cuidemos nuestra actitud frente a la adversidad que nos golpea.

Cuando en nuestro diálogo interior nos decimos: “nunca viví una situación así, de esto es difícil que yo me recupere”, nos predisponemos a ser derrotados de antemano, ya que no accionaremos todos los recursos que tenemos a nuestro alcance para sobrevivir al trance duro. Es preciso cambiar ese discurso, si es que creemos en la fidelidad de Dios a nuestro favor. Ello debe alentarnos para desarrollar esperanza, procurar ser creativos, esforzarnos un poco más allá de lo habitual, considerando el reto como favorable para nuestro crecimiento personal.

Ejercitar una actitud agradecida incrementa también la resiliencia o resistencia interior. Reconocer como bueno el hecho de aún estar vivos, porque cada mañana es otra oportunidad inmerecida, donde Dios renueva su misericordia (Lamentaciones 3:23). Un estudio sobre resiliencia psicológica de veteranos de guerra estadounidenses, mostró que quienes cultivaron virtudes como la gratitud, abrazar un propósito de vida y mostrar altruismo, fueron mayormente hábiles en superar situaciones traumáticas. Otra buena actitud a asumir, consiste en pedir ayuda u orientación a quien tenga sabiduría para dárnosla, y a la vez rodearnos de gente de fe, dejándonos contagiar de la misma.

Asumamos que nuestra historia ha cambiado y dejemos el pasado atrás.

Cuando Abram salió de la tierra de sus ancestros, Ur de los Caldeos, no volvió a referirse a ese pasado con añoranza. Su futuro era incierto, como el de todos los que vivimos esta crisis global sanitaria actual, pero para el patriarca no era sabio mirar hacia atrás, sino enfrentar el nuevo escenario que se abría ante sus ojos. Nuestra historia como humanidad cambió. Veamos qué lecciones nos trae y qué actitudes nos demanda. Como Pablo, dejando lo que queda atrás prosigamos a la meta (Filipenses 3:13). Ya que nuestra existencia no será la misma, quizá debamos formularnos un nuevo proyecto de vida, que tenga sentido trascendente.

Conviene aclarar que dejar u olvidar lo que dejamos atrás, como traducen algunas versiones, no supone menospreciar o subestimar lo vivido. En el recuerdo de Pablo estaban cristianos que habían dado su vida por la causa de Cristo, como Esteban y otros mártires. Así también, esta pandemia puede haber segado vidas de gente que quizá conocíamos y amábamos. Esos afectos se quedarán en nuestro corazón. Pero reemprendamos el camino en pos del objetivo de nuestras vidas; no conviene quedarnos sentados a la vera del camino.

Renunciemos a la autocompasión, procurando descentrarnos, es decir, salirnos del centro. La adversidad que nos toca vivir actualmente es probablemente multicausal y no vino expresamente contra nosotros, aunque golpeó a unos más duramente que a otros. Quien se victimiza se paraliza. Si confesamos creer que estamos bajo la cobertura de un Padre divino y protector, sabemos que aunque ninguna tragedia es oportunidad de gozo, Él podrá usarla finalmente para el bien de los que a Dios aman.

«Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Romanos 8:28).

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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