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Iglesia confinada pero activa

De la sección “Renovando el Espíritu” del programa “Los años no vienen solos”.

 

Escuche aquí el programa:

 

 

 

Tomado de «Protestante Digital»
Por Carlos Cevallos

 

«La iglesia son las personas, no el edificio». Hemos oído esta frase innumerables ocasiones. Bueno, como nunca, y creo que por primera vez a nivel mundial, la iglesia dejó de ir al “edificio” para “ser” iglesia, una iglesia que ha tenido que aprender a “conectarse” por los medios digitales tratando de mantenerse viva.

Para la mayoría de la iglesia en el mundo, esta primera experiencia “virtual” fue curiosa, novedosa y hasta divertida. Pero lo cierto es que, para miles y millones de creyentes a lo largo de la historia de la iglesia, esta es una dolorosa realidad. Por causa de su fe, no pueden reunirse y se las han ingeniado de una y mil maneras para estar “conectados” y “conectadas”. Quiere decir que esta incapacidad para estar “unánimes juntos” bajo un mismo techo no es algo nuevo para la iglesia, pero sí lo es para una iglesia que se ha acomodado y que muchas veces ha dado prioridad a sus propias necesidades.

Claro, pensamos que nunca nos iba a pasar, que eso solo ocurre en algunos países de Medio Oriente, o ciertas regiones de Asia o África, en donde las puertas al evangelio están completamente cerradas. Pero nos pasó y nos está pasando ahora. No podemos reunirnos y ahora nos toca vivir nuestra fe en “confinamiento,” o como lo han llamado más amigablemente, en “distancia social”. E insistimos, pensamos que algo así nunca nos iba a pasar. Pero nos está pasando ahora. El gran enemigo es un virus microscópico que precisamente se vuelve aterrador porque no lo vemos, ni sabemos dónde está, o quién lo tiene, pero que ataca de forma letal para algunos. Entonces, la iglesia se ve obligada a confinarse, a guarecerse, a no salir y a tener que “conectarse” por internet o celular. Es un confinamiento diríamos «de lujo».

En nuestro confinamiento tenemos todo, incluyendo películas, snacks para las películas, y muchos de nosotros tenemos hasta mayor tiempo durante el día para pasar con nuestros seres queridos. Pero sigue siendo un confinamiento, y ningún confinamiento es agradable. El nuestro es incómodo, molesto, porque altera nuestro estilo de vida y nos restringe de ir y hacer lo que nos gusta. Pero hubo alguien que no solo vivió en confinamiento, sino que lo vivió de manera dolorosa, injusta y sin comodidades. Su mayor privilegio era contar con una pluma y un pergamino. Desde su confinamiento escribió:

«Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense! Que todos los conozcan a ustedes como personas bondadosas. El Señor está cerca. No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús» (Fil. 4:4-7 DHH).

El confinamiento no debe establecer la agenda de nuestras vidas; al menos no lo hizo con el apóstol Pablo. Nuestro confinamiento ha de ser activo y que en la gracia de Dios podamos:

  • Encontrar las fuerzas para alegrarnos
  • Practicar la generosidad en medio de la escasez y las compras de pánico
  • Orar y especialmente presentar a Dios las situaciones que nos afligen y que se han visto agravadas por el confinamiento
  • Dar gracias a Dios de manera constante y con mayor conciencia de cada bendición que recibimos como regalo divino

Por ahora, no podemos salir de nuestros hogares, pero aún ello es muestra del amoroso cuidado de Dios por lo cual debemos darle gracias. ¿Cuál es el resultado de vivir un confinamiento activo y centrado en Dios? Que Dios derramará su paz en nuestra mente y corazón. Paz, esa paz de Dios es precisamente lo que más necesitamos en este momento para poder sobrellevar esta crisis. Que esta paz nos inunde y a la vez seamos canales “virtuales” para transmitir esa paz a muchas personas que están viviendo un confinamiento desesperado. Que la paz de Dios nos dé fuerzas para esperar activamente hasta el día en que nuevamente podamos reunirnos bajo un mismo techo.

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