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Sanidad divina: un tema controvertido – Parte 3

 

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

 

Al finalizar la columna anterior hicimos una distinción entre dos corrientes dentro del cristianismo evangélico: la conservadora, más proclive a lo intelectual y teológico, con una liturgia o estilo de culto mesurado, y la “espiritual”, o de la “libertad en el Espíritu”, que redescubre la dimensión de las manifestaciones sobrenaturales en el culto cristiano, fruto de la libre actividad del Espíritu Santo entre los creyentes. Dijimos que, así como el intelectualismo extremo no sería bueno para la vida de la Iglesia, pues “la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Corintios 3:6), también el extremismo “espiritual” habría sido fuente de excesos. Al retomar hoy el tema de la sanidad divina, pretendemos hablar sobre dichos excesos a que pueden llegar los partidarios de la “libertad en el Espíritu”.

Dice en Éxodo 15:26: “Si escuchas atentamente la voz de Jehová, tu Dios, y haces lo recto delante de sus ojos, das oído a sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié sobre los egipcios traeré sobre ti, porque yo soy Jehová, tu sanador”. En Isaías 53:5 leemos: “Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados”. El apóstol Mateo escribe en su evangelio: “Al caer la noche le llevaron muchos endemoniados, y con la palabra echó fuera a los demonios y sanó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (8:16,17). El apóstol Pedro dice: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia. Por su herida habéis sido sanados” (1 Pedro 2:24). La sanidad divina o curación milagrosa de la enfermedad se incluye como beneficio inmediato de la obra que Jesucristo realizó a favor de los seres humanos; dice Mateo: “Entonces, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus impuros, para que los echaran fuera y para sanar toda enfermedad y toda dolencia… Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios” (10:1,7,8). También, en el evangelio de Marcos podemos leer lo siguiente: “Estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios… sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (16:17,18). También el apóstol Santiago escribe: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia para que oren por él… y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará” (5:14,15). El poder de impartir la sanidad divina, o curar milagrosamente a los enfermos, es primero otorgado a los apóstoles; luego a las autoridades de la iglesia (según Santiago, a los ancianos); pero según el evangelio de Marcos, a todos “los que creen”.

Estos textos bíblicos son algunos de los ladrillos con los que se construye un edifico doctrinal sobre la sanidad divina, que ha llevado a muchos, en el tiempo actual, a sacar varias inferencias, a saber: que siempre, absolutamente siempre, en las reuniones cristianas debe haber sanidades y otras manifestaciones sobrenaturales (cuanto más espectaculares, mejor); que todos los enfermos presentes, invariablemente, deben ser sanados; que si no hay sucesos sobrenaturales espectaculares el Espíritu Santo no está presente, y por lo tanto esa iglesia, congregación o ministerio es frío y está muerto. Estas aberrantes deducciones llevan a que se produzcan algunos males, entre los que podemos mencionar el evangelismo de vidriera, los milagros espurios, y un trato duro hacia algunos enfermos.

El evangelismo de vidriera es típico de los movimientos que hacen énfasis en el aspecto sobrenatural del culto cristiano; señales y milagros; profecías, visiones y sueños; revelaciones instantáneas con palabras textuales del Espíritu Santo; y muchas sanidades de enfermos de todos los tipos. Todo englobado en la dimensión de las manifestaciones del Espíritu. En esa atmósfera particular, electrizante, supuestamente cargada de la presencia divina, en esos ánimos condicionados por un ambiente particular, con las emociones exaltadas por unas palabras particulares, unos cánticos particulares y una música también particular, aparece el Evangelista, visto por muchos y presentado a la multitud como el ungido de Dios. Y quizás inconscientemente se presenta a un hombre como dotado del poder de resolver todos los problemas irresolubles que tiene la gente. Los principios básicos de la predicación del evangelio, a saber, la declaración de la pecaminosidad universal de la raza humana, la justa sentencia de Dios a la condenación eterna, la posibilidad única de salvación en base al amor de Dios, la presentación de Jesucristo como único Salvador, el llamado al arrepentimiento y a la fe, la confesión a Dios para el perdón de los pecados, la entrega incondicional a Cristo, el nuevo nacimiento y la nueva vida con Cristo, todo, es cambiado por una exacerbada proclamación del amor y poder de Jesús, unida a la oferta de la solución o salida del problema o conflicto que el individuo está atravesando. El requisito es ejercer fe, y evidenciar la misma acercándose a la plataforma. A esto se le llama “entrega a Dios”, y se dan informes, en números, de “conversiones”, cuando en realidad muchas de estas personas se acercan en procura de una ayuda para su problema, si es inmediata mejor, sin entender gran cosa de todo lo demás. Por eso este evangelismo de vidriera con su oferta de saldos (“libérese de su vicio”, “sánese de su enfermedad”, “sea libre de su opresión”), no deja resultados duraderos, en lo que a genuinos nacimientos a una auténtica vida cristiana se refiere.

El desarrollo de un ministerio supuestamente revestido de dones sobrenaturales necesita que sucedan cosas. Es necesario que haya algo para contar. La difusión de hechos asombrosos es lo que atrae a la gente en procura de obtener el “milagro”, es decir, el fácil logro de aquello que por otros medios ha sido difícil o imposible alcanzar. Esto es importante para los predicadores y ministerios que miden su éxito según el poder de convocatoria que ejercen sobre la gente, las reuniones que presiden. Entonces surgen, como consecuencia inevitable, los milagros espurios, es decir, falsos. Cuando decimos espurios no nos referimos a milagros trucados, o sea, mentiras montadas para engañar a la gente. Sin ignorar que esas cosas existen, hablamos más bien de la persistente manía de “fabricar”, o forzar las cosas para que se considere que hubo milagro, cuando en realidad no lo hubo. La idea de que absolutamente siempre debe darse la sanidad lleva a proclamar como milagros sobrenaturales dolores que calman, ahogos pasajeros que cesan, y otro tipo de molestias menores que, de todos modos, habrían desaparecido; porque los milagros deben suceder. Por esta razón muchas veces se han podido ver personas que, por ejemplo, sueltan su bastón y procuran caminar, o incluso correr, en un titánico esfuerzo por demostrar que ocurrió un milagro de sanidad que en realidad no sucedió, pues nada ha cambiado o mejorado.

Cualquier médico sabe, y muchos enfermos y otras personas no comprenden, que existen enfermedades crónicas, incurables pero que se pueden compensar con tratamiento permanente; esto quiere decir que quienes padecen estas enfermedades solo podrán llevar una vida normal, o casi normal, mientras cumplan con el tratamiento que les indicó el médico. Ejemplo de esto son enfermedades como la diabetes, la insuficiencia cardíaca, y otras. En una ocasión, una mujer de más de sesenta años aquejada de insuficiencia cardíaca dejó de tomar sus medicamentos, y a los pocos días sucedió lo esperado: su enfermedad se agravó y fue hospitalizada. Cuando le pregunté por qué había dejado de tomar los medicamentos, esperando la clásica respuesta referida  a las dificultades económicas para comprar los remedios, recibí otra respuesta. Esta persona dijo: – Una señora, que es evangélica, me dijo que yo no necesitaba tomar más remedios, y me los tiró a la basura. Este relato no es ficticio. Yo lo viví.

Desde entonces me he preguntado qué habrán pensado otras personas a las que esta señora contó su historia. Qué habrán pensado de ella, de su amiga evangélica, y de los evangélicos en general. Pero aquella “señora evangélica”, que arrojó los remedios de la enferma a la basura, quizás no sea la culpable. Tal vez culpables son aquellos que la instruyeron a ejercer lo que llaman “fe”, y a pretender imponer esa fe en otros; una fe carente de sentido común, desprovista de prudencia e ignorante de las Sagradas Escrituras, que pretende tomar por asalto la voluntad de Dios, forzando a Dios a realizar milagros cuando, donde y de la manera que ellos digan. El pronunciar con fe las palabras de una humilde petición a Dios se convierte en un número de magia, donde mencionar el nombre de Jesús, o invocar su sangre, ocupa el lugar del “abracadabra” para que, siempre según esta “fe” tergiversada, el prodigio ocurra de inmediato. La imposición de una fe que debe dar por resultado actividad sobrenatural no llega a hacerse patrimonio de todos, desde que la capacidad de generar fenómenos sobrenaturales no es patrimonio de ningún ser humano.

La fe se le exige al enfermo como requisito indispensable para su sanidad, lo cual es correcto, pues tiene base bíblica abundante (Mateo 8:13; 9:29,30; Marcos 2:5; 9:23; Hechos 14:9,10). Lo que deja de ser correcto es tratar con dureza a un enfermo, porque “no tuvo fe”, y por eso no hubo milagro. Las explicaciones que se dan en casos en que el milagro no ocurre, tales como ausencia de fe, existencia de pecados no confesados, o hasta presencia de espíritus malignos, cosas que no siempre tienen por qué corresponder a la realidad del enfermo, constituyen acusaciones lanzadas contra alguien que, como el enfermo, lo que necesita es amor, consuelo y esperanza. Esta aberrante actitud pierde de vista el hecho de que, según dice el apóstol Pablo en 1 Corintios 13:13, el amor es mayor que la fe.

El acontecer milagroso es considerado por algunos sectores del cristianismo evangélico como algo que no tiene lugar en la Iglesia después del período apostólico. Esta postura es el otro extremo. La expresión que dice que “los milagros eran para aquellos tiempos”, pretende negar la eventualidad de que en los períodos históricos de la iglesia posteriores a la época apostólica se produzcan fenómenos sobrenaturales. Se aduce que los milagros tenían por función acompañar y apoyar la predicación y extensión del evangelio; algo que vimos es correcto. Pero también se asevera que, una vez establecido el cristianismo, el tiempo de los milagros expiró. La afirmación de Pablo: “En parte conocemos y en parte profetizamos; pero cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará” (1 Corintios 13:9,10),  se interpreta en este sentido. Para algunos “lo perfecto” se refiere al establecimiento como religión del Imperio Romano; esta parece una interpretación más bien del lado del catolicismo, y cae por su propio peso. Otros opinan que “lo perfecto” vino con el cierre del canon del Nuevo Testamento, es decir, al completarse la revelación divina. De igual manera, la venida de lo perfecto puede libremente interpretarse como una alusión a la segunda venida de Cristo. El acontecer milagroso actual en las reuniones cristianas no puede ser más que ignorado por quienes así opinan, o cuando mucho atribuido a un efecto psicológico positivo de la fe, que colabora en el mejoramiento progresivo, durante la convalecencia de una enfermedad, y eso en algunos casos.

Personalmente creo en la soberanía de Dios, y también creo en su amor y su interés por mitigar y anular el sufrimiento humano. Considero inconsecuente creer en un Dios todopoderoso, que creó todo lo que existe, y negarse a creer que Dios hoy pueda sanar enfermedades. También considero que es bastante irreverente pretender dictar lo que Dios hará o no hará en cada ocasión, sea sanar un enfermo, si creemos en la sanidad, o no sanarlo, si no creemos. Contra las rígidas normas de nuestros códigos doctrinales, hay una voluntad libre y soberana que dice: “haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10).

Para finalizar, este es un tema que no hemos agotado, ni mucho menos; un tema sobre el cual es menester meditar, estudiar humildemente la Biblia, y no tomar puntos de vista a la ligera.

 

(Extractado de Las sanidades analgésicas y otros milagros espurios, Capítulo 6 del libro Cielo de Hierro Tierra de Bronce, Editorial ACUPS, Montevideo, Octubre de 1998).

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

 

Acceda a «Sanidad divina: un tema controvertido – Parte 1» haciendo clic aquí.

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3 Comments

  1. Claudio Caceres dice:

    Hola

    saludos a todos, desde chile les saludo, muy buena página, interesante, respetuosa de todas las corrientes evangelicas en su doctrina y topicos controversiales..

    es de gran ayuda para cualquier cristiano que desee aprender y crecer.

    Felicitaciones y Dios les bendiga

    Claudio

  2. daniel fuentes acosta dice:

    hola que gusto saludarles y los felicito por su pagina y que bendiciones a mis hermanos en uruguay , lei su articulo del Dr Alvarado Pandiani, me gustaria poder contactarlo . soy de de Mexico, y vamos a tener una cumbre latinoamericana de sanidad divida, somos una sociedad civil llamada AMEC alianza medica cristiana del estado de Mexico y WCDN world Christian Doctors Networks. nos encantaria poder trabajar juntos y ya que le Dr escribio dicho articulo nos gustaria tenerlo en el congreso. favor te poderme mandar sus datos .

    • elarrosa dice:

      Estimado Sr. Daniel Fuentes, muy agradecido al Señor por sus comentarios. A Él sea toda la gloria. Ya le hemos pasado su mensaje al Dr. Pandiani. El les responderá directamente. Muchas gracias.

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