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El ser cristiano en la Iglesia Antigua – Parte 2

Por: Dr. Alvaro Pandiani*

Seguimos hoy con la consideración acerca de esos casi dos siglos en que la iglesia fue imperial, para preguntarnos: ¿qué implicó para los habitantes del Imperio Romano en los días en que Roma pasó a conceptuarse de esa fe, el ser cristiano?

La primera etapa de este período, desde Constantino hasta el Edicto de Tesalónica, es un tiempo de progresivo favor para la Iglesia. El fin de las persecuciones no es sino el principio de una serie de privilegios progresivamente crecientes para el cristianismo. Cuando la balanza del beneplácito imperial se inclina hacia la Iglesia, los ciudadanos del imperio desprovistos de convicciones  filosóficas o religiosas firmes, seguramente la vasta mayoría, comenzaron a aproximarse al cristianismo. Aparentemente, Constantino deseaba que sus súbditos de todas partes del imperio abrazaran el cristianismo por propia convicción.

Hay un período, de algunas décadas de duración durante el siglo IV, en que la fe en Cristo es una opción religiosa legal y tan válida como cualquier otra presente en el imperio, pero con el atractivo de contar con la simpatía del emperador; en dicho período el ciudadano del Imperio Romano aún tiene el derecho de usar su libre albedrío a la hora de hacer su decisión en materia religiosa. Pero un libre albedrío ahora estimulado por cosas diferentes de aquellas que movieron a entregar su vida a Cristo a personas como Pablo de Tarso luego de lo sucedido en el camino a Damasco, o Justino Mártir, luego de su encuentro en la playa con el anciano que le habló de Jesucristo. En esta época posterior, lo que estimuló la voluntad de la gente para abrazar la fe cristiana fue el sol del favor imperial del que ahora gozaba la iglesia, y la sombra del monarca como protección en un mundo inseguro, en el que las invasiones externas y la inestabilidad interna amenazaban con desintegrar la civilización. Volverse cristiano era pasar a pertenecer a aquel grupo que disfrutaba del beneplácito imperial. Los tiempos de la entrega consciente a una doctrina centrada en una Persona sublime, que ofrecía al hombre perdón, purificación y exaltación a alturas de justicia, dignidad y santidad, parecen haber quedado atrás en forma definitiva. Se podría decir que el  cristianismo del Nuevo Testamento había sufrido con el transcurso de los siglos un proceso de dilución y enrarecimiento.

Luego del Edicto de Tesalónica, ser cristiano es una obligación para los ciudadanos del imperio. Aquellos hombres y mujeres que hasta ese momento por libre voluntad no habían optado por la religión de Cristo, se ven ahora obligados a abandonar sus religiones; aquellas creencias a las que se adherían por tradición o por propia convicción: el politeísmo clásico grecorromano o los misterios orientales; también las perversiones pseudo cristianas como el gnosticismo y el maniqueísmo entre otros. Las supersticiones ancestrales que acompañaban a muchas de estas religiones; sus ritos, mecánicos pero visibles, en los cuales y en cuya vista estas gentes habían crecido poniendo su confianza; los ídolos, estatuas de bronce, mármol u otro material, que representaban ante los ojos de estas personas a sus dioses, o eran sus dioses; todo aquello que su cultura les había enseñado a creer, debía cambiarse ahora por una fe nueva a la que tenían que entregarse por compulsión. Multitudes de paganos inundaron las iglesias, entonces, para ser enseñados en la religión cristiana. Esta clase de gentes convertidas en cristianos a la fuerza, pero paganos de corazón, serían los que formarían la mayor proporción de la cristiandad a partir de ese momento.

Así como la caída del Imperio Romano a fines del siglo V constituye un punto de inflexión en la historia humana, el pasaje de la edad antigua al medioevo, de igual forma podemos considerar al siglo IV como un momento clave en la historia espiritual del cristianismo. Decenas de miles de personas se conformaron exteriormente a la fe cristiana. No obstante, la transición no fue rápida ni fácil, siendo más completa primero en las ciudades, mientras que los moradores de los distritos rurales permanecieron en el paganismo hasta una época más tardía. La cristianización del pueblo, más allá de la nominal aceptación de la fe, trajo de cabeza a aquellos hombres que constituían el elemento pastoral de la iglesia de aquellos días. Una cosa era traer a las personas a una obediencia formal a la doctrina cristiana; otra muy diferente era conquistar corazones paganos, para que aquellos no solo se llamaran cristianos, sino que auténticamente lo fueran. Muchos obispos y presbíteros procuraron hacer la transición lo menos traumática posible. Algunos llegaron a sustituir las fiestas paganas en honor de los dioses, por fiestas cristianas en las mismas fechas, o similares. Un ejemplo bien conocido de esto es la implantación, en Roma desde el siglo IV y generalizado a toda la iglesia desde el siglo VI, de la celebración de la Natividad de Jesús el veinticinco de diciembre, fecha del nacimiento del Sol Invicto, con la víspera de la navidad coincidente con el último día de las saturnales. Debe destacarse también el desenlace lógico de una tendencia que estaba presente desde por lo menos la última parte del siglo II, y primera del siglo III; algo que se había iniciado con la veneración que los cristianos sentían por aquellos que habían muerto en las persecuciones: “Recogimos sus huesos, de mucho más valor que las piedras preciosas, para depositarlos en un lugar conveniente. Allí en la medida de lo posible nos reuniremos para celebrar el aniversario del día en que Policarpo nació a Dios por el martirio”(Martyrium S. Polycarpi, XVIII, 1-3).( Vila S, Santamaría DA, La sangre de los mártires es semilla de cristianos; Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie, España, 1979; pág. 33-6).

Dicho desenlace fue que los cristianos adoptaron paradigmas de vida cristiana, ya muertos, cuyo recuerdo mantener y ejemplo imitar: hombres y mujeres a quienes estos cristianos sencillos, muchos de ellos iletrados, y la vasta mayoría pésimamente adoctrinados, miraron como el modelo de cristiano al que emular; pero también como quienes, habiéndoles precedido en la vida y triunfado a través de la muerte, estaban ya en el cielo junto a Cristo, y eran por lo tanto dignos de ser venerados, pues se los veía como seres superiores. El siguiente paso fue ver a los santos y mártires como aquellos a quienes recurrir, pues en virtud de su vida de santidad y los méritos derivados de la misma, estaban más cerca de Dios, y por haber sido humanos, estaban en condiciones de comprender las necesidades, sufrimientos y penurias de quienes permanecían aún sobre la tierra. Esto distorsionó de una manera formidable el propósito de Dios en la Encarnación de Jesucristo: participar de las mismas experiencias y limitaciones de los seres humanos: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre … Por cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderosos para socorrer a los que son tentados … No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 2:14,15,18; 4:15).

Pero además, la sustitución progresiva de Cristo por diversos personajes, muchos de ellos de renombre regional, que iban adquiriendo sus lugares de identificación o santuarios, y la fijación de fechas particulares para la celebración de cada santo en particular, evoca la persistencia de los antiguos dioses del politeísmo grecolatino. A esto se agregarían luego los dioses del paganismo celta, y de otras religiones. Dioses a quienes se les cambió el nombre y el ropaje, y aún también la historia de sus hazañas y las características de sus virtudes, y que así se fueron erigiendo en todo el territorio romano como múltiples puntos de referencia religiosa para el habitante de este imperio cristiano.

Este rasgo se acentuaría luego de la caída del imperio y ya entrada la Edad Media, y enrarecería el monoteísmo bíblico heredado por la iglesia cristiana, sin que la disquisición semántica de los teólogos entre latreia (adoración debida a Dios) y douleia (veneración debida a la virgen y a los santos) pueda realmente ocultar la persistencia cristianizada del paganismo.

La compulsión al cristianismo, consecuencia del matrimonio entre Iglesia e Imperio, dio por resultado a nivel individual, no un cambio radical, fruto del desarraigo de las creencias idólatras y su consiguiente sustitución por la fe en Cristo, sino una alteración superficial y nominal que no fue más que paganismo disfrazado. En la próxima columna vamos a ver la otra cara de esta moneda.

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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