El ser cristiano en la Iglesia Antigua – Parte 3

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El ser cristiano en la Iglesia Antigua – Parte 3

Por: Dr. Alvaro Pandiani*

Finalizábamos la columna del martes pasado comentando las características de la conversión compulsiva de los habitantes del Imperio Romano, lo que dio lugar a un cristianismo superficial y nominal, con muchos elementos que sugieren la persistencia disfrazada del paganismo anterior. La contrapartida del este sombrío cuadro acerca de la Iglesia Imperial estuvo dada por aquellos que, habiendo abierto su mente y corazón al mensaje cristiano, fueron verdaderamente tocados por el amor de Cristo, toque demostrado en su inmensa entrega al sacrificio por la salvación de los otros. Muchos de  ellos formaron parte del elemento pastoral y episcopal de aquella iglesia; quienes debieron enfrentarse a las responsabilidades del aparente triunfo de la fe cristiana y abocarse a la instrucción de los nuevos cristianos, que se contaban por centenares de miles, así como al desarrollo intelectual y teológico, a la definición de las doctrinas, y a las controversias, que ácidas y a veces violentas, resultaron de esta actividad. La historia de dicho desarrollo doctrinal y la narración de los sucesos que jalonaron el transcurso de los dos siglos de la Iglesia Imperial están fuera del alcance de este trabajo. Sí nos interesa observar cómo las enseñanzas del evangelio emanadas del magisterio ejercido por estas personas impresionaron a las gentes, y a los mismos eclesiásticos, conquistando efectivamente para Dios innumerables corazones, y despertando voluntades que se tornaron por completo a la doctrina de Cristo, tal como la entendieron en ese tiempo. Las palabras del apóstol Pablo a los gálatas de Listra no describieron solo un período pasado y superado, sino que enunciaron un principio que a partir del inicio de la era cristiana continuaría con vigencia renovada, y mantiene esa vigencia  hasta el día de hoy: “En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar por sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio” (Hechos 14:16,17a).

En medio del politeísmo del mundo pagano, y aún en medio de la superficialidad, perversión e inoperancia de la gran masa de gentes que conforman el pueblo de Dios, Israel o la Iglesia, pueblo que tiene la misión de representar a Dios ante el mundo pagano, entre esa muchedumbre espiritualmente inepta para esa noble función, Dios  “no se dejó a sí mismo sin testimonio”; es decir que Él se encargó de que no faltaran, en cada generación, aquellos que fueran testigos del formidable poder de su amor perdonador. Muchos, tal vez miles de esos ciudadanos romanos, fueron conmovidos en lo más profundo por el evangelio, e independientemente de su pasado demostraron por sus vidas consagradas la grandeza de Aquel que los había conquistado. Las siguientes palabras provienen de un cristiano de ese período: “¿Quién me dará que descanse en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y lo embriagues, para que olvide mis maldades y me abrace a ti, único bien mío? Di a mi alma: Yo soy tu salvación. Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abraséme en tu paz” (Seeberg R, Fundación del dogma antropológico, doctrina de Agustín; Manual de Historia de las   Doctrinas. Casa Bautista de Publicaciones, 1967; pág. 308).

Aurelio Agustín es mejor recordado por la historia como San Agustín de Hipona, un hombre de pasado oscuro pero conversión gloriosa. Agustín fue un obispo eficiente, teólogo brillante si bien cuestionable, quién se erigió como uno de los grandes paradigmas de la antigüedad en lo que se refiere a un cristianismo individual motivado por el amor, como se desprende de los fragmentos de sus Confesiones. ¿Qué significó para un hombre como Agustín, el ser cristiano? “Para mí, abrazarme a Dios es el bien, éste es todo el bien. ¿Quieres algo más? Lamento que lo quieras. Hermanos, ¿qué más queréis? Nada hay mejor que asirse a Dios”. Esto es otra pequeña joya del tesoro espiritual que Agustín legó a la posteridad, acerca de los que significó para él, ser cristiano.

¿Y qué significó para sus contemporáneos, quienes escucharon de uno de los obispos de la Iglesia tales magníficas declaraciones sobre el vivir cristiano? ¿Qué impresiones provocó, qué reacciones despertó? Muchos cristianos, conmovidos y subyugados por la vida y ejemplo de Cristo, se lanzaron por entero a la búsqueda del ideal propuesto por Jesús; esa búsqueda cristalizó en una idea que incendió los corazones y las conciencias de aquella gente: el anhelo de perfección. Podemos imaginar las palpitaciones en el pecho de tales hombres y mujeres cuando oían, en la lectura del evangelio, las palabras de Cristo y las enseñanzas de los apóstoles, a quienes ya veneraban, en términos tales como: “Sean, pues, ustedes perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48); “Nosotros anunciamos a Cristo amonestando a todo hombre y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Colosenses 1:28); “… que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13); “… dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección” (Hebreos 6:1a); “… el que guarda su palabra, en ese verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él” (1 Juan 2:5). Este deseo profundo de perfección que prendía en almas sensibles no es nuevo ni novedoso en la historia cristiana, sino que es propio del genio del cristianismo, en cuanto que esta fe llama a sus adherentes a santificarse; es decir, salir del mundo abandonando el pecado y el error, para dedicarse a Dios. En esta época, este anhelo tomó forma en un movimiento o modalidad de entender y practicar la vida cristiana que caracterizaría una amplia rama del cristianismo desde entonces: el monasticismo. También escapa al alcance de este trabajo analizar las corrientes religiosas y condiciones sociales que dieron origen al monasticismo; pero sí podemos aproximarnos a los sentimientos internos de aquellos a quienes la percepción que tuvieron del evangelio los impulsó a la vida monástica.

Tampoco era novedoso para la iglesia en sus primeros siglos que algunos de sus miembros se alejaran de las urbes a la soledad de los campos, o los desiertos, fundamentalmente para escapar de las persecuciones. Filón, el filósofo judío de Alejandría, escribe en la primera mitad del siglo I d.C., y es citado por Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica, sobre un grupo de hombres y mujeres, llamados los terapeutas, que llevaban una vida ascética en los desiertos de Egipto. Y Eusebio, quién escribió en el primer cuarto del siglo IV, trata de demostrar que se trataba de hebreos cristianos primitivos (Eusebio de Cesarea, Los hechos que Filón narra acerca de los ascetas en Egipto; Historia Eclesiástica, Tomo I. Editorial Clie, España, 1988; libro II, cap. 17, pág. 102-6), aunque en realidad es más probable que fueran una rama de los esenios, grupo judío que habitó los desiertos del sur de Palestina; estos eran una genuina secta monástica judía, y probables antecesores espirituales del monasticismo cristiano.

Porque también es cierto que la vida ascética no es un invento cristiano, sino que tiene antecedentes en el judaísmo, así como en ideas de grupos heréticos surgidos en los primeros dos o tres siglos del cristianismo; ejemplos de aquellos son los esenios, mencionados recién, y de éstas las creencias acerca del carácter intrínsecamente malo de la materia, tales como se preconizaban entre los gnósticos y marcionitas. Esto derivaba entre otras cosas en el repudio de la unión matrimonial (los marcionitas), la prohibición de comer carne y beber vino (los encratitas), y prácticas extremas como la autocastración, en el caso de Orígenes, tenido no obstante como un gran teólogo de la Iglesia Primitiva.

La vida ascética fue la forma elegida para  alcanzar el ideal de perfección. El protestantismo es radicalmente contrario a la vida monástica, pues no se halla base clara para el mencionado estilo de cristianismo en la Biblia. Con todo, es interesante ver cómo desde muy temprano en la primitiva historia cristiana se dejan ver elementos que formarían parte del ideal ascético, como rasgos de una vida más “espiritual”. Uno de los más destacados es el celibato. En el siglo II d.C. la virginidad era un elemento fundamental en la vida ascética; el vocablo griego monajós, del que se deriva el término monje, tuvo su significado más temprano como soltero o célibe. Si vamos al Nuevo Testamento, de hecho encontramos algunos precedentes en los inicios del cristianismo; Juan el Bautista fue un hombre célibe, y Jesús de Nazaret nunca se casó. El apóstol Pablo da veladas referencias a su condición de hombre célibe, y si bien algunos piensan que quizás haya enviudado en la juventud, dichas referencias hacen más probable la interpretación de que él haya sido, por propia y libre decisión, un soltero empedernido toda su vida (1 Corintios 7:8; 9:5). El tipo de vida ascética de Juan el Bautista, de quién se dice que “… estaba vestido de pelo de camello, tenía un cinto de cuero alrededor de su cintura, y su comida era langostas y miel silvestre” (Mateo 3:4), y acerca del cual Jesús dijo que “ … ni comía ni bebía” (Mateo 11:18; seguramente referencia a prolongados períodos de ayuno), ha hecho surgir la hipótesis de que Juan haya tenido alguna conexión con la comunidad ascética de Qumram, los esenios, ya mencionada.

Otro elemento a tener en cuenta es el desprendimiento de sus bienes que practicaron los creyentes de la primitiva iglesia de Jerusalén, quienes entregaron el producto de la venta de sus propiedades, pasando a formar parte de un sistema de vida en común. Este sistema se volvió impracticable cuando el número de cristianos en Jerusalén se contó por miles; además, el desprendimiento de los bienes incidió negativamente en  la situación de dicha Iglesia cuando Palestina fue azotada por el hambre en los días del emperador Claudio; tanto que las iglesias de Grecia debieron colaborar con la de Jerusalén a través de una ofrenda. Pese a todo esto, el principio de entregar todas las propiedades a la comunidad, o repartirlas a los pobres, sería un requisito para ingresar a la vida monástica en el cristianismo de siglos posteriores.

En la próximo y última entrega hablaremos un poco más de este antiguo ideal, la vida ascética, practicado aún por algunas ramas del cristianismo como medio de alcanzar la perfección en la vida cristiana.

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Rodolfo Plata dice:

    El cristianismo primitivo se inició como un movimiento laico. La Epístola apócrifa de los Hechos de Felipe, expone al cristianismo como continuación de la educación en los valores de la paideía griega, que persigue alcanzar la trascendencia humana y la sociedad perfecta, promovida por los sabios alejandrinos avocados a comprobar la veracidad de la teoría Aristotélica formulada al abordar el problema del alma truncada sosteniendo que el hombre puede trascender a sus propias imperfecciones si practica metódicamente las virtudes opuestas a sus defectos hasta alcanzar la supra humanidad. Cuando se enteraron de la trascendencia humana patente en Cristo cuando unos griegos lo entrevistaron (Jn XII, 20 al 24). Posteriormente enviaron al medico Lucas a dar testimonio escrito de los portentos, vida, ejemplo y enseñanza de Cristo, a fin de fe-datar en la persona de Cristo, que es cierta la teoría de la trascendencia humana y las potencialidades espirituales inherentes a ese estadío. A partir de entonces, los pueblos helénicos tomando a Cristo como ejemplo de lo que es la trascendencia humana, lo siguieron no como Dios, sino como hombre, a fin de alcanzar la trascendencia humana y la sociedad perfecta; por ello lucharon por helenizar el cristianismo estructurando la fe conforme a la razón. Lo cual propició el choque entre culturas ante la oposición radical e intransigente de los príncipes de la sinagoga al uso de la razón en cuestiones sagradas tendente a evitar que se helenizara el cristianismo para mantenerlo sujeto a la Sinagoga. Desde entonces el talón de Aquiles de la doctrina de la Iglesia ha sido el profetismo judío y el fideísmo bíblico. Contradiciendo la enseñanza sobre el uso de la razón en cuestiones de fe que Cristo había revelado metafóricamente al ciego de nacimiento (Jn IX, 39), para hacer un juicio justo de nuestras creencias a fin de encontrar la verdad que nos liberara de las falsas certezas de la fe que nos mantienen ciegos__ Provocando en los pueblos cristianos la estulticia generalizada y la entronización del oscurantismo, al olvidar las raíces helenistas de nuestra cultura; lo cual ha convertido las Iglesias en sinagogas, los sacerdotes en rabinos, los cristianos en siervos del gobierno mundial judío, y el judeo cristianismo en religión chatarra. Así el movimiento cristiano dejó de ser laico y dejó de perseguir los fines últimos de la educación en la paideía; y por ello, no hemos alcanzado la sociedad perfecta ni la trascendencia humana. http://www.scribd.com/doc/33094675/BREVE-JUICIO-SUMARIO-AL-JUDEO-CRISTIANISMO-EN-DEFENSA-DEL-ESTADO-LA-IGLESIA-Y-LA-SOCIEDAD

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