El problema con el cristianismo “tal como soy”

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El problema con el cristianismo “tal como soy”

De la sección “Renovando el Espíritu” del programa “Los años no vienen solos”.

Escuche aquí el programa:

Extractado de “Vida, esperanza y verdad

“Tal como soy” es uno de los himnos más populares del cristianismo protestante. Charlotte Elliott lo escribió en 1835. La historia narra que ella una vez estaba visitando a un predicador suizo que le preguntó si en realidad ella era cristiana. Esto la hizo sentir incómoda. Más tarde, ella admitió que esta pregunta la turbó en gran manera y le dijo: “Quiero ir a Jesús; pero no sé cómo”. El predicador le respondió: “¿Por qué no vienes simplemente tal como eres? Solamente tienes que venir a Él tal como tú eres”.

Años más tarde, la señorita Elliott recordó esta conversación e hizo el himno “Tal como soy”, que eventualmente se convirtió en algo siempre presente en los himnarios protestantes. El himno tiene siete estrofas, cada una comienza con la frase “tal como soy”,  y después describe los aspectos que según la señorita Elliott, eran lo que significaba venir a Cristo.

Tanya Luhrmann, una antropóloga y sicóloga, investigó el cristianismo evangélico durante varios años y en 2012 publicó un libro: When God Talks Back: Understanding the American Evangelical Relationship with God [Cuando Dios responde: cómo entender la relación evangélica americana con Dios]. En una entrevista con Christianity Today, ella resumió el evangelismo de esta manera: “Lo que las personas quieren de la fe es sentirse mejor de lo que se sentían sin fe”. En términos sencillos, se trata de sentimientos y experiencias.

El apóstol Pablo enseñó enfáticamente que todos debíamos cambiar: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19). Dios lo ama, pero Él no quiere que usted permanezca tal como usted es. Él quiere que usted cambie fundamentalmente su vida por medio del verdadero arrepentimiento.

El cristianismo es una lucha

La aceptación de un cristianismo de sentirse bien, “tal como soy”, ha oscurecido otra parte importante del mensaje de Jesús. Él no describió el cristianismo tan solo como sentirse bien consigo mismo porque hemos sido perdonados. Él no representó a su Iglesia como un lugar al que los cristianos van para sentirse bien y para que los entretengan. Jesús describió el cristianismo como una lucha, una batalla de toda la vida contra el pecado.

Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Cuando Jesús habló de negarse a sí mismo, Él no estaba hablando de una penitencia, castigarse o negar el yo en un intento por lograr el perdón. Él estaba hablando de una vida de lucha contra el pecado. En una de sus enseñanzas más impactantes, Jesús dijo que si nuestro ojo o nuestra mano hace que pequemos, tenemos que “sacarlo” o “cortarla” (Mateo 5:29-30). Esta es una poderosa figura verbal para mostrar la importancia de luchar contra el pecado. Nuestros ojos y nuestras manos no hacen literalmente que pequemos; el pecado comienza en la mente. Si nuestra mente está morando en el pecado, tenemos que remover esos pecados de nuestra mente. Si estamos practicando el pecado con nuestro cuerpo, tenemos que hacer cambios drásticos para detenernos.

La vida cristiana no gira alrededor de sentirnos bien con nosotros mismos y evitar la culpa. Es una lucha continua, disciplinada contra el pecado y un esfuerzo proactivo para desarrollar el carácter de Jesucristo con la ayuda del Espíritu Santo de Dios (1 Corintios 9:27; Romanos 13:14).

De “tal como soy” a “tal como Él es”

Toda la premisa de “tal como soy” pierde de vista el meollo de las enseñanzas de Jesús. El mensaje de Cristo no era que Él quería que usted siguiera siendo tal como usted es, en vez de ello, Dios quiere que usted se convierta en alguien tal como Él es. Esto significa luchar, día a día, año tras año, para acercarnos más y más a Dios y convertirnos en lo que nos ordenaron: “Sed, pues, vosotros perfectos, tal como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Jesús fijó el parámetro definitivo de los cristianos como algo muy exigente.

Los viejos pecados

Por Pr. Marcos Granconato (extractado y adaptado)

Un anciano decía: “Solo los fuertes envejecen. Los débiles mueren en medio del camino”. Tal vez él tenía razón: las personas de edad avanzada demuestran, hasta cierto punto, que pudieron sobrevivir a las enfermedades, peligros y reveses de la vida, llegando (más o menos) de pie al tiempo de las canas.

Es posible que, en muchos casos, eso incluso revele virtudes. Perseverancia y coraje tal vez hayan sido los componentes de la fórmula que mucha gente usó para llegar a la vejez, sin entregarse al desánimo en que varias personas son lanzadas cuando pasan por problemas difíciles o grandes frustraciones. Sea como fuere, si el anciano es, en muchos casos, un campeón, la verdad es que, según la Biblia, los cabellos blancos no eximen de continuar batallando contra el pecado.

Uno de los errores en los que podemos caer en la tercera edad es en la creación de prerrogativas imaginarias, o sea, la idea nutrida por algunos ancianos de que, con el pasar del tiempo, adquirieron ciertos derechos exclusivos e inviolables: “Yo soy así, y ahora no voy a cambiar.”

Así, matrimonios ancianos muchas veces creen que, por tener cincuenta años de casados, están libres del deber de respetarse y amarse mutuamente. En el fondo del corazón estas personas creen que la edad avanzada les concede el privilegio de relacionarse con su cónyuge de la forma como mejor les parece, sin tener que ser enseñadas por nadie.

Otros ancianos creen que el pasar de los años les concedió el derecho de decir lo que quieren, a quien quieren y de la forma que quieren. Entonces, se vuelven personas desbocadas y sin recato, siempre creando constreñimientos y mostrándose agresivas cuando son censuradas por hablar de tal o cual manera.

La lista de derechos imaginarios creados por algunos ancianos es extensa, pero en la Biblia hay otro peligro mucho más serio – un error que ni el más sabio entre los hombres fue capaz de evitar. Se trata de la laxitud de los principios, de la pérdida de firmeza en la defensa de la fe, la verdad y la justicia, de bajar la guardia delante del mal moral en otro tiempo defendido con tanto vigor y firmeza.

El propio Salomón sucumbió en este punto. La Biblia dice: “Cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres le inclinaron el corazón tras dioses ajenos, y su corazón ya no era perfecto para con Jehová, su Dios, como el corazón de su padre David” (1 Reyes 11.4). El texto prosigue diciendo que Salomón se desvió totalmente de los caminos de Dios, llegando a construir altares a dioses paganos, además de ofrecerles incienso.

Podría suceder, si nos descuidamos, que el viejo y largo camino de la verdad se torne monótono, la defensa de la Palabra de Dios parezca inútil o irrelevante en un mundo que nunca mejoró; y que el pecado, para alguien que anduvo tanto tiempo en una tierra dominada por él, puede parecer natural o algo con lo que debemos conformarnos, aceptando las cosas como son. Entonces, se baja la guardia, desaparecen las palabras de desaprobación delante de la iniquidad y un consentimiento sereno se apodera de todo: ¡Tal vez hasta podríamos llegar a decir a lo malo, “bueno”! El tiempo puede enfriar la pasión por la justicia y, en el corazón cerrado a todo tipo de perversidad, pueden surgir grietas debido a los ataques que vienen de los discursos constantes y persistentes de los malos.

Sí, tal vez el anciano tenía razón al decir que solo los fuertes envejecen. Sin embargo, eso tiene poca importancia, pues, si la fuerza que nos lleva a la vejez no es capaz de nutrir la firmeza de nuestra fe y de nuestros valores, entonces, tal vez, lo mejor sería morir joven.

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