Un final apacible: cuidados paliativos

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Un final apacible: cuidados paliativos

Por: Ps. Graciela Gares*

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3:

Morir es un hecho trascendente. Es el punto final que damos a nuestro peregrinar sobre este planeta. Y así como los artistas sobre el escenario procuran dar un cierre estupendo a su obra de teatro o pieza musical, todo ser humano podría hacer del momento de su muerte el broche final de su periplo terrenal: reuniendo a la familia, despidiéndose de cada uno, trasmitiendo su legado a los jóvenes, perdonando, reconciliándose, cosechando el afecto, yéndose en paz con Dios. Pero en esta cultura de lo rápido, de lo “fast”, hay quienes pretenden apurar el proceso de morir, incluso, provocándolo anticipadamente. Es el caso de los promotores del proyecto de Ley de Eutanasia.

La pobreza de valores y referentes filosóficos que caracteriza a la posmodernidad, explica por qué muchas personas a las que se les pregunte cómo desearían morir, dirán que prefieren pasar de un sueño a otro, sin darse cuenta y de modo rápido. Nos preocupa mucho evitar el sufrimiento, el vernos desvalidos o provocar lástima. En general, tendemos a vernos como sujetos pasivos en esa instancia, que sólo esperan que el ángel de la muerte nos lleve lo antes posible. Pero no siempre ha sido así.

En la Biblia se relata el nacimiento, vida y muerte de muchísimas personas. De algunas solo se dice cuántos años vivieron y que luego murieron. De otras en cambio, se cuenta lo que hicieron cuando tomaron conciencia que el final de sus vidas estaba cerca. No se expresa que se deprimieron, ni procuraron anestesiarse de alguna manera, ni acelerar su partida, sino que dieron un sentido trascendente a ese momento. Algunos ordenaron detalles finales para sus hijos, los bendijeron y les dieron directivas. En suma, asumieron un rol protagónico en esa circunstancia.

Veamos el caso del patriarca Jacob: “Poco tiempo después le informaron a José que su padre estaba enfermo. Entonces fue a visitarlo y llevó consigo a sus dos hijos, Manasés y Efraín. Cuando le avisaron a Jacob que su hijo venía a verlo, hizo un esfuerzo, se sentó en la cama…” e inició la tarea de bendecir a su descendencia. Luego expresó claramente: “Yo estoy a punto de morir; pero Dios estará con ustedes y los hará volver a la tierra de sus antepasados”… “Sepúltenme con mis antepasados. Y cuando acabó Jacob de dar mandamientos a sus hijos, encogió sus pies en la cama, y expiró, y fue reunido con sus padres” (Génesis 49: 29 y 33).

Se trataba de sociedades que ni por asomo tenían el grado de “medicalización” que se observa hoy día. Las personas no requerían de un diagnóstico médico para comprender que les había llegado su hora y sabían qué responsabilidades les cabían en ese momento. Por su parte José, el hijo de Jacob, siguió los pasos de su padre: “Un día, José dijo a sus hermanos: —Yo voy a morir, pero Dios ciertamente os visitará…Haréis llevar de aquí mis huesos. Murió José a la edad de ciento diez años” (Génesis 50: 24 – 26). Mucho tiempo después, David el rey de Israel, a punto de partir de este mundo, asumió la tarea de pasar su legado a su descendencia: “Se acercaba el día en que David iba a morir, y le dio esta orden a su hijo Salomón: Estoy por morir, como es el destino que le espera a todo el mundo. Sé fuerte y pórtate como un hombre.  Ahora, obedece cuidadosamente todos los mandamientos del Señor tu Dios…” (1 Reyes 2: 1 – 3).

Estos tres personajes bíblicos, sin proponérselo, hicieron del momento previo a abandonar el cuerpo, un tiempo trascendente. Tenían asumido el morir como el final esperado para toda la raza humana caída, por lo que no los tomó por sorpresa. Estaban preparados. Sabían cómo morir. Y éste quizá sea el gran hándicap de las civilizaciones actuales en Occidente.

Felizmente, existen otras corrientes de pensamiento que están promoviendo una legislación mejor a la Ley de Eutanasia y Suicidio asistido. Nos referimos al proyecto de Ley de Cuidados Paliativos que acaba de ingresar al Parlamento uruguayo, inspirada en valores filosóficos y antropológicos superiores. Propone el acompañamiento empático y compasivo en el proceso de morir, a cargo de un equipo multidisciplinario, procurando que todo individuo cierre su ciclo vital en contacto con sus seres queridos, en un clima de intimidad, atenuando sus dolores físicos y atendiendo a las cuestiones emocionales y espirituales asociadas al final de la existencia humana.

El proyecto de Ley de Cuidados Paliativos tiene como objetivo garantizar el derecho a la asistencia de cuidados paliativos de todas las personas que padecen enfermedades que limitan y/o amenazan la vida, abarcando las dimensiones física, psicológica, social y espiritual, acorde a sus creencias. Su alcance abarca a adultos, adolescentes y niños desde la etapa prenatal, con enfermedades graves, progresivas y/o crónicas avanzadas, con escasa o nula respuesta a tratamientos específicos, que presenten múltiples síntomas severos, cambiantes en el tiempo, que impactan en la autonomía y calidad de vida y vean limitado su pronóstico de vida. Se pretende asegurar el acceso universal, equitativo y oportuno a la asistencia paliativa integral, ya sea en régimen de internación, ambulatorio o en domicilio, a cargo de un equipo interdisciplinario calificado, que trabaje para mejorar la calidad de vida y disminuir el sufrimiento de los enfermos, mediante un tratamiento efectivo y continuo del dolor y otros problemas físicos, psicológicos y espirituales. Reconoce el derecho del paciente a elegir el lugar de permanencia (domicilio u hospital) durante sus últimos días, asegurándole en todos los casos una asistencia continuada. Esta iniciativa no se opone al uso de sedación paliativa no letal cuando sea imprescindible para disminuir el nivel de conciencia mediante fármacos, en aras de reducir un sufrimiento intenso.

En resumen, bregar por una vida digna hasta el último momento, sin incurrir en el ensañamiento terapéutico (sostener forzadamente los signos vitales) ni caer en el homicidio. Incluye la contención emocional a familiares y/o cuidadores, privilegiando la intimidad, habilitando despedidas y orientando para “dejar ir” al enfermo, previniendo claudicación emocional de los familiares y el desenlace en duelos traumáticos con posterioridad al fallecimiento del paciente, disponiendo de ser necesaria la derivación a equipos de Salud Mental. Habilita asimismo el otorgamiento de licencias laborales especiales a los familiares para acompañar y cuidar al paciente por el tiempo que indique el médico tratante. Finalmente, promueve la formación profesional a nivel académico en Cuidados Paliativos para médicos, auxiliares y licenciados en enfermería, psicólogos y trabajadores sociales.

¡Cuántas veces hemos observado a médicos que no saben comunicar apropiada y empáticamente un diagnóstico de enfermedad incurable a sus pacientes! En culturas como la occidental, donde lo económico prima a menudo sobre lo humano, conviene precisar que el costo de implementar cuidados paliativos es mínimo, según lo aseguran expertos de países donde esta metodología está en aplicación desde hace décadas. Se trata básicamente de cambiar actitudes, respetar espacios, no invadir privacidad, brindar contención emocional y asesoramiento para que el enfermo alcance cierto confort en el proceso de morir.

Quienes reconocemos a Dios como Ser superior, dador de ese bien sagrado que es la vida, y consideramos al hombre como un ser espiritual habitante temporal de un cuerpo físico, aplaudimos esta iniciativa en cuanto procura respetar la extinción natural de la vida humana, acompañando ese proceso durante el tiempo que el mismo demande. Asimismo, consideramos valioso que se respete la elección del lugar donde morir por parte del enfermo y que se propicie un escenario que le permita despedirse de sus afectos, trasmitir su legado a hijos y/o nietos, sanar vínculos consigo mismo, con los demás, con el Creador o concluir cualquier asunto pendiente (hacer testamento, vender una casa, etc.) y así poder irse en paz.

Suscribimos plenamente la discriminación entre el dolor físico y el sufrimiento emocional, espiritual y moral. Muchas veces el dolor provocado por lesiones físicas se ve exacerbado por angustias, temores, incertidumbres o preocupaciones espirituales por el más allá. En tales circunstancias la omnipresencia médica debería hacer lugar al psicólogo para ayudar a canalizar emociones y al capellán, al pastor o algún guía espiritual para que la persona obtenga la paz con Dios. Entendemos además, que la manera como muere un paciente queda en la mente de los familiares por mucho tiempo, abonando el terreno para un duelo tranquilo o por el contrario, patológico. De allí que nos resulte simplista y absurdo resolver mediante eutanasia el final de la vida de un ser trascendente como lo es el hombre. Es válido sacrificar a un animal que está agonizante para acortar su sufrimiento, pero no hemos de aplicar la misma regla a un humano, creado a semejanza de Dios, dotado de alma y conciencia, apenas inferior a los ángeles, según lo expresa el texto bíblico: “…Le hiciste un poco más pequeño que los ángeles, lo coronaste de gloria y honra. Hiciste que tuviera dominio sobre las obras de Tus manos…” (Salmos 8: 6 – 7).

Por ello, hemos rechazado el proyecto de ley de eutanasia sustentado en aberraciones filosóficas y antropológicas, asumiendo que el ser humano es dueño y señor de su vida y empeñado en no reconocer su dimensión espiritual. Tal proyecto presume de omnipotencia médica al dictaminar que “ya no hay nada más para hacer”, transformando el dolor físico (a menudo mal controlado), en caballito de batalla para adelantar el fin de la existencia, procurando luego obtener el perdón legal para el médico que mate a un enfermo. Como seres espirituales en vasijas de barro, necesitamos una esperanza para trascender al más allá y Dios nos la ha proporcionado:

Porque sabemos que si nuestra casa terrenal, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en el cielo” (2 Corintios 5:1).

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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