¿Se deprimen también los cristianos?

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¿Se deprimen también los cristianos?

Por: Ps. Graciela Gares*

Parte 1:

En América Latina escuchamos de líderes cristianos (pastores, sacerdotes) y miembros de iglesias que cayeron en depresión. Algunos con años de servicio a Dios y al prójimo se suicidaron, pues les ganó la desesperanza, al no sentirse cuidados por sus congregaciones, sino que por el contrario, muy exigidos y hasta castigados, calumniados y lastimados por la ingratitud. También se conoce de cristianos que están buscando asistencia en líneas de prevención de suicidio, algunos jaqueados por dolores del alma que nunca pudieron confesar y sanar, por ejemplo, haber sido abusados sexualmente en su infancia o adolescencia. Quizá nunca se animaron a hablarlo en sus comunidades cristianas, o lo hicieron pero nadie supo cómo ayudarles a sanar tales heridas. En estos casos, no basta con decirles que son nuevas criaturas y que Cristo hace nuevas todas las cosas. Es preciso entender la dimensión del trauma para impartirles la sanidad de Dios acorde al daño sufrido.

La respuesta a la pregunta si los creyentes también se deprimen es afirmativa, aunque es de esperar que esto no sea lo más frecuente entre el pueblo de Dios. Job, Elías, Jonás son ejemplos de ánimo negativo, hasta despreciar la vida: A Job le tocó experimentar la pérdida de todo lo que había construido con amor y esfuerzo (salud, hijos, bienes económicos, etc.). “Después de esto, Job rompió el silencio para maldecir el día en que había nacido. Dijo así: Que perezca el día en que fui concebido y la noche en que se anunció: ¡Ha nacido un niño! ¿Por qué no perecí al momento de nacer? ¿Por qué no morí cuando salí del vientre?” (Job 3: 1, 2, 3, 11).

El profeta Elías en su celo por Dios había combatido y destruido a los enemigos de Dios. Pero la perversa Jezabel se juramentó matarlo. Elías se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Beerseba de Judá, dejó allí a su criado y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto, y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, Señor! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados». Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido”. (1 Reyes 19: 3 – 5).

El profeta Jonás, por su parte, no estaba de acuerdo con que Dios fuera misericordioso con los enemigos de su nación. Por eso se ofuscó desmedidamente, cuando obligado fue a predicarles, ellos se arrepintieron y Dios les extendió su perdón. “Pero esto disgustó mucho a Jonás, y lo hizo enfurecerse. Así que oró al Señor de esta manera: ¡Oh Señor! ¿No era esto lo que yo decía cuando todavía estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis, pues bien sabía que tú eres un Dios bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor, que cambias de parecer y no destruyes. Así que ahora Señor, te suplico que me quites la vida. ¡Prefiero morir que seguir viviendo! (Jonás 4: 1 – 3).

Vale resaltar que por temor a Dios ninguno de ellos atentó contra su vida, sino que solo llegaron a pedirle a Dios que le pusiera fin, a lo cual Dios no accedió, sino que a los tres les renovó la visión que tenían de la realidad que estaban viviendo. Dado que se trató de eventos puntuales quizá no califiquen como procesos depresivos, sino más bien episodios de profundo enojo, tristeza y auto-conmiseración. Tristeza y enojo no equivalen siempre a estar deprimidos. Jesús también se entristeció sobremanera antes de llegar a la cruz. «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir —les dijo—. Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo» (Mateo 26:38).

En principio, eventos así no deberían interpretarse como una depresión, ya que es normal y entendible entristecerse por la pérdida de algo que valoramos: la vida, la salud, un trabajo, una amistad o una relación de pareja. Algunos autores dicen que mientras la tristeza es un estado anímico pasajero, la depresión es un estado crónico de malestar y desazón, que se prolonga en el tiempo y suele acompañarse de alteración del sueño y de la conducta alimentaria, fatiga, dificultad para concentrarse y agitación, entre otros síntomas. En el deprimido la tristeza se instala junto a falta de motivación o energía para seguir adelante; nada lo motiva. Lo que antes le causaba placer ahora le es indiferente. Siente apatía o desgano.

Mientras la tristeza se supera en un tiempo razonablemente prudencial, la depresión suele extenderse por semanas o meses. Este cuadro requiere con frecuencia ayuda profesional ya que a menudo se experimenta desmotivación para seguir viviendo. Alegrías y tristezas son parte de la vida. Pero no todos transitaremos por la depresión y cuando nos ocurra, precisaremos de la compañía humana (no aislarnos), guía divina, consejería especializada y probablemente medicación. Es preciso descartar en este punto las perturbaciones del ánimo de causa médica, como estar diagnosticado de esquizofrenia, trastorno bipolar, demencia senil, etc. Éstas siempre demandan atención de especialista en salud mental.

En ausencia de causa médica, hablemos de los esquemas mentales que pueden conducirnos a una depresión.

A-Cuando sentimos que Dios no cumple nuestras expectativas. Deseábamos casarnos y formar una familia y eso no se dio. Anhelábamos tener hijos pero no llegaron. No esperábamos un divorcio siendo cristianos pero ocurrió. Nuestro hijo o hija hizo ingresar a la familia un yerno o nuera que no deseamos integrar. Y muchas situaciones humanas adversas que no aceptamos.

B- Cuando desarrollamos apegos patológicos. Imaginemos a quienes no logran procesar duelos por la partida de sus padres y mantienen el dormitorio de los mismos intacto un año o más luego de la muerte de éstos, argumentando: “mi padre o mi madre eran todo para mí”. Tal pensamiento sin dudas idealiza a los padres terrenales y ofende a Dios al no reconocer que en definitiva “en Él vivimos, nos movemos y somos” (Hechos 17:28). También, quien nunca pudo recuperarse de la partida de un ser querido, habiendo transcurrido muchos años de ese suceso.

C- Cuando no accedemos a otorgar perdón a alguien que nos dañó o si no nos perdonamos a nosotros mismos por haber fracasado en algo. Pensemos en una amiga o amigo que se quedó con nuestra pareja. En delincuentes que segaron la vida de un hijo o hermano nuestro. En un jefe que nos despidió arbitrariamente. En tales casos, perdonar no significa eximir de culpa al agresor, sino liberarnos nosotros de la tarea de vengarnos y pasar a Dios el hacer justicia.

D- Cuando abrigamos, quizá desde nuestra infancia, heridas del pasado aún no sanadas. De las más difíciles de cicatrizar son los daños por haber sido abusados sexualmente. Hay personas que cargan toda su vida con el secreto de la injuria recibida, pues no se animaron nunca a hablar del hecho por vergüenza, temor a que no les creyeran o para evitar una crisis familiar, ya que el mayor número de abusos es perpetrado por familiares o “amigos” íntimos. A medida que la víctima va creciendo y entendiendo la magnitud de la maldad que recibió, va fortaleciéndose una raíz de amargura vinculada al daño a la imagen personal, la “cosificación” del cuerpo, perturbaciones del auto-concepto, de la sexualidad, pérdida masiva de la confianza en todo el entorno, auto-culpabilizarse por no haber sabido defenderse o por creerse responsable de lo que le ocurrió, etc. En suma, una carga muy pesada de sobrellevar. Un consejero cristiano especializado en el tema podría ayudar a remover los obstáculos que impiden trascender y dejar atrás ese hecho lamentable.

E- Sobre-exigirnos, asumiendo cargas que no podemos llevar solos, sin depositarla a diario en Dios y sin delegar en otros. Como Pablo, muchos sienten: “Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?” (2 Corintios 11: 23 – 29). Puede ocurrir que un líder cristiano no sea explícito en hablar de sus necesidades económicas, familiares, etc. y oculte su lado humano. Pero esta situación puede conducirle a un “burnout” o “síndrome del quemado”, un agotamiento emocional que puede tornarle insensible a las necesidades de los otros. Llegará a sentirse solo y defraudado. Esto es frecuente en quienes trabajan al servicio de otras personas con quienes se da una interacción conflictiva. ¿No será bueno que los líderes cristianos se sinceren con la comunidad que dirigen y reclamen reciprocidad como Pablo?

Me alegro muchísimo en el Señor de que al fin hayan vuelto a interesarse en mí….. han hecho bien en participar conmigo en mi angustia.Y ustedes mismos, filipenses, saben que en el principio de la obra del evangelio, cuando salí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en mis ingresos y gastos, excepto ustedes. Incluso a Tesalónica me enviaron ayuda una y otra vez para suplir mis necesidades. No digo esto porque esté tratando de conseguir más ofrendas, sino que trato de aumentar el crédito a su cuenta (Filipenses 4:10 – 17).

En otra ocasión, suponemos que estaba sintiéndose juzgado, cuando expresó: Esta es mi defensa contra los que me critican:  ¿Acaso no tenemos derecho a comer y a beber?  ¿No tenemos derecho a viajar acompañados por una esposa creyente, como hacen los demás apóstoles y Cefas y los hermanos del Señor?  ¿O es que solo Bernabé y yo estamos obligados a ganarnos la vida con otros trabajos?” (1 Corintios 9: 3 – 6). Si hemos sembrado semilla espiritual entre ustedes, ¿será mucho pedir que cosechemos de ustedes lo material?  Si otros tienen derecho a este sustento de parte de ustedes, ¿no lo tendremos aún más nosotros?” (Vers. 11 y 12).

Es probable que este tipo de planteos sean liberadores de la energía negativa (amargura) que pueda acumularse en el servidor de Cristo cuando siente que su comunidad no cuida adecuadamente de él y su familia. El diálogo franco, tanto con Dios como con sus fieles, podría preservarle de caer en desesperanza y depresión.

Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar.” (1 Corintios 10:13)

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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