Haz el bien mirando a quién

Sala de espera
17 noviembre 2020
Resistir firmes en la fe
19 noviembre 2020

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Cuando realizamos el ciclo sobre Iglesia y dinero hablamos de la opción paulina: que ministros evangélicos decidieran trabajar secularmente para mantenerse a sí mismos y a sus familias, cuando los sueldos pagados por sus iglesias no fueran suficientes para eso, pero sin abandonar su ministerio pastoral, sino realizándolo a tiempo parcial. Para fundamentar la opción paulina, entre otros pasajes bíblicos citamos Hechos 20:33 – 35, donde leemos: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes bien ustedes saben que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo les he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir”. En el foro del último artículo del ciclo, un hermano en la fe aportó nuevamente este pasaje bíblico, haciendo hincapié en algo que expresa Pablo: el ayudar a los necesitados. Ese aspecto, inherente desde el inicio del cristianismo al espíritu del evangelio de Jesús, parece quedar expresado por Pablo como una oportunidad, y también como un deber.

Trabajando así, se debe ayudar a los necesitados dice el apóstol, y la secuencia parece ser: trabajaste – te pagaron – ese dinero puede servir para ayudar a los necesitados – ayudar a los necesitados es un deber. La pregunta que queda planteada es: ¿Quiénes son los necesitados a quienes, beneficiaré con el fruto de mi trabajo? Esta es una pregunta que parece superflua; en todo caso, sería de fácil respuesta. Cualquiera, al preguntársele a quien considera un necesitado, pensaría de inmediato en personas que viven en asentamientos periféricos en condiciones muy precarias, o en indigentes sin techo, o en mendigos y limosneros esparcidos por las calles y avenidas más concurridas de la ciudad. Esa visión, aunque simple y al bulto, nos ofrece ejemplos muy visibles de personas que padecen la insatisfacción de sus necesidades básicas: sustento, abrigo, asistencia y cuidados de salud, pero también dignidad humana, integración a la comunidad, oportunidades de crecer como personas y como ciudadanos, de realizarse y alcanzar una vida plena.

Ahora, no es el objetivo de la presente reflexión hacer un análisis de las causas políticas, económicas, sociales, educacionales, morales e incluso espirituales, de que haya personas – tantas personas, en la actualidad – que están en esa situación. Sí movernos hacia una visión bíblica del problema de la pobreza, la miseria y la marginación, y sobre la conducta y las líneas de acción que la Iglesia ha de tomar, siguiendo los lineamientos de la Palabra de Dios, en respuesta a dichos problemas. Porque que se debe hacer algo, se debe hacer, no cabe duda, y adhiramos o no a determinadas políticas de partidos o de gobiernos de diverso pelo, como seres humanos se nos requiere que mostremos esa veta de sensibilidad, y de la solidaridad que supuestamente tenemos los uruguayos, y como cristianos, que aprendamos a demostrar amor, compasión y sincero interés por la suerte de los menesterosos.

Que se debe hacer, se debe hacer, y se hace, y hace mucho que se está haciendo; por el Estado, por instituciones seculares, y también por instituciones cristianas. En cuanto a los resultados, antes de justipreciar en base al panorama que nos muestran nuestras comunidades – en nuestro país por ejemplo – y a estadísticas en las que no todos confían (porque pueden estar infiltradas por intereses políticos espurios), es importante tener claro cuáles son los resultados que es legítimo esperar. ¿Cuál es el ideal? Porque si el ideal es la erradicación de la pobreza, la miseria y la marginación, nos tendríamos que preguntar si tal cosa es posible.

La utopía marxista proclamó esa posibilidad, mediante la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada: “su tesis es que mediante el proceso de cambio revolucionario ha de completarse la dialéctica de la historia, y en lugar de la antítesis de ricos y pobres, emergerá la síntesis de la sociedad sin clases”1. Por otro lado, el cristianismo procuró remediar los padecimientos de los menesterosos y desafortunados, como una expresión de amor cristiano y de obediencia a las enseñanzas y ejemplo de Jesús de Nazaret: “En cuanto al cristianismo, en sus más antiguas expresiones de compañerismo y devoción, proveer a los pobres, no como un programa sino como expresión de culto, era una inquietud que estaba en el centro”2. ¿Creían los primeros cristianos en la posibilidad de, algún día, erradicar la pobreza? Probablemente no, si entendían cómo estaba conformada la estructura del mundo en que vivían, con un emperador que era adorado como dios, con nobles romanos que hacían lo que les venía en gana a despecho de las leyes, con ricos que hacían otro tanto, y por debajo un pueblo de trabajadores, pobres y esclavos, que sufría la opresión de los poderosos; un pueblo de trabajadores, pobres y esclavos entre los cuales, recordemos, la nueva esperanza inyectada en el mundo por el mensaje de Cristo se extendió como reguero de pólvora.

Y seguramente no, pues en esa temprana época debían tener muy presentes las palabras de Jesús acerca del tema: “a los pobres siempre los tendrán con ustedes” (Juan 12:8). Así que, los primeros cristianos sabían que siempre tendrían necesitados, entre ellos y a su alrededor, y se dedicaron a servirlos y ayudarlos, como parte de la vivencia de su nueva fe en Jesucristo.
Es muy interesante ver cómo, aunque tradicionalmente asociamos el ayudar a los necesitados con la caridad cristiana, un pasaje del Antiguo Testamento, dirigido originalmente al pueblo judío, recomienda conductas específicas de misericordia con los menesterosos. En Isaías 58:6, 7 leemos: “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompan todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?”. Lo interesante de este pasaje, también, es ver cómo vincula la compasión en acción con una práctica religiosa o devocional como el ayuno.

El profeta es enviado por Dios a corregir un concepto erróneo sobre el ayuno, vinculando la devoción a Dios con la atención de las necesidades del “hermano”, es decir, del compatriota israelita. Trasladando estas recomendaciones a nuestra realidad actual, resulta que la devoción religiosa o espiritual, divorciada de la práctica de la misericordia y la caridad hacia los desafortunados y menesterosos, se vuelve vacía y debe corregirse. Además, compartir el pan con los hambrientos, vestir a los desnudos y darles un techo a los pobres, alcanza a todos nuestros semejantes. Ahí otra vez aparece la imagen del indigente que duerme en la calle, o la madre con varios niños que mendiga en una avenida. Sin embargo, el “hermano” del que no hay que esconderse cuando está en necesidad, puede estar más cerca de lo que pensamos: en nuestra propia familia, en nuestro trabajo, o – para quienes somos miembros de una congregación cristiana – sentado en los bancos de la iglesia. Y tal vez no lo sabemos; o no nos interesamos en saberlo, para extenderle la mano; o, y que Dios nos libre, lo sabemos y no hacemos nada para ayudarle.

Numerosos pasajes de la Biblia nos aconsejan no cerrar los ojos a esta realidad que puede estar ahí, cerca nuestro: “de hacer bien y de la ayuda mutua no se olviden; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:16); “No digas a tu prójimo: anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle” (Proverbios 3:28); “el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17); y por supuesto, es imposible olvidar palabras Jesús al respecto, cuando anuncia el juicio de las naciones: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recogieron; estuve desnudo, y me cubrieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a mí” (Mateo 25:34 – 36). Sin embargo, pese a todos los pasajes bíblicos referidos, vamos a repetir la pregunta: ¿Quiénes son los necesitados a quienes beneficiaremos con el fruto de nuestro trabajo? Ayudar a los menesterosos en sus necesidades es una forma de hacer el bien. Quién discutiría eso. Alimentar al hambriento, vestir al desnudo, darle un techo al pobre, cuidar al enfermo, son acciones que entran en el concepto genérico de hacer el bien al prójimo. Un refrán popular muy conocido, que seguramente todos hemos oído desde niños, dice Haz el bien sin mirar a quién. Según este refrán, debemos tender la mano y dar nuestra ayuda a todos por igual, sin discriminación de ningún tipo – ni raza, ni credo, ni posición social y económica, ni ningún otro tipo de distinción – y tampoco debe guiar nuestro accionar a favor de otros la posibilidad de esos otros de agradecernos o recompensarnos por la ayuda que les brindemos. Así dice, por ejemplo, un sitio web de esos que hablan de cosas positivas sin meter moral o religión en el medio, sobre el referido refrán: “es un proverbio popular que significa que no se necesita de aprobaciones ni de comparaciones para hacer el bien.

Haz el bien sin mirar a quién también tiene la connotación de que el bien se hace siempre de forma desinteresada”3. Sin embargo, en este artículo se agrega algo interesante: “El origen de este proverbio es muy difícil de determinar como todo lo que ha sido transmitido por tradición oral. Se insinúa que el proverbio “haz el bien sin mirar a quién” tenga su origen en la Biblia. Hay muchos versículos de la Biblia que pueden ser interpretados de esa manera, pero no aparece en ningún lugar la frase de forma literal. El versículo con el significado más parecido es el de Proverbios, 3:27, que dice: No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo”3. Efectivamente, Proverbios 3:27 recomienda hacer el bien, pero a quien es debido; es curioso, porque a mí por lo menos siempre me pareció que el versículo bíblico se contrapone con el refrán popular.

En otras palabras, hacer el bien a cualquiera, no; sí hacerle el bien a quién es debido. Esta es una expresión bíblica bastante enigmática, porque parece significar que hay personas a las cuales no es debido – adecuado, conveniente, incluso bueno – hacerles el bien. Suena realmente raro que la Biblia diga que puede haber personas a las que no es bueno ni apropiado hacerles el bien. ¿Cómo se entiende esto?

Vamos a volver al tema de ayudar a los necesitados, enfocándolo en puntos concretos como alimentar a quien no tiene para comer, o vestir a quien no puede comprarse ropa, porque es pobre. A propósito de esta visión del tema, muy actual, dos anécdotas breves. Una me la contó un amigo y hermano en la fe, empresario en Montevideo, hace muchos años. En una oportunidad se le acercó al auto un indigente a pedirle dinero para comprar comida. Este amigo se puso a conversar con él, le preguntó las causas de su condición, y le dijo que estaba dispuesto a darle trabajo en su empresa. Lo citó para el día siguiente a una hora concreta de la mañana, le dio dinero para comprar comida, y también para el ómnibus, de modo que llegara a la cita. El hombre nunca fue. La segunda, ya referida cuando hicimos la columna Marginalidad y pobreza, sobre una mujer limosnera que siempre pasaba por nuestro barrio con todos sus niños chicos atrás, mendigando entre los vecinos, a la que mi esposa siempre daba algo, y con la que un día se puso a conversar, preguntándole por qué, siendo joven y vigorosa como era, no iba a buscar trabajo, a lo que la señora adujo que para qué iba a trabajar, si con lo que le daba la gente le alcanzaba para vivir.

Y ahora vamos a referirnos a un pasaje bíblico muy significativo que echa algo de luz sobre esto, 2 Tesalonicenses 3:10 – 12: “cuando estábamos con ustedes les ordenábamos esto: si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre ustedes andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan”. Parece que los cristianos de Tesalónica tenían un problema de NINIs; personas que NI trabajaban, NI hacían nada para ganarse la vida, pero sí andaban “entremetiéndose en lo ajeno”; tal vez, comiendo de arriba en la casa de sus familiares o hermanos de la iglesia, o cayendo como peludo de regalo para pasar unos días en la casa de algún creyente, o quizás incluso hasta robando. Al menos a esos, como eran cristianos, Pablo les podía ordenar, como lo hizo, que fueran a ganarse su pan trabajando. Hoy en día, el asistencialismo estatal, con dinero de los impuestos de todos, se encarga de “ayudar” a estos “necesitados”.

Pero parece que fracasa en el desarrollo de hábitos de trabajo en estas personas; en enseñar a esos necesitados a valorar el esfuerzo personal en pro de la superación, en enseñarles cómo salir de la situación de necesidad material. “Para qué trabajar” – parece escucharse – “si con lo que me dan (mis padres, las ONG, el Estado) me da para vivir”; y si a eso agregamos que, para muchos, el “vivir de arriba” parece evidencia de “viveza criolla”, de ser flor de vivo, eso puede redundar en un profundo desánimo para todos aquellos que se esfuerzan en trabajar, y de cuyos salarios se saca para darle a aquellos que NI trabajan NI procuran superarse y lograr algo en la vida por sí mismos. Esto hace que uno se pregunte, ayudar al necesitado, sí, pero, ¿mantener al necesitado?

Nuestra visión debe ser ayudar a los necesitados: ayudarlos en sus necesidades básicas insatisfechas, y también ayudarlos a encaminar su vida – en la medida que a cada uno sea posible – para superar su condición de padecimiento de necesidades materiales básicas mediante el desarrollo de hábitos de trabajo, y de la valoración del esfuerzo personal, para así valerse por sí mismos – se reitera, en la medida en que a cada uno sea posible – para ser útiles, a su familia y a la comunidad. Y ayudarlos a no conformarse y simplemente recibir, como dijimos en oportunidad de hablar sobre el derecho a la propiedad privada, esperanzados en un asistencialismo estatal – o privado, agregaríamos ahora – asistencialismo con el cual se conforman, y que los perpetúa en su condición. El servicio voluntario de misericordia para con los menesterosos no debe detenerse. La caridad cristiana como testimonio del amor de Dios y del Espíritu de Jesucristo debe continuar. Pero debemos administrar sabiamente los recursos disponibles – que en muchas de nuestras iglesias, no son ilimitados – para cumplir las recomendaciones bíblicas: acordarse de los pobres, ayudar a los necesitados, hacer el bien a quien es debido.

1) King Jewett P. Comunismo. Diccionario de Historia de la Iglesia. Nashville, USA: Editorial Caribe; 1989; Pág. 265.
2) op. cit. Pág 264.
3) www.significados.com/haz-el-bien-sin-mirar-a-quien/

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *