Alcanzar la bendición

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Por: Ps. Graciela Gares*

Si nos preguntaran cuál ha sido la palabra o término más usado en los medios en este año 2020 que finaliza, fácilmente nos inclinaríamos a pensar en pandemia o coronavirus. Hay quienes llevan el ranking de términos más usados y nos sorprendió saber que el término que más se repitió en alguna de las plataformas sociales este ciclo que finaliza ha sido “ser bendecido”, mencionado más de 200.000 veces, algo no esperable en nuestra cultura cada vez más agnóstica o indiferente a Dios. ¿Cuántas veces en el año le hemos deseado la bendición divina a alguien?

Hoy se ha popularizado la expresión “Dios te bendiga”, frase nacida en el mundo cristiano. Ha salido del ámbito eclesiástico y aún la pronuncian los vendedores ambulantes que quieren ganarse el favor de potenciales compradores de la mercadería que ofrecen. Podríamos decir que se ha desacralizado y banalizado. Se ofrece como algo gratuito y barato que se regala a quien quiera. No era así en la antigüedad, sino que la bendición divina seguía a determinada conducta aprobada y esperada por Dios.

¿Qué es ser bendecido? ¿Es lo mismo que ser objeto de la misericordia de Dios? El texto bíblico parece indicarnos que todos somos objeto de la misericordia de Dios, más no todos alcanzan Su bendición. La misericordia de Dios es universal, unilateral y gratuita, pero la bendición sería condicional.

Todos los habitantes del planeta, sin excepción, gozamos de las manifestaciones de la bondad inmerecida de Dios:

“….vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mateo 5:45)

“El da a todos vida y aliento” (Hechos 17:25) “el aliento del Todopoderoso me da vida”. (Job 33:4)  

“Sus misericordias jamás terminan. Grande es su fidelidad; sus misericordias son nuevas cada mañana.” (Lamentaciones 3: 22 – 23)

Ser alcanzado por la misericordia de Dios no requiere esfuerzo alguno de nuestra parte, pues es una expresión de su naturaleza amorosa. Él nos ama pues es la encarnación misma del amor. Le nace amar a sus criaturas aunque éstas no lo merezcan.

En Navidad celebramos que Dios desplegó su mayor manifestación de gracia o misericordia inmerecida a todos los habitantes del planeta, al hacerse hombre para cargar con el castigo que merecíamos nosotros por contravenir sus leyes.

Dios quiso dar el primer paso para re-establecer la comunión con sus criaturas rebeldes y ofrecerles salvación, tomando para sí y haciéndose cargo del castigo que inexorablemente caería sobre nuestras almas pecadoras. Por eso, cada nueva Navidad no nos cansamos de agradecer la buena voluntad de Dios para con los hombres y su favor inmerecido.

Su bendición, en cambio, es condicional. Las bendiciones son buenos deseos o deseos benignos dirigidos hacia una persona. En general, son impartidos por alguien que ostenta cierta ascendencia sobre el destinatario del deseo. Nos agrada recibir la bendición de un líder religioso, un pastor, un sacerdote o cura – en tiendas del catolicismo -, o del mismo Papa. En la esfera cotidiana, la bendición de un padre.

Asimismo, solemos invocar la bendición divina sobre personas de nuestro mismo rango a quienes apreciamos. En la cultura judía, los padres antes de morir solían bendecir a sus hijos, en particular al primogénito, deseándole prosperidad de diversa índole. También los líderes religiosos como Moisés o Aarón bendijeron a su pueblo. Quien bendecía invocaba a un poder superior, divino, para que se cumplieran las intenciones contenidas en la bendición.

Los judíos tienen el término “shemá” para referirse a la bendición sacerdotal destinada al pueblo. Dios le había dicho a Moisés: “Diles a Aarón y a sus hijos que cuando bendigan a los israelitas lo hagan de esta manera: Que el Señor te bendiga y te proteja; que el Señor te mire con agrado y te muestre su bondad; que el Señor te mire con amor y te conceda la paz” (Números 6: 23 – 26). Otra traducción lo expresa así: “Haga el Señor que resplandezca en vosotros la luz de su divino rostro y compadeciéndose de vuestra suerte os vuelva sus ojos compasivos y os conceda su paz.”

Entre los beneficios de esta  bendición incluida en  la torá judía, no se menciona lograr mayores ganancias, casarse bien, o graduarse de doctor o ingeniero. Tales beneficios los puede alcanzar cualquier individuo sobre  la tierra, producto o resultado de la misericordia de Dios, independientemente de su actitud de fe o no hacia el Creador. Pero no significa que el contenido de una bendición no pueda aludir a la prosperidad en el plano material o espiritual, personal, familiar o de una nación.

Ser bendecido es disfrutar el expreso favor de Dios, de su mirada benévola. Ya de antaño, el corazón de Dios se proponía bendecirnos a los que nos arrepintiéramos de nuestras maldades y como Abraham confiáramos nuestra suerte eterna al sacrificio de Cristo. “En ti serán benditas todas las familias de la tierra”, le prometió el Señor a Abraham, honrando así su fe.

Muchos versículos de las Sagradas Escrituras nos hacen pensar que nuestro Hacedor  prometió que su bendición alcanzaría a quienes le obedecieran, y su maldición recaería sobre los rebeldes a sus leyes, leyes nacidas en el corazón amoroso de Dios para proteger a sus criaturas.

Cuando el patriarca Jacob antes de morir bendijo a cada uno de sus hijos (Génesis 49), tuvo muy en cuenta la conducta de vida de cada uno de ellos. No le dijo lo mismo a José  que a Rubén, Simeón o a Leví. De José dijo:

“José es como una planta junto al agua, que produce mucho fruto y sus ramas trepan sobre el muro. ¡Gracias al Dios de tu padre, que te ayudará; al Dios Todopoderoso que te bendecirá con las bendiciones de lo alto del cielo! ¡Con las bendiciones del mar profundo! (Génesis 49: 22 -25).

Pero a Rubén le dijo: “Tú Rubén eres mi hijo mayor, mi fuerza y primer fruto de mi vigor, el primero en honor y en poder. Pero ya no serás el primero, porque eres como un torrente incontenible: pues deshonraste mi cama al acostarte con mi concubina” (Génesis 49: 3 -4).

Para el patriarca Jacob el beneficio de la bendición demandaba integridad de vida. De igual modo, luego que el pueblo de Israel tomó posesión de la tierra prometida, Dios de inmediato relacionó la promesa de bendición a la obediencia a sus normas.

“Si obedeces al Señor tu Dios, todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te acompañarán siempre: Bendito serás en la ciudad, y bendito en el campo. Benditos serán el fruto de tu vientre, tus cosechas, las crías de tu ganado, los terneritos de tus manadas y los corderitos de tus rebaños. Benditas serán tu canasta y tu mesa de amasar. Bendito serás en el hogar, y bendito en el camino. El Señor te concederá la victoria sobre tus enemigos. Avanzarán contra ti en perfecta formación, pero huirán en desbandada. El Señor bendecirá tus graneros, y todo el trabajo de tus manos” (Deuteronomio 28:2 -8).

Por su parte, la maldición fue presentada como consecuencia de la desobediencia. “Pero si no obedeces al Señor tu Dios, ni pones en práctica todos sus mandamientos y leyes que yo te he ordenado hoy… Maldito serás en la ciudad, y maldito en el campo. Malditas serán tu canasta y tu mesa de amasar. Malditos serán el fruto de tu vientre, tus cosechas, los terneritos de tus manadas y los corderitos de tus rebaños. Maldito serás en el hogar, y maldito en el camino. El Señor enviará contra ti maldición, confusión y fracaso en toda la obra de tus manos, hasta que en un abrir y cerrar de ojos quedes arruinado y exterminado por tu mala conducta y por haberme abandonado.”

De estos textos  bíblicos parece evidente que la bendición y la maldición no son eventos gratuitos en nuestra vida sino resultado de nuestro andar. Un ejemplo muy triste de un desobediente que dejó de gozar del favor o bendición de Dios fue el de Saúl, el primer rey de Israel. Él seguía en su palacio, en su trono, rodeado de las riquezas propias de la realeza pero Dios le había vuelto el rostro:  “…Estoy muy angustiado pues…Dios me ha abandonado. No me responde ya ni por medio de los profetas ni por sueños” (1 Samuel 28:14).  

Mientras la misericordia divina es gratuita, la bendición demanda un esfuerzo intencional de nuestra parte. Un esfuerzo de obediencia y de fe. Dios hizo a Abraham padre de muchas naciones a cambio de su fe, una fe que le demandó salir de la tierra de su parentela sin saber adónde iba, aceptar desprenderse de su hijo si Dios se lo pedía, etc. La bendición siguió a su obediencia. “Más serviréis al Señor vuestro Dios, y Él bendecirá tu pan y tu agua; y yo quitaré las enfermedades de en medio de ti” (Éxodo 23.25).

¿Qué bendiciones anhelamos el 2021 para nosotros y nuestro pueblo? Quizá nuestro primer ruego sea que el Altísimo sane pronto nuestra tierra, de virus, de violencias, de corrupción. ¿Y qué demanda Dios de nosotros para accionar su bendición a nuestro favor? Justicia, rectitud, obediencia a sus leyes, misericordia con el que sufre o el extranjero y una vida íntegra. Un buen propósito para el año pronto comienza, ojalá sea esforzarnos por perseguir y alcanzar la bendición de Dios, esa bendición que nos enriquece, y no trae tristeza añadida. (Proverbios 10:22).

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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