El carpintero justo

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Un actor de reparto en la historia de Navidad.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Hace unos años dedicamos una reflexión a la otra protagonista de la Navidad, María la madre de Jesús, y comentamos sobre el lugar que ella tiene en la historia bíblica, y el que le ha dado el catolicismo a lo largo del tiempo, aunque sin fundamento bíblico. En esa oportunidad mencionamos a un actor de reparto de esa historia sublime del Nacimiento, uno que fue el menos importante, aunque fue importante, y quien pareció aceptar con humildad el lugar secundario que le tocó ocupar, bien que su papel fue lo suficientemente trascendente para que dos mil años después su nombre y su recuerdo aún estén presentes: José, el carpintero de Nazaret, “marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo” (Mateo 1:16).

El evangelio de Mateo es el que más nos habla de este hombre, al que hoy en día llamaríamos el padre adoptivo de Jesús; una referencia de este evangelio nos informa acerca de su oficio, con el cual se ganaba la vida y alimentaba a su familia en Nazaret. Cuando Jesús ya había comenzado su ministerio público, en una oportunidad visitó la aldea en la que se había criado, y sus antiguos vecinos, asombrados por su sabiduría y sus milagros, se preguntaron unos a otros: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13:55a). Estas personas siguieron formulándose preguntas sobre la familia de ese que veían transformado en un maestro y hacedor de maravillas, diciendo lo siguiente: “¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros?” (Mateo 13:55b, 56a). La alusión en tiempo presente a la madre y los hermanos de Jesús, y a la presencia de sus hermanas aún en Nazaret, sumada a la única referencia a José como que Jesús era considerado su hijo, orienta a creer – como se cree habitualmente – que para cuando el Señor comenzó su ministerio público, José ya había muerto. Sólo un pasaje bíblico pondría en entredicho esa opinión, el de Juan 6:42a, donde leemos: “Éste, ¿no es Jesús el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos?”; aunque la referencia a conocer a José no implica que él aún estuviera con vida. La virtual ausencia de otras alusiones a José en los evangelios, salvo en lo relativo al nacimiento e infancia de Jesús, y la inexistencia de referencias a él en el resto del Nuevo Testamento, abonan la opinión de que este hombre ya no estaba con vida cuando Jesús se manifestó al mundo.

Conforme pasó el tiempo y la predicación cristiana primitiva fue enrareciéndose con agregados de filosofía griega, y también con la influencia de religiones orientales y cultos paganos, diversas leyendas fueron sumándose a los dogmas de fe que se formaron y definieron durante los primeros cinco siglos del cristianismo. Ya en la edad media, cuando la pureza de la doctrina bíblica se diluyó en un caldo suculento de tradiciones, mitos y supersticiones, apareció todo un repertorio de hechos y personajes considerados sagrados por una cristiandad desvinculada de la Biblia. En este contexto, y habiendo sido María elevada a un sitial casi de adoración por la Iglesia, era inevitable que su esposo José adquiriera un lugar en la veneración popular, como hombre especialmente elegido, ungido, perfecto, y finalmente considerado santo por el catolicismo. Ya desde muy temprano en algunos evangelios apócrifos – es decir, escritos sobre la vida de Jesús que la Iglesia juzgó no inspirados por Dios – aparecieron referencias que presentaban a José como un hombre de unos noventa años, que se habría casado con María cuando ella tenía entre doce y catorce años de edad1. Este matrimonio de edades tan disímiles, que para nuestra mentalidad actual resulta tan aberrante, habría sido ideado por escritores primitivos para explicar y fundamentar el carácter “virginal” del amor entre José y María; y aunque fue desechado por los padres de la iglesia antigua, da testimonio de cómo la creencia en la virginidad perpetua de María estaba en plena formación. Entonces, aunque los teólogos de la iglesia antigua desecharon la noción de un José extremadamente anciano, sí favorecieron el dogma de la perpetua virginidad de María; una virginidad aceptada por ambos cónyuges. San Agustín de Hipona, por ejemplo, afirmó que José y María tenían la intención de mantenerse vírgenes1. Por supuesto, hasta el día de hoy, al mantenerse el dogma, el pensamiento católico lo propugna, y argumenta para hacerlo ver como algo muy positivo; para ejemplo, la siguiente cita: “San José y María Santísima… permanecieron vírgenes por razón de su privilegiada misión en relación a Jesús. La virginidad, como donación total a Dios, nunca es una carencia; abre las puertas para comunicar el amor divino en la forma mas pura y sublime”1.

El concepto de que este hombre fue elegido por Dios para ser el esposo de María y padre adoptivo de Jesús dio pie a la aparición de una devoción tributada también a José. Una devoción cuyo desarrollo se demoró varios siglos, pues durante los primeros cientos de años del cristianismo el pensamiento teológico puso énfasis en la paternidad divina de Jesús. Así, las primeras referencias a San José aparecen tan tardíamente como en el siglo IX d. C., y es en el año 1129 que aparece en Bologna la primera iglesia dedicada a este santo. La veneración a San José fue popularizada durante la edad media por personajes de renombre de la Iglesia medieval – hoy también integrantes del santoral católico – como San Bernardo y Santo Tomás de Aquino, entre otros1. Respecto de las virtudes, perfecciones y privilegios que el desarrollo del pensamiento religioso atribuyó a este hombre es ilustrativa la siguiente cita: “José es el símbolo de la prudencia, del silencio, de la generosidad, de la dignidad y de la aplicación en el trabajo; también lo es de los derechos y de los deberes respecto del trabajo. San José fue un auténtico obrero en el pleno sentido de la palabra, y el único hombre que compartió con el Hijo de Dios la tarea de todos los días”2. Los cristianos evangélicos podemos estar de acuerdo con la segunda parte de esta cita, extraída de otra fuente católica romana; sobre todo con la última parte, la que afirma que José fue el único hombre que compartió con Jesús la tarea de todos los días. Porque aunque Jesús tenía claro por lo menos desde los doce años de edad que José no era su verdadero padre (Lucas 2:49), para Él, José fue lo que hoy llamaríamos una figura paterna, la única que tuvo durante su infancia. En realidad, no sabemos si Jesús también fue carpintero, aunque esa sea una noción popular muy generalizada. Son recordables las escenas de la película La Pasión de Cristo, de 2004, en las que se ve a Jesús haciendo tareas de carpintería, e incluso inventando la mesa y silla modernas. Es una visión imaginativa, que podría tener una base de verdad; es decir, dado que Jesús se crio junto a un carpintero, es posible que durante sus años de infancia y juventud haya aprendido ese oficio. Como el Señor comenzó su ministerio público a los treinta años de edad, si Él no trabajó de carpintero, ha de haber hecho otra cosa. No es probable – y no sé de ningún teólogo que haya planteado – que Jesús de Nazaret haya pasado su vida hasta los treinta años sólo en oración, o mirando las flores y los pajaritos. Durante los tres años de su ministerio público sus propios hermanos no creían en Él (Juan 7:5), pero jamás se vislumbra un reproche, en el sentido de que Jesús se hubiera pasado la vida sin hacer nada. En suma, nunca se dijo que Jesús de Nazaret, hasta los treinta años, haya sido un NINI, así que está dentro de lo posible que haya aprendido carpintería con José.

En cuanto al carácter de obrero de José, efectivamente este hombre es recordado e invocado como San José Obrero por el catolicismo, como se ve en la siguiente cita, extraída también de una fuente católica romana que enuncia acerca de él: “San José Obrero, el carpintero de Nazaret… con su laboriosidad proveyó la subsistencia de María y de Jesús e inició al Hijo de Dios en los trabajos de los hombres”3. Ahora, qué José fue un auténtico obrero en el pleno sentido de la palabra también se asume, porque la Biblia no lo dice con tanto detalle. A propósito de esto cabe recordar que José era un hombre pobre, que vivía en una aldea pequeña y pobre como era la Nazaret del siglo I, así que sí, fue un obrero, y seguramente debió trabajar muy duro para mantener a su familia. Es que no tenía más remedio. Ahora, en cuanto a las virtudes de José que menciona la anterior fuente católica: prudencia, silencio, generosidad, dignidad y aplicación en el trabajo, ¿de dónde salen, y cómo pueden ser conocidas así por quienes le veneran? Bueno, para descubrir el verdadero carácter espiritual de José debemos acudir al evangelio de Mateo, y ver qué es lo que las Escrituras nos dicen de este hombre; sobre todo, de su actitud y su conducta durante su fugaz momento de protagonismo, cuando fue actor de reparto en la historia de la primera Navidad.

El pasaje bíblico al que nos referimos es el de Mateo 1:18 – 25, donde leemos: “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando comprometida María, su madre, con José, antes que vivieran juntos se halló que había concebido del Espíritu Santo. José, su marido, como era justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Pensando él en esto, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta: «Una virgen concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrás por nombre Emanuel» (que significa: «Dios con nosotros»). Cuando despertó José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito, y le puso por nombre Jesús”
. La historia parece el argumento de una película, o hasta de una telenovela, pero es una situación que debe haberse repetido infinidad de veces en la historia: el descubrimiento, por parte de un hombre comprometido en casamiento con una joven, de que su prometida está embarazada de otro hombre; dependiendo del carácter y personalidad del novio traicionado, las reacciones a esto podían ir, desde una ruptura silenciosa para guardar las apariencias, a un escándalo público o incluso hasta hechos de violencia. En el caso de José y María en la Nazaret del siglo I, a la evidente infidelidad cometida por la mujer se unía una segunda causa de vergüenza pública – y esto en un pueblo chico – como era la fornicación. La fornicación – sexo sin compromiso matrimonial formalizado – que en la época actual es tan común y aceptado por la gente en general – no por los cristianos apegados a la Biblia – en la época que estamos considerando era causa de desprecio, ignominia y repudio, no sólo por parte del hombre traicionado, sino también por la propia familia de la mujer fornicaria. En el Israel del siglo I, para una joven soltera el ser descubierta en fornicación podía significar un exilio forzoso de la casa de su padre, quedando sola, sin padre ni marido, y en caso de no saber cómo ganarse la vida, su destino podía ser venderse como esclava, o terminar ejerciendo la prostitución. Y esto sin considerar el cumplimiento estricto de la Ley de Moisés, que imponía un castigo aún más severo sobre una joven fornicaria: la sentencia de muerte (Deuteronomio 22:20, 21); sentencia cuyo cumplimiento era estorbado por la presencia del dominador romano, y que más adelante Roma prohibiría por completo a los judíos.

Es seguro que José sabía todo esto. Cuando él descubrió el embarazo de María, no sabía que había “concebido del Espíritu Santo”, como lo expresa Mateo; por eso fue necesario que un ángel del Señor le revelara la verdadera naturaleza de ese embarazo. Antes de esa revelación, para José, María había fornicado y esa era la causa de su preñez. Es interesante notar que en una oportunidad – muchos años más tarde – los fariseos, enfrentados a Jesús en relación a su identidad y su filiación divina, exclamaron agresivamente: “¡Nosotros no hemos nacido de fornicación!” (Juan 8:41); con esta expresión los fariseos evidenciaron que daban por cierta una versión existente entre los enemigos de Jesús acerca de que Él no era en verdad hijo de José, sino que era fruto de una relación adúltera de María; una relación adúltera, porque ella habría cometido la infidelidad estando ya prometida con José. De hecho, posteriormente aparecerían en el Talmud, un cuerpo de escritos judíos compilados algunos siglos después de Cristo, alusiones a Jesús de Nazaret como Jesús Ben Pandera, o Ben Pantera4, es decir, Jesús hijo de Pantera. Este Pantera habría sido Tiberio Julio Abdes Pantera, un soldado romano con el que María habría fornicado, quedando así embarazada de su primer hijo5. En concreto, lo que es evidente es cuanta incertidumbre y zozobra ha de haber embargado a José, cuando descubrió lo que sucedía con María. Este  hombre debe haberse creído traicionado por su joven prometida, lo que era más humillante aún por tratarse de una cultura machista y patriarcal. Pero esa cultura habilitaba la vindicación de su dignidad mediante el repudio y la vergüenza pública de la mujer infiel. Sin embargo, y esto es algo que revela un poco del carácter especial de José, se nos dice que él no quería infamarla, es decir y volviendo a Deuteronomio 22, no quería esparcir mala fama sobre una virgen de Israel (v. 19). En otras palabras José, que planeó dejarla secretamente – es decir, no sólo romper el compromiso sino tal vez hasta hacer las valijas durante la noche y desaparecer – no planificó eso para no exponerse a la vergüenza pública ante sus familiares, amigos y vecinos, como hombre engañado, sino para no someterla a ella a la vergüenza y el repudio de todos. Aquí hay sólo una explicación como la más probable para esta actitud: José amaba a María, y la seguía amando, a pesar de creer que ella lo había traicionado.

El texto bíblico dice que José era “justo”, y une el carácter justo de este hombre al no querer infamarla; eso resulta muy llamativo, y ofrece una clave para entender en qué consistía eso de que él era justo. Porque si ser justo hubiera significado – en este caso – que él simplemente se apegara a cumplir la ley, en vez de abandonarla en secreto, él tenía todo el derecho de exponerla a la humillación pública (de acuerdo a las leyes vigentes en esa época). Pero José ni siquiera tuvo la intención de hacer eso. Entonces, es legítimo suponer que José era “justo” pero en un sentido más elevado; un sentido que se vincula con el amor que él tenía por su joven prometida. Él sabía cuál era el castigo que le correspondería a María por su supuesto pecado, pero su amor lo impulsó a una solución alternativa que librara del castigo a aquella a quien él amaba. Si José se iba para siempre de Nazaret, quedaría ante la familia de María – y ante todos sus vecinos – como el hombre que había engañado a una joven, comprometiéndose con ella sólo para embarazarla y luego abandonarla, rompiendo su promesa. José, por lo tanto, estaba dispuesto a llevar la mala fama y la ignominia que le correspondía a María, y estaba dispuesto a hacerlo por amor. De esta manera, José de Nazaret se estaba adelantando a la historia de la redención, prefigurando la obra que sería consumada por aquel que su prometida llevaba en el vientre.

Jesús de Nazaret dijo en una oportunidad: “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16); y el apóstol Pablo escribió: “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). La historia de la Navidad es una historia de amor y redención, y es sorprendente descubrir que esa maravillosa obra de Dios ya estaba presente en la actitud y el carácter del participante más humilde de esa historia; el hombre que creyó los mensajes de Dios que le llegaron por medio de un ángel, y obedeció sin pronunciar palabra – la Biblia no registra ninguna palabra de José – y que no vivió para ver el cumplimiento de aquello que le había sido anunciado.

Así José, el carpintero justo, se transformó en una figura bíblica de humildad, ternura, obediencia y fe. Y pese a ser apenas un actor de reparto en la historia de la primera Navidad, mostró en sí mismo que la Navidad es amor, perdón y salvación para todos.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1) www.corazones.org/santos/jose_san/jose_historia.htm

2) https://www.ewtn.com/spanish/Saints/José_obrero.htm

3) es.catholic.net/op/articulos/31970/jos-obrerosanto.html

4) McDowell, J. Jesús, un hombre de la historia. En Evidencia que exige un veredicto. Editorial Vida. Miami, 1982; pág. 87.

5) quienesjesucristo.blogspot.com › … › Herejías › Jesús › Judaísmo › Yeshú

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