Desde que el mundo cambió

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Libertad y responsabilidad
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Por: Dr. Alvaro Pandiani*

Hace aproximadamente un año comenzamos nuestra temporada número 14 con dos programas sobre un fenómeno nuevo, que en ese momento acababa de instalarse en nuestro país, y que despertaba por aquellos días el temor, la incertidumbre y la expectación de todos: la pandemia provocada por el nuevo coronavirus, cuyos primeros casos se habían reportado apenas once días antes de la emisión de la primera de aquellas columnas. Fueron los únicos programas de Diálogos a Contramano grabados en 2020, y al finalizar el segundo, el 31 de marzo, hice la aclaración de que no estaría durante bastante tiempo, debido a mi profesión y al trabajo que enfrentábamos todos los profesionales de la salud. Ese tiempo se prolongó por un año, y si bien la situación actual motivada por la pandemia de COVID-19 sigue generando incertidumbre y temor, las cosas están un poquito más claras, se sabe bastante más, y la vacunación ha comenzado, trayendo grandes esperanzas a muchas personas, aunque reparos a muchas otras; pero, lamentablemente, la cantidad de contagios, personas enfermas, enfermos que evolucionan al estado crítico y requieren asistencia en unidades de cuidados intensivos, y también el número de muertes, se han disparado, haciendo temer actualmente la saturación y el colapso del sistema de salud, como ya ha sucedido en otros países afectados por esta nueva enfermedad. Personalmente puedo decir que el nivel de estrés al que estamos actualmente sometidos los integrantes del personal de salud es muy alto, debido a la elevada exposición al contagio, la sobrecarga de trabajo –provocada tanto por el aumento de pacientes como por la merma en el personal a causa de las cuarentenas, y de los muchos que ya han caído enfermos– también por los reclamos de los pacientes no COVID, cuya asistencia se ha visto resentida debido a los cambios en las modalidades de asistencia –cada vez que se ha querido regresar a la presencialidad, a que el paciente “vea a su médico”, se ha tenido que retroceder nuevamente para privilegiar la modalidad telefónica– y también por el riesgo cotidiano; porque, en cualquier momento, puede llegar una llamada telefónica avisándonos que tuvimos un contacto de riesgo con un paciente positivo confirmado, lo que obligaría a una cuarentena, con realización de hisopado, para luego aguardar el resultado, con la consiguiente preocupación no sólo por la salud personal, sino también de la familia. Por supuesto, esto último le sucede a cualquier ciudadano; pero lo dicho, el personal de salud está entre los colectivos más expuestos.

El slogan “quedate en casa”, que hace un año se entendía, en líneas generales, como confinamiento o cuarentena, fue actualizado a “quedate en tu burbuja”, y sigue siendo una de las recomendaciones para tratar de detener el avance del virus. Definida como “un grupo que se conecta muy poco con otros grupos”1, por el Grupo Asesor Científico Honorario del gobierno, eso de la “burbuja” se refiere a las personas que vemos en el trabajo, los centros de estudio, los clubes sociales, o la propia familia; deberíamos añadir, las iglesias, porque como burbuja existen, y en lo que va de pandemia el gobierno se acordó de las mismas dos veces, para cerrarlas. Desafortunadamente, tras los primeros meses de pandemia en nuestro país, meses de temor, de incertidumbre, de miedo, en algunas personas hasta de pánico, tal vez alentados porque la fase exponencial no llegaba, porque la cosa no parecía tan grave como se decía, porque en la región y más allá se veía al Uruguay como un ejemplo, la prevención fracasó. El miedo y el pánico se cambiaron en confianza y despreocupación. Parece increíble, pero sigue siendo una constante eso de que no aprendemos de los errores –ni propios ni ajenos– ni tampoco escuchamos consejos; eso es prácticamente una característica de la naturaleza humana. Las aglomeraciones, las fiestas clandestinas, incluso marchas multitudinarias –que por tener claras vinculaciones políticas no pueden ser criticadas– se asociaron notoriamente en el tiempo con un progresivo paso a la fase exponencial. Y debemos entender algo: es verdad que la COVID-19 tiene baja mortalidad, y que la evolución de la enfermedad a una fase de gravedad crítica, que requiere cuidados intensivos, es también baja, menor del cinco por ciento. Pero si la cantidad de enfermos sigue aumentando, seguirá aumentando el número de enfermos críticos, y seguirán aumentando las muertes. Como ha sucedido en otros países, es una carrera contra el tiempo hacia el colapso de los servicios de salud. Colapso no sólo en el número de camas, o en la cantidad y disponibilidad de insumos médicos para la asistencia; colapso también en los recursos humanos, en el número de médicos, personal de enfermería y técnicos, y en la capacidad física, intelectual y emocional para seguir atendiendo.

Actualmente, las grandes estrellas del momento, en cuanto a medidas para combatir la pandemia proporcionadas por la industria farmacéutica, son las vacunas. Pero también las vacunas han inspirado cierta suspicacia, por la rapidez con que fueron desarrolladas. Si bien el tiempo de desarrollo de una vacuna potencialmente efectiva es de alrededor de dieciocho meses, las principales vacunas desarrolladas por la industria biotecnológica comenzaron a aplicarse en los países del primer mundo en diciembre pasado; es decir, aproximadamente un año después de la aparición de este nuevo coronavirus. Las vacunas que más han despertado reacciones de desconfianza, las cuales han circulado ampliamente por redes sociales, son las basadas en ácidos nucleicos. La vacuna de Pfizer, que se está administrando al personal de salud y población añosa, es una vacuna de ARN.

Personalmente he visto circular masivamente por internet el argumento de que estas vacunas, al introducir ADN extraño en las células humanas, altera el genoma de nuestras células, llevando a la aparición de cáncer y enfermedades autoinmunes. Es verdad que las vacunas basadas en ácidos nucleicos son un nuevo tipo de vacunas, y que un informe del grupo de la Comisión Nacional Asesora de Vacunaciones, creado específicamente para estudiar el tema, dice que estas vacunas tienen “pocos datos de seguridad en grandes poblaciones”2. Es que, básicamente, en ciencias biomédicas, las cosas se demuestran cuando se estudian en grandes poblaciones. También es cierto que se trata de vacunas experimentales, por la rapidez con que fueron desarrolladas, y que fueron aprobadas para “su uso de emergencia”2 en varios países. Pero de ahí a afirmar impunemente que se trata de un experimento, o de terapia genética, o que van a cambiar el ADN de las personas con funestos resultados para la salud, parece un disparate. Cabría recordar algo básico de la virología; cuando un virus infecta nuestras células, logra empalmar su información genética en nuestro ADN, para reproducirse. Cuando esto sucede, la célula infectada –con su ADN “alterado”– es destruida por los propios virus al liberarse, o por el sistema inmune de la persona. De la gran cantidad de virus que pueden infectarnos, hasta ahora sólo entre cinco y siete se han relacionado concretamente al desarrollo de cáncer. De todas formas, los virus siguen siendo los favoritos para invocar como el factor ambiental que, en una persona genéticamente predispuesta, desencadena el desarrollo de diversas enfermedades, tales como cáncer, diabetes, o enfermedades autoinmunes. El detalle, volviendo a la vacuna, es que la inoculación de ácidos nucleicos, sin los mecanismos proteicos que tienen los virus para invadir la célula y ponerla a trabajar a su servicio, funciona como un estimulante para el sistema inmune; en el futuro de la persona vacunada, si el virus ingresa en su cuerpo, el sistema inmune lo reconocerá y reaccionará con más rapidez y energía para eliminarlo. Ese es, en definitiva, el mecanismo de acción básico de las vacunas.

Entonces, ¿qué hacer?, ¿a quién escuchar? No a los negacionistas, ni a los alarmistas, ni a los teóricos de la conspiración que pululan por internet, esgrimiendo teorías de todo tipo y sobre todo tipo de temas; teorías que no pueden probar, porque los teóricos de la conspiración ni siquiera investigan, sólo hablan. Como dijimos hace un año, lo más saludable es mantenerse atentos, escuchando y siguiendo las recomendaciones de las autoridades de salud.

Antes de terminar, unas breves consideraciones desde la óptica cristiana. Ya dijimos que el gobierno incluyó en dos oportunidades a las iglesias, a las instituciones religiosas en general, en los paquetes de medidas que tomó ante la pandemia. La primera fue al inicio, en marzo de 2020, cuando el cierre general de toda actividad no esencial incluyó el cese de actividades grupales de las congregaciones religiosas. La segunda vez fue a mediados de diciembre pasado, cuando ya estábamos en la fase de crecimiento exponencial de la curva de contagios. El cierre de actividades religiosas de diciembre, apenas a una semana de la navidad, cayó bastante mal; a mí me cayó mal. No parecía tener sentido alguno suspender las reuniones de las congregaciones religiosas, y mantener abiertos centros comerciales y gimnasios, más allá del aspecto puramente económico; aspecto por supuesto que importante, pero que hacía más enojoso que, en una fecha tan particular, se cancelaran las actividades de las iglesias, lugares donde se enseña y aconseja a los fieles que deben cumplir con las disposiciones de las autoridades. Cabe anotar, en relación a esto, cómo en el paquete de medidas que el Presidente de la República anunció pocos días antes del inicio de la Semana Santa, no se tocó a las iglesias.

De cualquier manera, siguiendo con este tema, me parece excesiva la postura de un oyente de RTM que, en mayo del año pasado, habló de cobardía en las iglesias por haber cerrado sus puertas, trayendo a colación el ejemplo bíblico del profeta Daniel, que siguió orando a Dios, aun cuando el emperador babilónico había dado órdenes en contra. Parece evidente que no se puede comparar una situación de represión de las creencias religiosas, con medidas tomadas para enfrentar una pandemia que amenaza la salud pública y la vida de muchas personas. Esta clase de tonterías extremistas, que algunos llaman actos de fe, no le hacen bien ni a los creyentes, ni al testimonio de la iglesia cristiana.

Por supuesto, no cabe duda que el cierre de iglesias, por tres semanas durante las fiestas del pasado fin de año, pero fundamentalmente durante tres meses al inicio de la pandemia, generó daño espiritual en las congregaciones. Muchos creyentes han quedado por el camino; algunos, debido a su edad avanzada, por temor ya no volvieron, y otros, simplemente, no regresaron. Las actitudes pretendidamente súper-espirituales, que no sólo desafían las reglamentaciones del gobierno, sino que desafían el sentido común, no parecen ser ni la fórmula para enfrentar las consecuencias espirituales que está dejando la pandemia, ni mucho menos la solución. Continuar trasmitiendo el mensaje de Cristo con amor, paciencia y comprensión, y encarar el trabajo de reconstruir espiritualmente la iglesia, en pandemia y en la pos-pandemia, impresiona como el camino más adecuado, y que rendirá más frutos.

1) https://www.elpais.com.uy/informacion/salud/son-burbujas-sociales-dice-gach-debe-respecto.html

2) Informe Vacunas contra SARS-CoV-2 COVID 19. Aportes para la consideración de su uso en Uruguay – Grupo ad – hoc a la Comisión Nacional Asesora de Vacunaciones. MSP, UdelaR, GACH.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 h por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, fue profesor universitario y ejerce el pastorado en una iglesia evangélica en Montevideo.

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