Niños “mochila”

Los límites de nuestra entrega
6 julio 2021
Francisco de Goya
6 julio 2021

Por: Ps. Graciela Gares*

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3:

En nuestro país celebramos el día del padre en el corriente mes de julio, y esta vez, en el contexto de una fuerte reivindicación de papás que reclaman la tenencia compartida de sus hijos, luego del divorcio o una separación. Mientras algunos varones (y aún madres) abandonan su hogar pensando en “re-hacer” sus vidas y optan por desaparecer definitivamente de la vida de sus descendientes, dejando atrás un matrimonio o concubinato fallido, muchos otros papás se están esforzando por sostener el vínculo de paternidad. ¡Y esto es muy reconfortante!!

Días atrás tuvo lugar una protesta ante la Suprema Corte de Justicia de Uruguay y algunos manifestantes lucían remeras con la leyenda: “No más hijos huérfanos de padres vivos. Tenencia compartida ya”. Los activistas a favor de la tenencia compartida de los hijos, promueven que el niño o el adolescente, luego de la separación o el divorcio de sus padres, permanezca con ambos el mismo tiempo, aproximadamente. “El sistema a implementar dependerá de cada caso: pueden ser bloques de 3 días, de 4, períodos de una semana, de 15 días y hasta de un día con cada padre” (extraído de la página de SOS Papá).

El Parlamento uruguayo tiene a estudio una iniciativa al respecto, la cual modificaría nuestro Código de la Niñez y Adolescencia, para habilitar la división del tiempo de los hijos entre los dos ex-cónyuges, lo cual podría ser decretado por un juez si no hubo acuerdo entre las partes. Hay voces a favor y en contra de tal iniciativa, pero ese no será el tema que nos ocupe hoy.

Quisiéramos centrar la atención en la peripecia de los niños que hoy tienen dos hogares: el materno y el paterno, a partir de la disolución del vínculo de pareja de sus progenitores. Se los ha denominado “niños mochila”, ya que cada fin de semana aprontan las pertenencias en su bolso para ir a pasar ciertos días con el progenitor que se fue del hogar. Sus juguetes, materiales de la escuela o ropas de abrigo se reparten entre los dos hogares para no tener que cargar tanto. Cada partida para ir a ver a su papá (si éste ya no convive con el hijo o hija) significa abandonar o dejar sola a su mamá. Y en general ésto les genera tristeza a los menores.

La alegría de volver a convivir temporalmente con su padre supone a veces hacerlo con los nuevos integrantes de la familia del papá, con quienes no tiene vínculo consanguíneo. Deberá compartir la atención paterna quizá con otro niño, hijo de la nueva pareja, y ello le recortará privilegios. Las reglas de juego cambian de un hogar a otro y esto perturbará el estilo de crianza para el menor. Cosas que eran permitidas en el hogar iniciado por ambos padres, ya no serán bien vistas en el nuevo hogar formado por alguno de estos progenitores.

Habrá tiempo de juego y risas, pero también de interrogatorios respecto al otro cónyuge y pedido de que le lleve tal o cual mensaje, poniendo al niño en el incómodo rol de mensajero entre padre y madre. Y aún puede recibir recomendaciones del estilo: “de esto no le digas nada a tu mamá o papá”. Llegando al final del tiempo de visita al progenitor que se alejó de la casa, de nuevo el hijo o hija preparará su mochila de pertenencias para volver a su hogar incompleto.

Ya en su hogar originario, los hijos/as suelen verse envueltos en un conflicto de lealtades, pues no quieren decirle a la mamá que pasaron bien con su papá (o viceversa), para no dañar los sentimientos de ninguno de los dos. Algunos ex cónyuges no llegan a acuerdos o frustran las visitas pactadas, argumentando que el niño/a está casualmente enfermo (sin estarlo). Se habla aún de denuncias falsas de violencia parental para poner fin a este contacto padre-hijos.

Creemos que no ha sido evaluado el grado de estrés al que se somete a los niños que deben frecuentar dos hogares, para mantener y disfrutar el vínculo con quienes les engendraron. Tristeza, frustración, ira, desconcierto, son algunos de los sentimientos que les invaden y suelen afectar su carácter y su comportamiento.

Tratándose de niños pequeños, pueden verificarse regresiones en el lenguaje o en el control de esfínteres, rabietas descontroladas o alteraciones del sueño. Los más grandecitos incurren a veces en tomar partido por uno de los dos padres, manipular la situación para obtener algún beneficio (¿por qué no me dejas hacer tal cosa si papá o mamá me dejan?), o culpar a sus padres por sus fracasos personales o académicos. La crisis de autoridad que suele constatarse en los hogares rotos, puede abonar el terreno para el involucramiento de los hijos en consumo de drogas legales o ilegales.

A la vista de estas consecuencias, viene a nuestra mente la sabia recomendación de Dios respecto al matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán uno solo” (Génesis 2:24), y “lo que Dios juntó no lo separe el hombre“(Mateo 19:6).

¡Cuántas lágrimas se evitarían si los humanos no fuésemos tan rebeldes a este dictamen del Creador de la familia humana!

El Interés Superior del niño

Esta frase que hoy día se escucha mucho en los Juzgados de Familia, ha sido tomada de la Convención Internacional de Derechos del Niño, a la cual Uruguay adhirió e incorporó a su Código de la Niñez y la Adolescencia. ¿Pero qué define y cómo debe interpretarse?

Los niños y niñas son personas, por más pequeños que sean, y por tanto, tienen derechos. Derecho a ser respetados, a que se suplan todas sus necesidades vitales, a disfrutar del contacto con ambos progenitores, independiente de la relación entre éstos, salvo casos en que la vida o la integridad del menor corra peligro. Los hijos tienen derecho a recibir amor incondicional en un ambiente tranquilo y armónico, en un hogar donde sus progenitores se amen y respeten. Esto les aporta seguridad y estabilidad emocional.

La ruptura de la relación parental siempre implicará sufrimiento para los hijos. Tendrán que elaboran un duelo y echarán de menos la unidad familiar. Esto no se compensa con regalos. Se sentirán inseguros y vulnerables. Temerán ser abandonados definitivamente por el cónyuge que se va. La mayoría de los hijos víctimas del divorcio consideran que no han sido tomados en cuenta en las separaciones. Algunos se sienten culpables de la desunión parental y tienen derecho a que se les aclare que ello fue una decisión exclusiva de sus mayores.

Para los hijos, el sufrimiento es de tal magnitud que suelen atravesar una fase de negación, actuando como si nada hubiera pasado. Así difieren (postergan) el sufrir. Otros intentan la negociación, pidiendo a sus padres que vuelvan a unirse.

La unión matrimonial no es descartable

Es un vínculo tan profundo entre dos almas, que cuando se intenta romper se produce un desgarro interior. Por su naturaleza, ha sido creado para que dure toda la vida de los contrayentes. Cuando se intenta la separación lo que se consigue es un falso espejismo, en el cual satanás promete volver a estar en paz, recuperar libertades, etc. pero no nos advierte los costos de tal ruptura: sueños rotos, hijos dañados emocionalmente, culpas, sensación de fracaso, pérdida de amistades antes compartidas en pareja, perjuicios económicos. Como remate, existe una trasmisión generacional del divorcio, por el cual los hijos quedan proclives a recorrer el mismo camino. Obviamente, dejamos expresamente fuera de este análisis los casos de violencia física, sexual o vínculos que pongan en riesgo la integridad de las personas.

La mayoría de las rupturas de pareja obedecen a la llamada “incompatibilidad de caracteres”, las viejas “riñas y disputas”, o simplemente la frase: “ya no nos amamos”. Muchos afirman que lo han intentado todo para mejorar la relación, pero sin éxito. Sucede que la unión matrimonial no es un invento humano. No es una construcción cultural; es un diseño divino. Dios fue el arquitecto de esta relación y nadie logra componerla como Él.

Todo vínculo que no funciona denuncia que hubo un apartamiento o desviación del modelo original, por ignorancia (carencia de modelos adecuados en la infancia) o voluntario (rebelión ante el ordenamiento divino). El divorcio no es solución pues la relación de pareja no es descartable. Dios puede y desea restaurarla y sanar el desgarro del corazón de los contrayentes.

La Biblia contiene múltiples ordenanzas para corregir el desajuste respecto al modelo original, que llevó a la pareja a la crisis actual. Establecer una relación personal de cada uno de los cónyuges con Dios debería ser el primer paso. Del manual de instrucciones de divino respecto a la relación de pareja seleccionamos algunas ordenanzas:

  • No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Génesis 2:18).
  • Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal, porque Dios juzgará a los adúlteros y a todos los que cometen inmoralidades” (Hebreos 13:4).
  • Esposas, sométanse a sus esposos, como conviene en el Señor. Esposos, amen a sus esposas y no sean duros con ellas” (Colosenses 3: 18 -19).
  • Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa… Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo” (Efesios 5: 25 – 26 – 28).
  • De igual manera, ustedes esposos, sean comprensivos en su vida conyugal, tratando cada uno a su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada, y ambos son herederos del grato don de la vida. Así nada estorbará las oraciones de ustedes” (1 Pedro 3:7).

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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