¿Expresas lo que sientes?

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Por: Ps. Graciela Gares*

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3:

Las emociones y sentimientos dan color a nuestra existencia. Cada día que vivimos está pautado por una actividad sensorial intensa. Es imposible estar vivos sin experimentar sentimientos. Ésta es una de las características con las que fuimos dotados al ser creados a imagen y semejanza de Dios, un Ser Superior que siente y nos expresa su sentir.

Se alegra: “el Señor tu Dios vive en medio de ti. Él es un poderoso salvador. Se deleitará en ti con alegría”. (Sofonías 3: 17) Ríe: “El que mora en los cielos se reirá” (Salmos 2: 4). Se conmovió: “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: Siento compasión de esta gente porque ya llevan tres días conmigo y no tienen nada que comer”. (Mateo 15: 32) Se complació: “Y Dios dijo: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. (Mateo 3: 17) Dios se enojó: “es un juez justo, un Dios que en todo tiempo manifiesta su enojo.” (Salmos 7: 11) Jesús se angustió y lloró viendo el duelo en la familia de Lázaro. (Juan 11:35, 38)


La existencia humana sería muy gris si no estuviera matizada de alegrías, tristezas, asombro, pena, regocijo, enojo, complacencia y un amplio abanico de sentires que incluyen también el temor, el fastidio, la compasión, la admiración, la vergüenza, el odio, etc. Seríamos como robots que ejecutan acciones pero no experimentan ni expresan ningún tipo de sensaciones. Dios nos hizo seres sensoriales y nos dotó de la capacidad para expresar sentimientos y emociones a través de las palabras, los gestos o las acciones. Podemos sonreír, reír, llorar, angustiarnos, saltar de alegría o temblar de susto o de miedo. Obviamente, que debemos dar a conocer nuestros afectos positivos o negativos con mesura, respeto y en el momento oportuno. En ocasiones, quizá debamos guardarlos dentro nuestro momentáneamente, pero no para siempre, pues reprimirlos de modo definitivo nos generaría daño. Pero algo que parece tan básico o natural puede bloquearse y generarnos problemas.


Existe un trastorno que es sufrido por al menos un 10 % de la población mundial, que es la alexitimia, e identifica la dificultad de darse cuenta o tomar conciencia de qué se está sintiendo y por ende no lograr expresarlo ni comunicarlo a los demás. Afecta mayoritariamente a varones, pero también lo hemos visto en mujeres. Quienes lo sufren son personas en apariencia indiferentes, frías, insensibles y difíciles de comprender por su entorno. Pero además, así como no logran tomar contacto con sus propios sentimientos, tampoco pueden interpretar los sentimientos ajenos. No entienden qué sienten sus familiares o amigos y por tanto no logran complacer lo que los demás esperan de ellos. Carecen de “inteligencia emocional”, es decir, no desarrollaron capacidad para gestionar con naturalidad y acierto sus emociones.


Suelen evitar las conversaciones personales, ya que en ellas se habla de lo que cada uno siente y ello les resulta incómodo y difícil. Pueden hablar de hechos vividos, ocultando o suprimiendo las emociones que experimentaron. Intentan explicarlo todo con pensamientos o ideas y aducen que no sintieron nada durante la experiencia vivida o si algo experimentaron, no logran identificar o dar un nombre al sentimiento asociado.


No tienen sentido del humor. Su conducta es desconcertante pues pueden estar en pareja pero afirmando que nunca se han enamorado. Si su pareja les abandona, dicen no entender la causa. Manifiestan no sufrir tristeza y sin razón aparente caen en depresión. La alexitimia es la incapacidad de identificar los sentimientos propios y la dificultad de hallar palabras para describir lo que se siente. Tampoco a través del rostro logran trasmitirlo con gestos. Cuando se observa tal conducta, siempre conviene descartar con un profesional que la persona no padezca algún daño neurológico, lesión cerebral o enfermedad en curso (depresión enmascarada, por ejemplo) que determine su conducta.


Hasta donde se conoce, este trastorno no es equivalente a un autismo propiamente dicho, ni es innato, sino que en la mayoría de los casos es resultante de experiencias traumáticas vividas en la infancia, ante las cuales, como medida de protección o defensa, el niño o niña aprendió a des-conectarse de sus sentimientos para no sufrir. Puede haber crecido en un hogar donde las emociones eran juzgadas como debilidades o eran vistas como perturbadoras del clima familiar. Se le decía: “no te puedo ver triste”, “no está bien que te enojes”, o “no sé de qué te ríes tanto”. Tal vez, los adultos en esa familia no comunicaban sentimientos. Luego, como estrategia de sobrevivencia, los hijos aprendieron a ocultar sus sentires. Este trastorno afectivo puede incluso estar asociado a experiencias de cuidado negligente por parte de sus progenitores, maltrato físico, emocional o abuso sexual infantil.


Es fácil suponer las dificultades para la convivencia que enfrentan estas personas en la adultez. Cuando consultan a un psicólogo lo hacen por presión de quienes les rodean, pues ellos mismos niegan tener dificultades. Pero además, este modo de procesar lo que ocurre en su mundo interior les genera conflictos a sí mismos. Ocurre que toda emoción o sentimiento tiene como destino o propósito ser expresada, por lo que al ser ignorada por quien la experimenta buscará otra vía para salir a luz. En general, esa vía es el cuerpo, mediante malestares diversos. De hecho, varios estudios científicos co-relacionan por ejemplo a la fibromialgia con la incapacidad para expresar emociones.

En general, quienes padecen alexitimia se presentan ante los demás como personas equilibradas, que tienen todo bajo control. Son muy racionales y prácticas, y justifican su conducta en razones lógicas. Pero en realidad, se trata de personalidades rígidas, muy estructuradas e inseguras, que les cuesta contar abiertamente sus alegrías, miedos o tristezas y más bien las somatizan. Tienen miedo a sentir por miedo a sufrir. Si la emoción que experimentan es muy fuerte pueden tener reacciones desproporcionadas. Viviendo en pareja, no son demostrativas de cariño. Les cuesta decir “te quiero” y su deseo sexual suele estar también disminuido. En el vínculo con otros adultos rechazan el afecto físico, por ejemplo el abrazo. Este trastorno afectivo suele ser causa inadvertida de fracasos matrimoniales.


Son vistos como seres serios, aburridos por su chatura emocional, faltos de empatía. Carecen de fantasía o ensoñación, pues no logran despegarse de la realidad concreta. El principal escollo que plantean en la convivencia es que así como son incapaces de hacer introspección para contactarse con sus sentimientos, también tienen grandes dificultades para empatizar y comprender qué sienten los demás en un momento dado o cómo impacta la conducta de ellos sobre la vida ajena. Y esto es fuente de conflictos.


La empatía es la intuición de captar qué sienten los demás, de “ponernos en sus zapatos”, y lograr ver el mundo desde su punto de vista. Esta comprensión nos habilita para amar profundamente a los demás. La capacidad de ser empáticos, es decir, de percibir los sentimientos, pensamientos y emociones de otros ha sido vinculada a nivel orgánico, a la actividad de las células nerviosas del cerebro denominadas “neuronas espejo”, cuyo funcionamiento podría presentar alguna alteración en los alexitímicos, sin que ello indique que sea el origen del comportamiento anormal del individuo. Jesucristo tuvo empatía, cuando hablando con el joven rico, las Sagradas Escrituras dicen: “Y mirándole, le amó” (Marcos 10:21).


La Medicina Psico-somática nos advierte que lo que no se verbaliza, el cuerpo lo expresará tarde o temprano. El enojo oculto en nuestro interior suele causar trastornos digestivos y en particular impacta sobre la actividad del hígado. El miedo nos paraliza y también afecta el área gastro-intestinal y trastoca sus funciones. Hay emociones no expresadas que cierran nuestra garganta. La ansiedad persistente puede acabar en algún ataque de pánico, muy común en estas épocas donde impera la inseguridad. La vergüenza toma control de nuestro rostro y lo enrojece. La auto-compasión nos debilita al restarnos fuerza. La rabia reprimida y la amargura del alma pueden desembocar en depresión. Un susto también paraliza o altera funciones orgánicas. A todas estas manifestaciones de emociones reprimidas, llamamos somatizaciones.


Importa estar conscientes de lo que sentimos pues muchas decisiones que tomamos lo hacemos bajo la influencia de una o varias emociones. Por tanto, lo que sentimos puede determinar el rumbo de nuestra vida. Para quienes han congelado su área afectiva, el proceso de deshielo comenzará con el darse cuenta que tienen sentimientos y animarse a sentirlos. Luego tendrán que reconocer el origen de su problemática y proponerse perder el miedo a sentir. Necesitan re-educarse para gestionar saludablemente su mundo interior. Re- aprender que sentir no es peligroso sino que muestra nuestro lado humano, tal como el Creador nos diseñó.


Varios episodios bíblicos son muestras de empatía cristiana. El prototipo sería el relato del buen samaritano, quien al ver a un prójimo caído y sufriendo “fue movido a misericordia” y actuó en consecuencia para auxiliarle. La compasión fue el motor que le permitió sintonizar con las necesidades humanas del otro para satisfacerlas. Es difícil amar a los demás como a nosotros mismos, si no logramos interpretar sus sentimientos.


También será difícil llorar con los que lloran y gozarnos con los que se gozan o sentir sus necesidades como si fueran nuestras, tal como exhortaba Pablo a los creyentes de Roma. Que el amor de Dios deshaga cualquier caparazón que hayamos formado en torno a nuestra alma para evitar sufrir, de modo que volvamos a vivir profundamente las alegrías y las tristezas del diario vivir, y las compartamos con quienes nos rodean, empatizando también con sus emociones.


Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran” (Romanos 12:15).

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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