Enfrentando el dolor de las pérdidas

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De la sección “Renovando el espíritu” del programa “Los años no vienen solos”.

Escuche aquí el programa:

Extractado de centraldesermones.com

Texto base: Juan 11:1-44

Ningún ser humano se escapa a la experiencia del dolor de una pérdida. Perder a alguien es parte de nuestra existencia y a lo largo de la vida sufrimos muchas pérdidas. Una pérdida origina dolor y cada persona la percibe de manera diferente. Los especialistas hablan de al menos 5 etapas, que deben ser bien trabajadas para poder sobrellevar el dolor de haber perdido a alguien. Pero, la Biblia nos enseña que Jesús es un elemento fundamental en el proceso de recuperar la esperanza cuando se ha sufrido una pérdida. Hoy, repasemos en la Palabra de Dios cómo Jesús ayudó a una familia a recuperar la fe, la dicha, la esperanza, después de haber perdido a un ser querido.

Betania se ubica a tan solo 3 kilómetros de la ciudad de Jerusalén, y es donde vivía esta familia: María, Martha y el más joven, llamado Lázaro. Esta familia ocupaba un lugar muy especial en el corazón del Señor Jesús. Y es precisamente a ellos a quien la muerte toca la puerta de sus vidas.

Veremos tres aspectos en la experiencia de la familia de Lázaro:

1. Compartir el dolor con Jesús (v. 3): «Enviaron pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo»

La Biblia nos dice que un día Lázaro enfermó (v. 1), no se dice exactamente de qué, pero sí podemos entender que debió ser una enfermedad grave que puso en riesgo la vida de Lázaro. Tan grave era su estado que María y Martha tomaron la decisión de mandar llamar a Jesús (v. 3) con la intención de que lo sanara. Sin embargo Jesús al enterarse toma otra decisión que para muchos resulta incomprensible. Jesús decide posponer su regreso dos días más (v.6) Mientras tanto el estado de Lázaro empeoró al punto de que cuando Jesús llega Lázaro ya había muerto «Vino, pues, Jesús, y halló que hacía cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro» (v. 17) La escena que observa Jesús a su llegada a Betania, puede resultarnos a muchos algo familiar; pues el dolor de la pérdida de un ser querido es algo con lo que todos podemos identificarnos.

María y Martha estaban en su casa, recibiendo las condolencias de parte de amigos, familiares y vecinos (v. 19) Entonces alguien hace saber a Martha que el Señor Jesús había llegado (v. 20). Martha deja lo que está haciendo y encamina sus pasos hacia Jesús y cuando está frente a Él le dice: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto» (v. 21); María igualmente cuando llega delante de Jesús le hace el mismo reclamo: «Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano» (v. 32) en ambas ocasiones, tanto Martha como María habían expresado su sentir, y lo habían hecho con lágrimas en sus ojos «…al verla llorando» (v. 33)

Cuando experimentamos una pérdida, ese dolor es manifestado a través de las lágrimas. Sin embargo, quién sabe de dónde hemos sacado la idea de que no debemos expresar nuestro dolor. En algunas ocasiones, se dice que no derramar lágrimas es señal de fortaleza y hay personas que reprimen sus lágrimas; pues creen que son signos de debilidad o de que no confían en Dios o que hacen daño a la fe.

Aquí tenemos a dos mujeres que recién perdieron a su hermano menor y no tienen ningún reparo en manifestarle a Jesús su sentir. Tenemos que reconocer que la iglesia cristiana ha promovido a lo largo de su historia la negación de sus sentimientos ante situaciones tan terribles como la pérdida. Es muy cuestionado por muchos cuando un hermano llora durante una pérdida importante (muerte, enfermedad, crisis económica, etc); el mensaje implícito y explícito del triunfalismo cristiano lleva a muchos a creer que no podemos compartir con Dios nuestros sentimientos de dolor. Creemos que si decimos a Dios cómo nos sentimos realmente, Dios nos rechazará; sin embargo, la Biblia nos enseña algo totalmente diferente; vemos a Jesús delante de dos mujeres heridas, de dos mujeres llorosas, dos mujeres, que se siente defraudadas hasta cierto punto, y que no ocultan sus verdaderos sentimientos. Y no vemos a Jesús descalificándolas, al contrario se identifica con ellas y su dolor «Jesús lloró» (v. 35).

Cristo entiende, porque él también había perdido a un muy buen amigo, alguien dirá «Bueno, pero es Jesús» y a esto el autor a los Hebreos nos dice: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades…» (Heb. 4: 15) Jesús sabe lo que usted siente o sintió. Dios sabe lo que significa perder a alguien importante en la vida, vio morir a su hijo en la cruz, vio como lo hicieron pedazos, y supo lo que era perder lo que más amaba. ¿Cómo podemos resolver nuestro dolor ante una pérdida? Compartiéndola con Jesús, sincerándonos con él. No se preocupe si sus palabras, o emociones no son teológicamente adecuadas, lo que importa es que usted se abra ante Cristo y establezca un puente de comunicación sanadora.

2. Dejarnos consolar por Jesús (v. 25): «…Yo soy la resurrección y la vida…»

No existen palabras que puedan aligerar la pérdida de un ser querido. En un artículo de la revista «Apuntes Pastorales» se lee el testimonio de un hombre que había perdido a un ser querido y cuando llegaron sus amigos a tratar de confortarle, hubo quienes le dieron todo un tratado acerca de la muerte, de la vida, de los buenos momentos, del cielo, etc; sin embargo en su interior solo había el deseo que se callaran y se fueran, sin embargo hubo alguien que tan solo lo abrazó y sin decir nada estuvo cerca de él. Al paso del tiempo, el doliente podía afirmar que no recordaba nada en claro de quienes le hablaron, pero podía sentir todavía el calor afectuoso de quien solamente le acompañaba. Jesús llega a Betania, se encuentra con un amigo recién muerto y enterrado; pero también se encuentra con el trágico escenario de dos hermanas dolidas y devastadas.

Ellas se acercan a Jesús y le expresan sus sentimientos; Jesús los comparte; pero no solo eso, el eterno, el autor de la vida, es el único que tiene palabras de consuelo y esperanza. Jesús dice a María: «Tu hermano resucitará» (v. 23), María recibe con agrado el consuelo, pero todavía no entendía la trascendencia de la afirmación de Cristo. Más adelante dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (v. 25) esta es una de las declaraciones más poderosa de Jesús; María no está oyendo a un profeta, no está oyendo a un rabino, tampoco al sumo sacerdote, mucho menos a un charlatán; está escuchando al mismo Dios, dueño de la vida.

Sus Palabras son más que bonitas frases inspiradoras; son poder de Dios para todo aquel que cree en ellas. Cuando estamos en medio del dolor de una pérdida, viene Jesús a nuestras vidas y nos da palabras poderosas de aliento, de esperanza, de vida, de amor; Jesús nos abraza, nos acompaña, nos habla con el propósito de consolarnos. El Salmo 23 nos dice: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo (Sal. 23: 4) este versículo nos da importantes enseñanzas, primero que la muerte es solo una sombra, no algo absoluto, y en segundo lugar que Dios promete estar siempre con nosotros, acompañándonos en todo momento. Deja que Jesús consuele tu vida; porque Él es tu mejor amigo.

3. Dejar actuar a Jesús (v. 11) «…Lázaro duerme; más voy a despertarle»

Platón fue un filósofo griego que vivió de los años 427 al 347 y dijo una vez: «Frío e insípido es el consuelo cuando no va envuelto en algún remedio» Eso lo sabe perfectamente Jesús. ¿Recuerda que al principio del relato Jesús deja pasar dos días para llegar a Lázaro? Decía que algunos no encuentran sentido a esta decisión del Señor; y en verdad muchas veces no veremos el sentido a las cosas que Dios hace; pero lo que sí podemos ver que nada escapa a los propósitos eternos de Dios. Jesús tenía en su mente y corazón planes perfectos para Lázaro y su familia. Cristo sabía lo que era mejor para ellos como familia, cuando decide regresar a Betania dice a sus discípulos: «…Lázaro duerme; más voy para despertarle» (v. 11) desde ese momento Jesús había revelado sus propósitos para su amigo. Ya en Betania y después de haber escuchado a María y Marta, y de consolarles, Jesús pide ir al lugar en donde han sepultado a Lázaro (v. 34), a esto Marta le dice: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días» (v. 39) Sin embargo el Señor le dice: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? (v. 40)

En momentos de pérdida y dolor, nuestra fe es fuertemente sacudida, es probada, y tenemos que reconocer que dudamos del poder y amor de Dios; una de las fases del duelo es la ira; etapa en la cual nos enojamos con todo y todos, entre ellos con Dios, hay quienes resuelven esto, sin embargo hay muchos que no lo han resuelto y han pasado años y siguen sin admitir que están enojados con Dios y necesitan reconciliarse con Él. Muy posiblemente Martha y María estaban enojadas con Jesús por no haber estado allí cuando más lo necesitaban; pero Jesús no solo fue a consolarlas, sino fue a darles algo más; Jesús oró a Dios y clamando a gran voz dijo: «¡Lázaro, ven fuera! (v. 42) y entonces ocurrió el milagro de la vida: «Y el que había muerto salió…» (v. 44) ¿Qué había hecho Jesús? Les devolvió le esperanza perdida; les volvió a su hermano muerto, les dio un sentido nuevo a sus vidas. Es cierto que esto no ocurrirá de la misma manera hoy, pero debemos ver detrás del milagro de la resurrección de Lázaro la enseñanza eterna de Jesús.

Muy seguramente, si hemos perdido a alguien no veamos exactamente lo mismo que Marta y María, pero si creemos en Él, Él nos dará lo que estamos necesitando hasta que se cumpla su Palabra de que volveremos a ver a aquellos que en Cristo murieron: quizás necesitemos paz de conciencia, reconciliación, fortaleza, comunión, fe y esperanza en Él. Muy seguramente no nos regresará a nuestros amados muertos, pero nos regresará la confianza, el deseo de seguir adelante y de poner nuestra vida otra vez en sus manos.

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