Del mundo virtual al mundo real

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Por: Ps. Graciela Gares*

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3:

“Desconectarse de las redes sociales para reconectar consigo mismos”. Ésta parece ser la consigna de algunos adolescentes que estarían eligiendo salir de las carreteras digitales para sintonizar mejor con su propia experiencia de vida.

En una encuesta desarrollada en el Reino Unido hace pocos años y divulgada por BBC.com, sobre efectos del uso de redes sociales en la población joven de entre 14 y 24 años, se advertían impactos negativos que iban desde depresiones, ansiedades, problemas del sueño hasta inseguridad. Sólo se habrían podido encontrar resultados positivos en relación al uso de Youtube.

Los perjuicios se vinculaban a la afectación de la imagen corporal –y por ende, la autoestima-, alteración del sueño por la exposición nocturna a las redes, cyber-acoso o acoso virtual, dificultad para desconectarse, obsesión por revisar mensajes recibidos aún a la madrugada, etc.

Destacaba a Instagram como la más perjudicial, seguida por Snapchat, Facebook y Twitter. Justamente Instagram y Snapchat, que aparecerían como las más perturbadoras de la salud mental de los usuarios jóvenes, son las que más apelan al uso de la imagen.

En relación a Facebook, se estima que se suben unos 10 millones de fotos nuevas por hora. ¡10 millones de imágenes con las cuales el joven tenderá a compararse a sí mismo y nutrir su sentimiento de insuficiencia!

La personalidad joven que interactúa en las redes sociales es también muy vulnerable al bullying o ciberacoso, el cual se potencia en internet y resultará incontrolable dado la velocidad de expansión y el alcance que puede tener. De hecho, el bullying ha inducido a suicidio a no pocos adolescentes.

En cuanto a las redes como fuentes de ansiedad, basta atender al testimonio de un encuestado en un estudio realizado en el Reino Unido: “… Las redes sociales han incrementado mis niveles de ansiedad y ansiedad social… Me preocupa constantemente lo que los demás piensen de lo que escribo y las fotos que comparto”.

Se dice que internet capta adeptos y los hace dependientes, aprovechándose de algunas debilidades humanas que todos tenemos: el gusto por agradar (que se materializa en el afán por recibir “likes” o “me gusta”), el miedo a la soledad que nos impulsa a buscar permanentemente “amigos” virtuales y la tendencia a huir del aburrimiento. Para esto, nos ofrece multiplicidad de contenidos cuando navegamos por la web.

Sabido es que los períodos de adolescencia y juventud son claves para consolidar la identidad de las personas, y que al abandonar la infancia se comienza a madurar emocionalmente y a desarrollarse en la esfera psicosocial.

Justamente en esa franja etárea, las distintas plataformas digitales tienen su incidencia pues se han convertido en un ámbito que favorece crear una identidad virtual ficticia, vacía, sin contenido real.

Tomarse varias selfies al día y subirlas o publicarlas en las redes no afirma la identidad de nadie; solo promueve un narcisismo exacerbado. La identidad real es aquella que experimentamos cuando apagamos todo lo digital y quedamos a solas con nosotros mismos.

En general, nadie o pocas personas comparten en Facebook o Instagram una imagen veraz de sí mismos. Al contrario, se trata de promover un “Yo perfecto”, para promocionarnos. De allí que chicas y chicos se tomen obsesivamente muchas selfies, a menudo tratando de imitar a alguna celebridad a la que admiran.

El lema parece ser “editar” nuestra foto, eliminando cualquier imperfección. Dado que la exposición continua a las redes parece deteriorar la imagen corporal del joven, incrementaría el sentir de auto-rechazo, justo en una edad en la que se es muy sensible a la aceptación del entorno.

Obviamente, esta práctica desestimula aceptarse y quererse tal cual cada uno es en el mundo real. Por esto, se dice que el mundo digital le está robando la identidad verdadera a nuestros jóvenes, si éstos no atinan a desconectarse a tiempo y darle a las redes sociales el uso meramente instrumental que les corresponde: un medio de comunicarse, informarse o descargar música.

Para la construcción de la propia identidad (¿quién soy yo?) todo ser humano debe amar su imagen real, su sexo biológico, su familia de origen, su país e integrar las experiencias de vida que le haya tocado atravesar.

Y aún cuando las circunstancias naturales de su vida le hayan sido desfavorables para construir una identidad satisfactoria, no es preciso crearse una identidad falsa o ficticia.

Buscando conocer a Dios encontrará bases sólidas para una percepción de sí mismo/a que colme sus expectativas: saberse diseñado a imagen y semejanza del Creador, candidato a ser adoptado por Él como hijo/a (si accedemos a reconciliarnos con Él) e invitado/a a compartir su gloria y vivir una vida con el propósito elevado de glorificarle desde ya, amando a Dios y al prójimo. La identidad que Dios ofrece se opone diametralmente a la incertidumbre de vivir esperando recibir la aceptación y aprobación de los demás.

Muchos internautas han declarado estar cansados de vivir esclavizados a la imagen digital que ellos mismos se crearon. Otros han sufrido las consecuencias de ventilar su privacidad en internet subiendo fotos o videos que luego otros usaron para destruir su reputación.

Quizá no todos reconocen que se han vuelto adictos a internet, ni confiesan la ansiedad que les genera cada vez que olvidan o extravían su celular o la necesidad compulsiva de revisar el whatsapp casi de continuo.

Pero quienes se están reconociendo como víctimas del apego patológico a estas tecnologías, están apelando a desconectarse de las redes sociales para re-conectarse consigo mismos. Procuran volver al mundo real que habían abandonado y sintonizar mejor con su propia experiencia de vida. Dejar de cultivar el mundo de apariencias virtuales para volver a tomar conciencia y amar la persona que son realmente. Privilegiar asimismo, los encuentros cara a cara con sus amigos y afectos.

Esto no significa despreciar el mundo digital como fuente de información o para contactar a personas que de otro modo no podrían vincularse, como suele ocurrir con amigos o familiares que viven en el extranjero, o incluso para realizar cursos o capacitaciones a distancia.

El problema radica en la hipervaloración e idealización de las redes sociales como Facebook, Instagram, Tik Tok, Twitter y en usarlas como vías de comunicación excluyentes para los intercambios sociales.

Resultó paradigmático el caso de la “influencer” italiana Essena O’neill, quien hace algunos años, teniendo cientos de miles de seguidores en las redes decidió cerrarlas, confesando que todo ese mundo no era real y había logrado generarle mucha ansiedad e inseguridad. Denunció que la perfección artificial diseñada para llamar la atención o auto-promocionarse, estaban convirtiendo su vida en miserable, reconociendo que temía que solo agradara a la gente por su aspecto. Desnudó así una realidad que pocos se atreverían a reconocer. Su retorno a las redes digitales años después parece pautado por la premisa de una mayor autenticidad.

Vale reconocer que todos los seres humanos somos vulnerables a la dependencia, a la búsqueda de aprobación y que tenemos una voluntad fácilmente esclavizable. Entregamos pronto nuestra libertad, así como le ocurrió a Eva y a Adán en el jardín de Edén.

El apóstol Pablo, hablando a los creyentes de la antigua ciudad de Corinto les instaba a reflexionar así: Ustedes dicen: «Se me permite hacer cualquier cosa», pero no todo les conviene. Y aunque «se me permite hacer cualquier cosa», no debo volverme esclavo de nada (1 Corintios 6:12).

A esta altura, vale preguntarse por qué las generaciones jóvenes en la actualidad han decidido, quizá inconscientemente, migrar del mundo real al mundo virtual. ¿Será que no encuentran en el entorno familiar y social la satisfacción a necesidades básicas de reafirmación, aceptación, atención, construcción de identidad?

Quizá, además de cuestionar a quienes procuran desde el mundo digital captar su atención, deberíamos analizar en qué estamos en falta con ellos. ¿Les estamos dando el acompañamiento y atención que necesitan? ¿Respondemos a tiempo a sus inquietudes?

¿Cuánto hace que como padre o madre no camina junto a ellos conversando, como lo hacía Elías junto a Eliseo antes de ser arrebatado? (2 Reyes 2:11) Hay múltiples formas de acompañarles sin invadir sus vidas, en particular cuando ya son adolescentes y buscan su independencia. ¿Empleamos palabras de reconocimiento y estímulo que afirmen su incipiente autoestima?

Para ello, debemos haber descubierto los dones que Dios puso en nuestros hijos y hablarles de ello para fortalecer su auto-imagen.

¿Deseamos que nuestros jóvenes forjen su personalidad e identidad en base a los “likes” o “me gusta” que reciban de personas que quizá ni conozcan?

¿Les trasmitimos la verdad de que son muy amados por Dios y por nosotros? Esto debería ser la base de su identidad real.

¿Les instruimos para que aprendan a proteger su privacidad, no exponiéndose indebidamente en el mundo digital?

¿Les generamos ámbitos de intercambio social adecuados para su edad, donde puedan conocer a otros chicos o chicas en ambientes seguros?

¿Les hemos equipado con los valores de vida sólidos para que no acepten fundamentos erróneos como ser esclavos de una imagen exterior o vivir pendientes de la aprobación ajena?

Quizá aún estemos a tiempo de reparar la omisión si no cumplimos con el encargo que Dios nos dejó, relativo a sus ordenanzas:

“Repíteselos a tus hijos una y otra vez. Habla de ellos en tus conversaciones cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6: 7).

Pensamos que el desafío está de nuevo en la familia, ese “segundo útero” diseñado con maestría por Dios para que los hijos cultiven hábitos, principios de vida, habilidades sociales aprendidas en el seno familiar, valores morales y espirituales.

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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