La sangre de Jesús

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La sangre. Esa que circula por nuestros cuerpos silenciosamente las 24 horas, esa de la que muchos directores cinematográficos hacen uso y abuso, esa que a varios descompone y a muchos más alerta cuando comienza a manar de una herida, esa que con poco acierto identificamos con lo fúnebre. Esa que observamos con mezcla de tristeza y espanto, al pensar en un Jesús azotado, que lleva una corona de espinas y que muere dolorosamente clavado en una cruz. Mucho de la meditación, las oraciones, el discurso y la simbología cristiana (¡en nuestro tiempo!) nos lleva a pensar en la sangre del Señor Jesús como un elemento lóbrego.

No podemos restarle importancia a la sangre. Después de todo, en aquella primera Pascua del pueblo hebreo, las familias debían pintar los marcos de sus puertas con la sangre de aquel corderito elegido, para que Dios “pasara por alto” esa casa y no aplicara su juicio contra los primogénitos. Un poco más acá en el tiempo, es indiscutible la afirmación de que “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Hebreos 9:22).

Debió ser por todo esto que en el libro “A su imagen” (1983) el médico y misionero cristiano Paul Brand dedica varios capítulos para devolverle a la sangre su significado original, más feliz y sin dudas más esperanzador. En este excelente libro el Dr. Brand combina Biblia y ciencia, y nos ayuda a comprender por qué “la sangre derramada” por Jesús para nuestro perdón no debe ser para nosotros un símbolo oscuro motivo de espanto, lamentos o meditaciones fúnebres.

1. La sangre de Jesús nos proporciona vida espiritual

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final” (Juan 6:54)

La sangre es esencial para el funcionamiento de los cuerpos, por su función de oxigenación y nutrición; una hemorragia pone en evidencia cómo la vida de la víctima se escapa junto con su sangre. De la misma forma, la muerte sangrienta del Señor Jesús permite que, quienes creen en él, simbólicamente “beban” su sangre y con ella reciban vida espiritual, un nuevo nacimiento.

2. La sangre de Jesús nos limpia del pecado (1 Juan 1:7)

La sangre juega un rol clave en la “limpieza” del organismo, eliminando los desechos de nuestra actividad vital a través de los pulmones y los riñones. Así también la sangre del Señor Jesús es la que (simbólicamente) nos limpia de nuestro pecado y nos permitirá presentarnos en santidad delante de Dios (Ap. 7:14). Por esa sangre derramada nuestros pecados son perdonados.

3. La sangre de Jesús hace nuestra su victoria

Ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero” (Ap. 12:10-11).

Así como la sangre de una persona que ha estado expuesta a una enfermedad o que ha sido vacunada, tiene anticuerpos que permiten enfrentar y superar esa enfermedad, la sangre de Jesús, quien enfrentó las mismas dificultades que nosotros en este mundo y que venció al pecado y a la muerte, nos comparte los “anticuerpos” contra el pecado. Jesús se identificó con los humanos, vivió como uno más y venció al pecado. Una vida de victoria es posible solo si nos identificamos plenamente con él, el único vencedor, aquel que tiene “los anticuerpos”.

La sangre que Jesús derramó al morir funciona para los cristianos como una verdadera transfusión: al apropiarnos del ella por el misterio de la fe, nos proporciona vida espiritual, nos limpia y nos refuerza contra el pecado. Nuestra muerte espiritual queda atrás y rebosamos de vida cuando ponemos nuestra fe en Jesús, así como un cuerpo al borde de la muerte recupera su vitalidad al recibir una transfusión.

Esta Semana Santa o la próxima oportunidad en la que celebres la Cena del Señor, cuando pienses en la dolorosa muerte de Jesús o cuando bebas la copa (simbólicamente su sangre), recuerda que “anunciamos su muerte” sí (1 Cor. 11:26), ¡pero también celebramos que por ella tenemos vida y victoria!

Por: Lic. Alejandra Maresca

1 Comment

  1. Rosemberg Duarte dice:

    La analogía de los anticuerpos es perfecta . Es similar a como se hace el suero antiofidico. La sangre del caballo crea anticuerpos contra el veneno y así la sangre de Cristo tiene anticuerpos contra el pecado. Nos la aplicamos como nos aplicamos el suero y Victoria aseguradora.
    Debemos rociarnos, como dice en Hebreos con la sangre de Cristo.

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