Heridas de Infancia

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Por: Ps. Graciela Gares

Parte 1:

Parte 2:

¿Te preguntaste alguna vez por qué eres desconfiado, o temeroso o muy rígido y juzgador? Muchas personas adultas hacen fracasar su proyecto de familia en función de heridas de su infancia no sanadas, que les distorsionan en sus relaciones interpersonales. Quizá nos hemos esforzado en cambiar alguno de esos rasgos pero no funcionó. Algunas características de nuestro carácter permanecen muy firmes a pesar del paso del tiempo. Podría tratarse de una herida infantil no sanada que se manifiesta en nuestra conducta de modo inconsciente.

Dado que no logramos controlarlas, pueden afectar nuestra calidad de vida en familia, pareja, amigos o en el vínculo con los hijos. A nivel universal se reconoce la existencia de 5 tipos de heridas de infancia que en mayor o menor medida todos hemos sufrido alguna de ellas.

Tales heridas o traumas tienen el potencial de frenar la madurez del área emocional de la persona que las padece, de modo tal que un individuo de edad madura (40 o 50 años) puede presentar un funcionamiento adolescente en lo emocional o en lo afectivo.

Les proponemos conocer cuáles son las heridas de infancia universales y cómo afectan nuestro modo de relacionarnos en la edad adulta. Quizá nos identifiquemos como portadores de alguna de ellas, y en tal caso, la buena noticia es que pueden ser curadas.

Vale aclarar que estas huellas traumáticas no se originaron exclusivamente por haber vivido una infancia desafortunada. Pueden darse en cualquier familia, simplemente por descuido no intencional. Por ejemplo, imaginemos el caso de un núcleo familiar con un hijo único, que es el centro de atención de todos los adultos (padres, tíos, abuelos). Transcurridos varios años la mamá se embaraza nuevamente y el primer hijo ve desplazada la atención de todo el entorno hacia el nuevo integrante de la casa. Si la situación no es manejada con sabiduría por sus progenitores, él podría vivir como un abandono dicha experiencia, aunque para la familia en cambio sea muy gratificante.

Y obviamente, las huellas de infancia estarán presentes siempre en hogares donde ocurrió alguna disfuncionalidad como la separación de los padres, ausencia por abandono de algún progenitor, violencia o abusos, hijos engendrados pero no deseados, niños que son víctima de comparaciones entre hermanos, los que sufrieron bullying, etc.

Aquí la descripción de cada herida y cómo impacta en el modo de relacionarnos en la etapa adulta:

1.- Herida de Abandono.
Genera personas dependientes emocionalmente de los demás, que se apegan demasiado, absorbentes, demandantes en los vínculos cercanos, con ánimo depresivo, que se victimizan fácilmente, tienden a aislarse quejándose luego de sentirse solos, temen volver a ser abandonados por los que quieren y nunca les resulta suficiente el amor que reciben.

2.- Herida de Rechazo

Son personas retraídas. Se auto-excluyen, se aíslan. Les cuesta aceptarse a sí mismas. Temen reclamar sus derechos. Acusan a los demás de rechazarlos. Siempre temen molestar. Intentan pasar desapercibidos. Se vuelven perfeccionistas para lograr aceptación. Infravaloran sus propios éxitos.

3.- Herida de Traición

Da origen a personas desconfiadas, controladoras, con miedo al compromiso por temor a decepcionarse nuevamente de los demás. Desarrollan personalidades fuertes, a veces impacientes e intolerantes. Su desconfianza les lleva a buscar controlarlo todo.

4.- Herida de Humillación

Personas hipersensibles, que fácilmente se sienten heridas. Se avergüenzan de sí mismas, juzgándose duramente. Suelen utilizar como máscara compensatoria las actitudes de orgullo y suficiencia. Intentan mostrarse superiores a los demás aunque interiormente se perciben pequeños y necesitados de mucho reconocimiento.

5.- Herida de Injusticia

Buscan de modo exacerbado la justicia, lo correcto y lo justo. Son también hipersensibles. Adoptan una coraza de rigidez y frialdad. Sus posiciones son extremas: blanco o negro. Se contactan poco con sus emociones o con su propio cuerpo.

No toleran recibir críticas. Se comparan con otros, son competitivos y muy exigentes. Suelen mantener una dieta estricta; van al gimnasio. Disfrutan poco las pequeñas cosas de la vida. Buscan verse perfectos para sentirse queridos. Nunca se sienten satisfechos ni autorealizados. Son candidatos al Burnout (agotamiento).

Todas estas huellas de infancia imponen una existencia de sufrimiento a quien las padece, a
menos que procure tratarlas. Dado que se originaron en vínculos humanos que fallaron, el trauma puede repararse en un nuevo vínculo que no falle. Pero, ¿acaso hay en la Tierra personas que no defrauden nunca?

El establecimiento de una relación personal e íntima con Dios tiene un enorme potencial sanador. El contacto cercano que las criaturas humanas establezcan con Él será un vínculo dignificante, que llene con creces los vacíos dejados por cualquier otra relación humana frustrante.

Así lo vivió José en la antigüedad, luego de experimentar la herida de traición de sus hermanos y la herida de injusticia en casa de Potifar, según el relato bíblico (Génesis 37). La evidencia de su sanación la observamos en el hecho de haber construido su propia familia, dando a cada hijo un nombre que era testimonio de haber superado sus sufrimientos del pasado: “José tuvo dos hijos con su esposa Asenat. Al primero lo llamó Manasés porque dijo: Dios me ha hecho olvidar todos mis sufrimientos y a todos mis parientes.

Al segundo lo llamó Efraín, porque dijo: Dios me ha hecho tener hijos en el país donde he sufrido”. (Génesis 41: 51 – 52) Y haciendo un balance de los daños que le habían ocasionado, años después dijo a sus hermanos: “Ustedes pensaron hacerme mal pero Dios cambió ese mal en bien…para salvar la vida de mucha gente” (Génesis 50: 20).

¡Ni sombra de temor de volver a ser herido ni rencor por lo padecido! Así de completa es la sanidad de las huellas del pasado que Dios opera en sus hijos. Asimismo el texto bíblico señala provisión divina para la herida de abandono, cuando expresa: “Aunque tu madre y tu padre te dejen Jehová te recogerá (Salmos 27: 10).

“Él (Dios) hace habitar en familia al desamparado.” (Salmos 68: 6) Si podemos afirmar con convicción que el abandono ya es cosa del pasado en nuestras vidas, tal herida se cerraría definitivamente en nuestra mente y corazón.

El vínculo con Dios también cambia el status a quienes cargan con la herida del rechazo. De rechazados a elegidos según lo afirma Efesios 1: 4: “según nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo” y herederos de un Reino pues “es la buena voluntad del Padre darles el Reino” (Lucas 12:32).

Apropiarse y creer estas verdades sana la huella de cualquier desprecio del pasado. Igual promesa rige para quienes han sido marcados por el trauma de la humillación, pues el texto bíblico declara que Dios “ha exaltado a los humildes”. (Lucas 1: 52). Y siguiendo el ejemplo de David podrían proclamar: “Pero tú Señor, me rodeas cual escudo, tú eres mi gloria; ¡tú mantienes en alto mi cabeza! (Salmos 3: 3).

Cuando tomamos por ciertas y confesamos con nuestra boca las verdades de Dios derivadas de nuestra nueva posición en Cristo, desactivamos cualquier huella del pasado que aún esté haciendo sombra sobre nuestras vidas.

Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 h

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