No pienses en suicidarte – Parte 3

No intentes suicidarte – Parte 2
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Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Inevitable y necesaria es esta tercera parte, pues quedan cosas por decir; pensamientos, enseñanzas, citas de artículos ya comentados y de algún otro, que traer a colación nuevamente, para hacer nuestras observaciones, y sobre todo, para buscar una base bíblica a lo que se dice y escribe desde este enfoque del suicidio. Un enfoque orientado a intentar una teología del suicidio; es decir, procurar establecer una base sobre qué creer acerca del destino eterno del suicida, para tener al menos una noción sobre cómo conducirnos, en cuanto cristianos y eventuales consejeros espirituales, frente a un eventual suicida, o a familiares de alguien que se ha quitado la vida. Qué decir al potencial suicida; amenazarlo con la condenación en el infierno, o por lo menos advertirle que sus sufrimientos no terminarán con la muerte, sino que ésta los hará eternos; o hablarle de Cristo como a una persona que no estuviera atravesando una situación límite en su vida, sin procurarle la ayuda profesional e institucional que necesita, además de la espiritual. Y qué decir a los familiares de quién se ha quitado la vida; alentarlos con la esperanza de un reencuentro más allá de este mundo – sean o no creyentes – basado en la autoridad de teólogos y pensadores cristianos, pero no de la Biblia; o destruir sus esperanzas, asegurándoles lapidariamente que su ser querido se fue para siempre al infierno – crean en el mismo o no – y sin que la Biblia enseñe tajantemente tal cosa.

Los antiguos lograron tener las cosas más claras; aunque su claridad fuera un juicio condenatorio para el suicida y sus familiares, que no dejaba abierta ninguna puerta a la esperanza. El pensamiento cristiano actual, como vimos y vamos a seguir viendo, participa de la ambigüedad general de nuestra época, en la que todo es relativo. Y la evolución vista en la parte 2 – desde la dureza de la sentencia definitiva y eterna, a la consideración e incluso el elogio del coraje de quién se quita la vida como solución final de su existencia – condujo a que dicho pensamiento cristiano, influido y hasta presionado por los avances en ciencias psicosociales además, revisara su posición tradicional, drásticamente negativa. El resultado es una mixtura vaga que incluye la gravedad del hecho (en aparente atención a una tradición a la que se debe lealtad), y también la exculpación de quién comete el hecho (en aparente atención al pensamiento prevaleciente en la actualidad, que rechaza el dogma y busca nuevas esperanzas allí donde las pueda encontrar). Este resultado es muy apropiado para el hombre y la mujer posmodernos: una enseñanza sin rigideces, que no reclama el carácter de verdad absoluta, y deja abierta la posibilidad de elegir lo que uno prefiera creer, en función de qué tanto se adecúa a las expectativas y necesidades. De esta manera, cuando leemos por ejemplo: “El suicida, por tanto, comete un acto grave, pero al no ejercer su plena libertad los elementos que constituirían una culpa grave se ven disminuidos, por tanto, no tiene una culpa grave” (1), afirmación que parece fungir como conclusión de la reflexión, también vista en la parte 2, que habla de la responsabilidad moral del suicida, debemos preguntarnos: desde el punto de vista de una teología del suicidio, ¿cómo juzgará Dios el acto y al actor? Si el suicida no tiene culpa grave, pero sí tiene algo de culpa, pues el suicidio es un acto moralmente reprobable, ¿entonces qué sucede con él? ¿Considera Dios los atenuantes? ¿Sentencia al suicida a una pena temporal, tipo purgatorio, aunque ahora hasta los católicos han renegado de tal doctrina? ¿Le da libre entrada al reino de los cielos, aún con la mancha de haber cometido un acto contra Dios, la vida y la naturaleza humana? La Biblia no dice nada al respecto. Es ese silencio del que hablamos en la parte 1, el cual se intenta llenar con reflexión especulativa. Una variante de esta tendencia posmoderna de la propia Iglesia a exculpar al suicida, o al menos proporcionarle una vía para escapar del infierno, es la de afirmar que alguien que se quita la vida, luego de ejecutar el acto y antes de expirar puede ser que se arrepienta, y de esa manera no vaya a condenación. Esto sí es especulación pura, que se aferra desesperadamente a la esperanza y por eso es loable, aunque ignora la eficacia y rapidez de algunos métodos utilizados por las personas para quitarse la vida. En definitiva, este tipo de reflexión, que incluso parece dictar lo que sucederá al otro lado de la muerte, impresiona más bien apuntar a brindar consuelo y esperanza a quienes quedan de este lado, y quedan presa del dolor por la pérdida de un ser amado en circunstancias tan trágicas. Es meritoria, pero carece de una base real de autoridad, como la que los evangélicos buscamos exclusivamente en la Palabra de Dios.

Mención aparte merece una definición de suicidio que resulta llamativa, el suicidio indirecto. ¿De qué se trata?: “El suicidio… indirecto… implica la participación, generalmente de modo repetido, en actividades peligrosas (sin que, en apariencia, exista una intención consciente de acortar la vida). Esto incluye el abuso del alcohol, de las drogas, el tabaco, las comidas, el descuido de la salud, la automutilación, el conducir un vehículo de modo temerario y el comportamiento” (3). Sin embargo, en el pensamiento católico aparece este concepto en una presentación sorprendente: “En cuanto al así llamado suicidio indirecto (es decir, quien pierde la vida a causa de otra acción, como el médico o la religiosa que se contagia gravemente atendiendo enfermos y muere por esta razón) es también ilícito, a no ser con causa gravemente proporcionada” (2). Me pareció que no podía dejarse de hablar de este punto de vista, pues si bien es coherente con la idea de que el ser humano no es dueño de la vida, ni siquiera de la suya, pues la vida pertenece a Dios y es un don de Dios, y por lo tanto debe hacer lo necesario para preservarla, considerar “ilícito” – inicuo, malo, inmoral, pecaminoso – el sacrificio de aquel que por ayudar a otros se expone al peligro y sucumbe, parece no sólo absurdo, sino hasta malintencionado. Sin embargo, el artículo católico que estamos citando abunda en estas consideraciones, al decir: “Aunque la acción que indirectamente produzca la muerte pueda no ser mala o incluso buena (como en el ejemplo dado: el acto de caridad de cuidar un enfermo gravemente contagioso), se requiere causa justa y proporcionada para permitir la propia muerte”. Y al leer esto uno se pregunta, ¿quién requiere causa justa y proporcionada? ¿Quién puede justipreciarlo? ¿Cómo una persona que cuida a un enfermo contagioso puede permitir o no su propia muerte? Y lo más importante de todo, ¿quién le va a decir a Dios cómo debe juzgar un caso de estos? ¿Qué decir de aquellos que, en diversas situaciones – incendios, derrumbes, desastres naturales, guerras – se inmolan para que otros se salven? ¿Y qué decir de los mártires cristianos, de aquellos que sufrieron la muerte por su fe, por negarse a abjurar de su fe en Cristo? ¿Y del propio Cristo, quién teniendo a su disposición doce legiones de ángeles para defenderse (Mateo 26:53) se entregó voluntariamente a la muerte? La inclusión aquí del concepto de suicidio indirecto – suicidio por omisión, acortarse la vida por el expediente de adoptar conductas autodestructivas – parece caprichosa, amén del hecho de que catalogar un acto sublime como es el sacrificio por otra persona, como “ilícito”, y pretender reglamentar lo que se requiere en cuanto a causas justas o no para “permitir” la muerte, impresiona como un vestigio de la vieja actitud de la Iglesia de otros tiempos, reguladora de cada aspecto de la vida y la muerte de sus feligreses. Dios es el Juez de toda la tierra, y la Biblia dice: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25). Independientemente de las leyes y dogmas de los seres humanos, Dios obrará con libertad e independencia de nuestro criterio. Esa es y siempre debe ser nuestra confianza.

En la parte 1 de esta serie mencioné una breve compulsa realizada mediante mensaje de texto a un grupo de hermanos y amigos creyentes evangélicos, acerca del destino eterno de los suicidas; en esa oportunidad destaqué una respuesta que me pareció atípica: la que decía que si el suicida era un creyente y estaba “en Cristo”, entonces sería salvo. La misma aseveración sale en el artículo El Suicidio en la Iglesia (4), de origen evangélico, en el cual se afirma: “un cristiano nacido de nuevo podría cometer suicidio, y si así lo hiciera, iría al cielo”. Como en el caso de los artículos católicos, este artículo no cita pasajes bíblicos que apoyen una afirmación tan categórica; en vez de eso se trata, también aquí, de reflexión especulativa. El autor dice: “honestamente le puedo decir a los familiares de una persona que se suicidó, que si ésta conoció a Cristo, entonces irá al cielo”. Aunque esta reflexión especulativa tiene un tono más propio del cristianismo evangélico: se habla de arrepentimiento, de perdón de pecados por la sangre de Cristo, y de cristianos nacidos de nuevo. En cuanto a los dos primeros puntos, se afirma: “la salvación no depende de nuestro arrepentimiento, depende de los méritos de Jesucristo al morir en la cruz por nosotros”. Esta es una aseveración con la que en principio estamos de acuerdo, pues el arrepentimiento no nos salva, nos salva Cristo; pero la insistencia con que la Biblia llama al arrepentimiento sugiere la gran importancia de este acto consciente y voluntario del pecador: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17); “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15); “que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lucas 24:47); “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38). La relación entre el arrepentimiento y el perdón de los pecados está claramente establecida en los dos últimos pasajes bíblicos citados. Como la Biblia dice en Hebreos 9:27: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”, se infiere que el tiempo de oportunidad de salvación para todo ser humano está de este lado de la muerte. La oportunidad viene dada por oír el evangelio, arrepentirse de los pecados y creer en Jesucristo. Como dijo el propio Jesús de Nazaret, arrepentirse y creer en el evangelio (Marcos 1:15). En cuanto al nuevo nacimiento del verdadero cristiano, se dice: “Eso trae a colación que un nacido de nuevo no podría suicidarse. Pero es como argumentar que un verdadero nacido de nuevo no puede caer en pecado”. Y luego afirma: “Un verdadero creyente puede caer en adulterio o robar, mentir, transar o codiciar o ser abusivo o tener malos deseos”. Todo eso es cierto, pero con matices. Un creyente genuino puede caer en pecados condicionados por defectos de carácter (ira, gritería, palabrotas); incluso tener malos deseos. Pero adulterar, mentir, robar, ser abusivo, ya implican actos deliberados y planificados, que llevan la gravedad del hecho a otro nivel. El apóstol Juan escribió: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios lo guarda y el maligno no lo toca” (1 Juan 5:18); es muy difícil conciliar este pasaje bíblico con la idea de que un cristiano verdaderamente nacido de nuevo acabe suicidándose. Además, en caso que el verdadero creyente incurra en tales conductas, será necesario el arrepentimiento; la Biblia dice en Hebreos 12:14: “Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.

¿Por qué el autor del artículo El Suicidio en la Iglesia incurre en afirmaciones tan arriesgadas, sin sustento bíblico? Indirectamente, él lo aclara en el propio artículo; al final, cuenta que un hijo suyo, creyente evangélico y miembro de su iglesia, siendo estudiante universitario se había suicidado. Lo que tenemos aquí es un padre que no sólo perdió a su hijo, sino que además, como cristiano evangélico cree en una vida más allá de la muerte, y consciente de la enseñanza tradicional de la Iglesia acerca del suicidio, busca desesperadamente una alternativa a la horrible perspectiva de nunca más ver a su hijo por toda la eternidad.

Personalmente, y para consuelo y esperanza de todas las personas que están en una situación tan amarga, desearía que fuera así; que Dios en su misericordia haya provisto una oportunidad de arrepentimiento y salvación a quién se ha quitado la vida. Pero así como no hay en la Biblia, nuestra única regla de fe y conducta, una sentencia categórica acerca de la perdición eterna del suicida – salvo el mandamiento reiteradamente invocado no matarás – tampoco hay en la Palabra de Dios una revelación que ofrezca otra perspectiva para quién atentó contra su propia vida.

Quizás debamos interpretar este silencio de la Biblia de una manera más simple. Tal vez su objetivo sea que aprendamos a confiar en Dios y nada más; confiar en la justicia, el amor y la misericordia de Dios, sin desesperación ni desesperanza, pensando que el Dios que la Biblia nos presenta no es un Juez ávido de castigar y condenar, sino un Padre que anhela perdonar y recibir en su casa. El Señor sabe qué hacer y cómo tratar con aquellos que en el colmo de la desesperación, la tristeza o la perturbación mental, se quitaron la vida. Y al final, sus juicios y misericordias siempre nos dejarán conformes por su rectitud, pero también por el amor con que fueron ejecutados.

No trates de suicidarte.

No intentes suicidarte.

No pienses en suicidarte.

1) encuentra.com/sin-categoria/suicidio_y_misericordia_divina13351/

2) es.catholic.net/temacontrovertido/330/1748/articulo.php?id=8977‎

3) www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/14892/1/capitulo5.pdf

4) www.horizonteinternacional.com/es/r_past_suicidio.asp

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Lea y escuche aquí: No trates de suicidarte – Parte 1

Lea y escuche aquí: No pienses en suicidarte – Parte 2

2 Comments

  1. Al Dogherty dice:

    Estimado Dr. Pandiani, hermano, ¡tema más que interesante!

    Difícil de abordar -y de analizar-; que como la mayor parte de los temas “difíciles” que usted analiza y expone, sus humildes oyentes tenemos que volver luego y “analizar” el “análisis” mil veces, en el burdo intento que en nuestra limitada inteligencia logremos haber aprendido algo de lo tratado.

    Pero intentar hacerlo de la forma en que tan interesante cuestión nos llega, se hace sobremanera difícil.

    Exponer la primera parte, y a continuación la tercera, sin que sepamos de qué se trataba la segunda, nos deja un bache imposible de llenar.

    Si se trata de una estrategia, le aseguro que ha logrado captar la atención sobre el asunto.

    Tal vez algún día antes del final de los tiempos, nos llegue la columna que completará el vacío y así nos veamos en la obligación de comenzar de nuevo desde el principio y de vuelta analizar el análisis.

    Dios le bendiga

    • Alejandra Maresca dice:

      ¡Gracias por tu comentario!
      Las tres partes de esta serie están disponibles en la web. Hemos dejado los enlaces para más fácil acceso al final de cada publicación.
      Quedamos a las órdenes.
      ¡Bendiciones!

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