Moral posmoderna y ética cristiana

Una mujer espiritual
16 agosto 2022
Eutanasia: una reflexión en medio del debate
17 agosto 2022

Por: Dr. Álvaro Pandiani.

Es común que en la charla cotidiana utilicemos indistintamente los términos ética y moral, como referencia a lo que “está bien”, a lo que “es correcto”, a lo que “debe” o “no debe” hacerse, para que sea bien considerado por “alguien”. Moral y ética son conceptos tan relacionados, que llegan a utilizarse como sinónimos. A nosotros en la charla de hoy nos interesa la ética, qué implicancias éticas tiene desarrollar las profesiones que hemos elegido para formar el futuro de nuestra vida. Pero de la interrelación recién mencionada surge que no puede haber ética sin moral. Si entendemos la moral como un conjunto de normas y principios que han de regir nuestra conducta, la ética radicará en el cumplimiento cabal de aquellas normas y principios; si la ética pregunta: ¿qué debo hacer?, ¿cómo actuar ante esta situación?, la moral responderá: observando íntegramente este decálogo de normas.

Eso nos lleva a plantearnos dos cuestiones. Primero, sobre qué se sustentará nuestro desempeño en la vida, y en nuestro tema concreto, nuestra práctica profesional; qué normas, cuáles principios guiarán nuestra conducta y orientarán nuestras decisiones. Segundo, si nuestra práctica profesional tendrá implicancias éticas, es decir, surgirán situaciones conflictivas entre nuestros principios morales y las decisiones a tomar en el ejercicio de la tarea que se nos requiere ejecutar, ¿cuál será nuestra respuesta? Porque ante esta interrogante se abre un abanico de opciones:

a) ¿Nos mantendremos firmes en nuestros principios morales, sin importar las consecuencias para otros y para nosotros mismos?

b) ¿Nos mantendremos firmes en nuestros principios morales, pero asumiendo la entera responsabilidad de nuestra decisión, de modo de minimizar o evitar las consecuencias para otros?

c) ¿Dejaremos de lado nuestros principios morales, debido a la presión de las circunstancias y/o del entorno, sean personas o instituciones?

d) ¿Dejaremos de lado nuestros principios morales, debido a otras consideraciones, entre las cuales cabe mencionar conveniencias personales basadas en intereses materiales y monetarios?

Ejercer una profesión universitaria constituye una responsabilidad y un auténtico desafío. Hasta el día de hoy recuerdo lo dicho por un profesor de la Facultad de Medicina de Montevideo. Él habló del “poder” que la sociedad otorga al médico, e hizo consideraciones acerca del correcto uso de ese “poder” conferido por la comunidad. Quizás no sea disparatado extender ese concepto de un cierto “poder”, otorgado por la sociedad, a todos los profesionales universitarios. Hacer un buen uso de ese “poder”, un uso que respete las normas jurídicas, pero que también respete los derechos individuales y la dignidad humana de nuestros conciudadanos a quienes servimos desde nuestras profesiones, es un reto aún más grande.

Es bastante difícil en el momento actual hablar de ética profesional, o de implicancias éticas del ejercicio profesional, es decir de situaciones en que el profesional se ve expuesto a actuar de modo incompatible con la ética. Es difícil porque la consideración en que eran tenidas por la sociedad en general algunas profesiones universitarias, o tal vez sea más correcto decir algunos gremios universitarios, se ha deteriorado en los últimos tiempos. Se ha deteriorado primero que nada por hechos desafortunados, involuntarios algunos, dolosos otros, trascendidos a la opinión pública; se ha deteriorado por el bombardeo de la prensa, que muchas veces ha puesto a todo un gremio bajo una lupa de mala calidad, que agranda las cosas pero no permite apreciarlas con el adecuado detalle; y se ha deteriorado por la coyuntura política, cuando el enfrentamiento con algunas agrupaciones de profesionales ha sido utilizado por gobiernos de turno como recurso populista. El gremio médico, al que pertenezco, es un buen ejemplo de este deterioro en la consideración de la opinión pública. Hechos puntuales de mala praxis médica, confirmada o solo sospechada, acusaciones de voracidad salarial y corporativismo, convenientemente amplificadas por la prensa, han conducido a un declive en el respeto y la confianza de algunas personas en el cuerpo médico. Hasta hace algunas décadas, el médico era el “doctor de cabecera”, alguien de confianza, casi como un miembro de la familia. Hoy en día, aunque el sistema de salud intenta rescatar aquel viejo sistema, mediante el título de postgrado en Medicina de Familia y el sistema de médicos de referencia, es dudoso que una loable iniciativa académica, o una política de salud del estado, recuperen por sí solas la confianza de la gente. La confianza de la gente la debemos recuperar los profesionales universitarios, adoptando una conducta correcta y tomando las decisiones correctas; porque eso es la ética: tomar las decisiones correctas.

Que sea difícil hablar de ética, es lo que hace que sea tan necesario.

A modo de planteo personal, considero que una conducta correcta implicará, entre otras cosas, honradez, compromiso con la profesión y con el bienestar de las personas, amén de un trato humano y digno de las mismas, pero también una clara definición de roles. En esa definición de roles, el profesional debería ocupar el lugar del consultor que asesora y aconseja, desde sus conocimientos y experiencia, las líneas de acción más convenientes, favorables y legítimas para quién consulta; el profesional no debería ser ni un agente servil de los deseos, caprichos o intereses privados de sus clientes, ni un rapaz que depreda a los usuarios particulares, a las instituciones o al sistema público, en aras de satisfacer sus propias ambiciones y engordar sus arcas personales.

Una correcta toma de decisiones debería estar guiada por un adecuado decálogo de normas y principios morales. Las decisiones a tomar darán lugar a cursos de acción, los que a su vez tendrán consecuencias sobre otros, eventualmente sobre el conjunto de la comunidad, y sobre nosotros mismos, sobre nuestro trabajo y reputación. Una forma de evaluar dichas decisiones es someterlas a una triple prueba:

a) Prueba de la legalidad: ¿es legal el curso de acción elegido?

b) Prueba de la publicidad: ¿estaríamos dispuestos a defender públicamente el curso de acción elegido?

c) Prueba del tiempo: ¿tomaríamos la misma decisión, si pudiéramos retrasarla unas horas, o unos días?

(Tomado de Procedimiento de toma de decisiones en la ética clínica; Ética Médica. Medicina Interna; Farreras – Rozman; Elsevier, España, 2009; página 58).

Aunque esta triple prueba forme parte de un procedimiento de uso en medicina, creo que es perfectamente extrapolable al resto de la actividad profesional: lo que haremos, ¿es legal? (difícilmente sea ético, si no es legal); ¿es posible hacerlo públicamente? (o debe hacerse en oculto, para no exponerse a la vergüenza y reprobación de la opinión pública); ¿es la mejor opción, aunque cambien las circunstancias? (si no existiera la urgencia por tomar la decisión, ¿se optaría por otra?). Son consideraciones a tener en cuenta, en el ejercicio diario de la profesión.

Ahora bien, más allá de la prueba representada por las consecuencias o eventuales consecuencias de nuestras decisiones, la pregunta capital es: ¿cuál es el decálogo o conjunto de normas que guiarán nuestra conducta? En otras palabras, ¿cuál es la moral que dirige nuestro camino? Siendo la moral un conjunto de normas y principios que, en definitiva, pretende indicarnos lo que está “bien” y lo que está “mal”, y recordando lo dicho casi al inicio, acerca de que las posiciones, opiniones, actos y conductas del individuo serán considerados “buenos” o “malos” por otros individuos, por instituciones o por el conjunto de la sociedad, se infiere que la moral dependerá de una serie de tópicos. Dependerá de las normas imperantes en la sociedad, a veces pero no siempre signadas por la herencia filosófica y religiosa; de las pautas culturales e ideologías dominantes; del lobby representado por agrupaciones claramente identificadas, que preconizan una moral alternativa; y de la presión selectiva ejercida por los medios masivos de comunicación, cuya vehiculización de información e ideas puede ser influenciada, no necesariamente en forma voluntaria, por la moral particular de sus responsables. El resultado es una moral no uniforme ni universalmente aplicable; un conjunto de normas, por supuesto que no imponible a todos los integrantes de la sociedad. Será en realidad un grupo de decálogos diferentes, que cada cual adoptará según sus ideas, criterios, aún sentimientos, y también según las circunstancias y el contexto. Esta relatividad moral, muy propia de la posmodernidad, en la que no hay ni se aceptan absolutos, derivará en una forma de ética de situación, en la aprobación como bueno de aquello que resuelve lo más rápidamente el problema, o sirve a los propios intereses e inclinaciones.

Entonces, preguntamos: ¿podemos recurrir a un decálogo moral firme, absoluto, independiente de las ideas, opiniones y ánimos cambiantes de una sociedad en evolución? Y respondemos: sí, podemos. Nosotros recurrimos a la moral cristiana, la cual es algo más que un grupo de reglas y principios, pues tiene como paradigma de palabra y conducta al hombre histórico Jesús de Nazaret, su llamado a una nueva vida por la fe en Él, y sus mandamientos resumidos en la más importante y menos obedecida de todas la leyes: la ley del amor (“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Marcos 12:31; “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”, Juan 13:34; “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”, Romanos 13:10). La moral cristiana aplica cuando Jesucristo es para nosotros algo más que un nombre, un personaje de la antigüedad o una figura emblemática de una religión. Cuando Jesús vive en nuestro corazón, nuestra moral deberá ser la de la Biblia en cuanto Palabra de Dios, y nuestra ética, no solo en nuestra profesión sino en cada aspecto de nuestra vida, una ética cristiana; un patrón de conducta guiado por el amor sin fronteras, la entrega y el sacrificio por los demás, la rectitud y la honestidad, y por una aspiración de santidad. Siempre con los ojos puestos en Jesús como modelo supremo de vida.

Los desafíos éticos de nuestras profesiones en el Uruguay de hoy, casi iniciando la segunda década del siglo 21, forman una lista rebosante y heterogénea. Los problemas hacen fila para ingresar. En el campo de las ciencias de la salud, que me concierne, los retos son múltiples, y abordar algunos resulta un verdadero quebradero de cabeza. Baste nombrar temas espinosos y extensamente discutidos como el aborto, la terapia con células pluripotenciales o células madre, la manipulación genética de embriones, la eutanasia y el suicidio asistido, u otros aspectos de la atención del enfermo al final de la vida. También hay otros temas menos mediáticos y más cotidianos; por ejemplo, el acceso universal a las medidas diagnósticas y terapéuticas existentes en la actualidad, según lo indicado en cada situación individual, y no solo de quienes tienen un determinado poder adquisitivo; o también, los problemas éticos vinculados a la participación de seres humanos en estudios de investigación biomédica.

Los desafíos están allí; por lo tanto, también está allí la oportunidad. La oportunidad de proceder con rectitud, de tomar las decisiones correctas, de ser fieles a la ley moral que hayamos adoptado como norma de nuestras vidas, y también de nuestras profesiones. Y también la oportunidad de tomar como guía de nuestros hechos, palabra y conducta, tanto profesional como personal, la ley de Cristo y la moral cristiana, surgida de la Palabra de Dios, y así ser en cada uno de nuestros actos y decisiones, un fiel reflejo de Aquel que dejó una huella indeleble en la historia de la humanidad: Jesús de Nazaret.

Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 h por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

1 Comment

  1. Carlos dice:

    Estoy esencialmente de acuerdo con la postura y el pensamiento del Dr. Alavaro Panidiani, excepto cuando no puede evitar que le aflore el coorporativismo médico. En lo personal compartiré con amigos esta nota en virtud que el tema está siendo abordado por mucha gente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *