Solaris, el encuentro con lo incomprensible

Esclavos financieros
28 noviembre 2022

El ciclo ficticio, séptima parte.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El cierre de este ciclo viene con una narración que se ha constituido también en un clásico del género de la ciencia ficción, una novela llevada dos veces al cine, la primera de esas veces en la Unión Soviética, en 1972: Solaris, de Stanislaw Lem. Si bien existió una versión televisiva, también soviética, realizada en 1968, y un remake estadounidense del año 2002, la Solaris de 1972 –dirigida por el aclamado director ruso Andréi Tarkovski– es la versión más famosa, la que en occidente se transformó en película de culto; cuando hablamos de película de culto nos referimos a un film que ganó –desde su estreno, o con el paso del tiempo– una legión de seguidores. Un ejemplo claro y representativo salió al principio de este ciclo, con la franquicia Star Trek, o también con 2001, una odisea del espacio. De hecho, Solaris es una película de ciencia ficción “de culto”, y se la ha equiparado a 2001, siendo considerada la respuesta soviética a la película estadounidense dirigida por Stanley Kubrick. Si se piensa en dos grandes películas de culto del género de ciencia ficción, de una ciencia ficción adulta, de hace aproximadamente cincuenta años, realizadas durante la guerra fría, la estadounidense 2001 y la soviética Solaris están a la misma altura.

Solaris es de esas películas que gustan a los críticos de cine. Es un film difícil de ver, sobre todo para espectadores acostumbrados a –y que gustan de ver– acción, ritmo vertiginoso y, sobre todo, efectos especiales. Incluso la versión estadounidense del año 2002, con mejores recursos visuales y tecnológicos para representar la vida a bordo de una estación espacial, tampoco tiene esa dinámica de los blockbusters; es decir, de esas películas que rompen la taquilla por su épica, su acción y sus personajes carismáticos. En suma, Solaris no es una película de Viaje a las Estrellas, o un episodio de la Guerra de las Galaxias. Se desarrolla en el espacio, en un planeta lejano en órbita de otra estrella distinto de nuestro sol, a muchos años luz de la Tierra, pero no hay naves viajando a velocidades hiperlumínicas, ni batallas espaciales. Y aunque, efectivamente, hay un extraterrestre –sólo uno– y está muy presente, aparece poco y nada, y nunca empuña un arma, y ni siquiera se oye su voz. La película ha sido descrita como un drama psicológico. Según una crítica: “Para por completo los relojes de nuestras muñecas para sumergirnos en un estado de ensueño y meditación donde lo que importa es reflexionar acerca de nuestra condición humana y el motivo de su existencia” (1); en otras palabras, es una película lenta, con muchos diálogos, y también muchos silencios. Todo sucede dentro de una estación espacial de investigación científica, que en las películas está en órbita del planeta Solaris, aunque en la novela se localiza en la atmósfera, sobrevolando la superficie del planeta a pocos cientos de metros de altura. El protagonista es el psicólogo Kris Kelvin, que llega allí para investigar extraños fenómenos que afectan a la tripulación, y que han conducido a la muerte a uno de los científicos. Cuando el psicólogo llega, se encuentra con que “Los supervivientes parecen estar locos de remate. Esto es debido a que han utilizado un haz de rayos roentgen para investigar el océano de Solaris, y el planeta supuestamente ha respondido lanzando sus propias sondas. Unas sondas que se han introducido en las mentes de los astronautas, haciendo algunos de sus recuerdos reales” (1). El océano, que recubre casi por completo este planeta ficticio, resulta ser una masa protoplasmática dotada de vida y de conciencia, un ser extraterrestre gigantesco, monstruosamente extraño y aterradoramente incomprensible.

Cuando el psicólogo llega a la estación espacial, varias generaciones de científicos de la Tierra se han sucedido ya, durante más de cien años, estudiando esa forma de vida alienígena y procurando establecer contacto con la misma. El océano es un ser inteligente, pero tan extraño y diferente que la comunicación es casi imposible. Según el crítico antes citado: “El contacto con inteligencias incomprensibles para el ser humano y la imposibilidad de comunicarse con ellas, es el tema central de toda la obra de Stanislaw Lem”(1). En esa misma crítica, el autor cita una expresión interesante, que todos los que se entusiasman con la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre deberían tener en cuenta: “puede que no estemos solos en el universo, pero, ¿de qué sirve, si no podemos hablar con las otras criaturas que lo habitan?” (1). Esa dificultad se representa magistralmente en esta novela. Sin embargo, el océano de Solaris revela facultades sorprendentes. Una vez que ha sido atacado con rayos X –algo que había sido prohibido desde la Tierra– responde mostrando ser, al decir de otra crítica: “un océano superficial de propiedades mágicas”(2); el autor de esta crítica, con un tono más místico, sigue hablando del océano inteligente de Solaris, y dice: “esta divinidad en forma de aguas es capaz de leer las mentes de los tripulantes de la nave y enfrentarlos a sus miedos u otorgarles placeres, según como los obsequios sean entendidos… el océano se dedica a jugar con ellos, materializando ilusiones y pensamientos”2. Cabe preguntarse si este crítico cinematográfico, al llamar “divinidad” al océano inteligente de propiedades sobrehumanas, interpreta correctamente al autor de la novela, o sólo incurre en una licencia poética. En otras palabras, cabe preguntarse si Stanislaw Lem quiso transmitir que el ser extraterrestre encontrado en Solaris era un dios, al igual que lo hizo Arthur C. Clarke con sus extraterrestres evolucionados en fantasmas interestelares, en 2001. En cualquier caso, este océano sin nombre hace cosas, que llevan al límite de su cordura a los hombres a bordo de la estación espacial.

La materialización de los recuerdos, pensamientos e ilusiones, de que hablan los críticos, se ve en la película como la aparición de personas que fueron parte importante de la vida y los afectos de los miembros de la tripulación de la estación espacial. El protagonista, el psicólogo, despierta de su primera noche de sueño en Solaris y se encuentra con su esposa, muerta diez años atrás; no es un fantasma, ni un zombi, ni un vampiro, ni un demonio, es ella. Y, sin embargo, no es ella. La mujer no recuerda cómo llegó allí, ni sabe qué hace allí. Poco a poco, el protagonista se da cuenta que, aunque se parece en todo a su esposa, no lo es; entonces, la lanza fuera de la estación. Pero el océano vuelve a crearla, y la deposita allí; y él, progresivamente, la acepta. El océano de Solaris, con esto, provoca “un conflicto ético en el hombre, entre su moralidad y su deseo”2; es decir, un conflicto entre lo que está bien, que es rechazar ese engendro extraño, y lo que el hombre anhela: volver a abrazar a su esposa. En un interesante diálogo que se da entre el psicólogo, cuando recién había arrojado fuera de la estación la materialización de su mujer, y uno de los científicos que lleva dos años allí, el protagonista exclama que la interpretación de que el océano es quien está provocando la materialización del contenido de sus mentes es una “demonomanía”; es decir, una “Manía que padece quien se cree poseído del demonio”(3). Uno de los críticos que citamos nos dice que esta obra “sorprende en su meditada concepción sobre el comportamiento del raciocinio humano ante la prueba que conlleva el misterio, aquello que escapa al conocimiento dominado”2. En otras palabras, intenta mostrar cómo puede llegar a reaccionar el ser humano, cuando está ante algo que no puede explicar.

Desde nuestro punto de vista cristiano, Solaris es interesante porque nos permite aproximarnos a una serie de cuestiones vinculadas con la existencia misma del ser humano, y el lugar que la espiritualidad tiene en dicha existencia. Esas cuestiones tienen que ver con el encuentro del ser humano con lo incomprensible; el encuentro con seres incomprensibles; el atribuir un carácter sobrenatural a aquello que no se puede comprender; el atribuir maldad a lo que nos hace sentir amenazados. Y como derivación teológica última del tema: el hombre ante la Divinidad, si es que la Divinidad existe.

Curiosamente, mientras los personajes de la novela del Stanislaw Lem representan la actitud del hombre contemporáneo, cuando se encuentra con lo incomprensible, el comentario de uno de los críticos que citamos se identifica más con el hombre primitivo. Los científicos de la estación espacial están abocados a estudiar el océano inteligente, procurando comprenderlo; el crítico incurre en licencias retóricas, hablando del océano en términos como magia y divinidad. Para el hombre primitivo, lo incomprensible siempre despertó temor y veneración, y devino en religiones elementales, que adoraban fenómenos de la naturaleza: la lluvia, el relámpago, el trueno, y cosas por el estilo. En el pasaje de la novela que mencionamos antes, el hombre contemporáneo y el hombre primitivo están representados en el diálogo entre el psicólogo y el científico; éste atribuye al océano poderes sobrehumanos, y aquel reacciona calificando tales ideas como superstición, y clamando por una explicación de los extraños fenómenos. Desafortunadamente para el protagonista de esta historia, lo incomprensible no logra ser resuelto; las facultades humanas no alcanzan para explicar lo que ocurre. El océano inteligente es un ser incomprensible; pocos argumentos en la ciencia ficción enfrentan al ser humano con misterios que no se pueden resolver, por mucho que se empeñe quien lo intenta.

El encuentro con seres incomprensibles es el siguiente escalón en esta consideración de cómo la espiritualidad tiene un lugar en el abismo que se tiende entre el ser humano y lo desconocido. Este encuentro con seres incomprensibles se ha dado en la historia, tanto con seres reales como con seres imaginarios. Los seres reales fueron siempre grupos humanos que –en un mundo no globalizado y con medios de comunicación primitivos– eran completamente ignorados, lucían un aspecto chocante, tenían costumbres extrañas y hablaban un lenguaje ininteligible; el encuentro entre grupos humanos dispares se daba en forma fortuita, en el contexto de viajes de exploración, o durante invasiones militares. Desafortunadamente, como sucedió por ejemplo cuando la conquista de América, aquellos que tenían un nivel cultural y tecnológico inferior atribuyeron en primera instancia un carácter divino a los recién llegados. Por otra parte, los seres imaginarios vinieron a ser todos aquellos dioses con los cuales los seres humanos poblaron los cielos, o los demonios que localizaron en el inframundo, o revoloteando a su alrededor. Básicamente, en ambos casos, con seres reales o imaginarios, la reacción primaria siempre es atribuir un carácter sobrenatural a aquello que no se puede comprender, y atribuir maldad a lo que nos hace sentir amenazados. Aún el hombre contemporáneo, con una mentalidad científica, que procura investigar en busca de una explicación para lo inexplicable y maravilloso del universo que habitamos, encuentra en el misterio último del cosmos una cuestión espiritual: o niega la existencia de Dios, o ve en la compleja enormidad del universo la firma del Creador.

En cuanto a la cuestión del ser humano enfrentado a la Divinidad, no vamos a entrar en ninguna definición filosófica del concepto de Dios. Siendo necesariamente breves, iremos directamente al enfoque teológico de la persona del Creador; como cristianos, el enfoque será desde la teología bíblica. En otras palabras, buscaremos en la Biblia si la Divinidad es comprensible, o no. Una consideración preliminar es que el concepto de Dios se ha trivializado, y a ello ha contribuido en parte la religión, en parte la indiferencia frente a la fe. Expresiones como “Dios mío”, “por Dios”, o “no hay Dios que lo haga entender”, señalan la persistencia del concepto de Dios, implantado por la religión que antaño fue culturalmente hegemónica –el cristianismo– pero vaciado de contenido por la displicencia y la incredulidad crecientes respecto a la fe. Dios, en caso que exista, es uno más; alguien que está “allá arriba”, que podría ayudar de múltiples maneras, si quisiera, pero que por alguna razón no lo hace, y en la mayoría de las crisis personales de la gente está más ausente que presente; esto en la visión de las personas no afiliadas a la fe bíblica. Dios, entonces, es como un amigo imaginario; es “el flaco”, “el barba”, el anciano de pelo blanco del arte religioso tradicional. Por otra parte, la enorme complejidad del universo, que la ciencia nos ha revelado, induce a pensar que, si de verdad existe esa inteligencia suprema y todopoderosa, que creó este universo tan vasto y complejo, no puede ser que se interese por nosotros, pues no somos más que simples microbios habitando un planeta insignificante. Al decir de una cita que usamos en ocasión de comentar la obra de Arthur C. Clarke: “la humanidad…no es más que un anónimo grano de arena sujeto a la irrevocabilidad de los grandes acontecimientos”(4). El pensamiento displicente del agnóstico dice: “si de verdad existe Dios, es imposible que nosotros le importemos un comino”.

Si lo pensamos bien, la Divinidad, en caso de ser suprema, todopoderosa, eterna y creadora del universo, es una entidad inteligente no humana infinitamente superior y abismalmente diferente a nosotros. No podemos abarcar la Divinidad, ni física ni mentalmente, y el solo intento por comprenderla nos deja perdidos. Por eso, la propuesta es dirigir los ojos a la Biblia, pues la misma reclama ser la revelación de ese Dios infinito e incognoscible a la humanidad.

 

1) https://www.hobbyconsolas.com/reviews/cine-ciencia-ficcion-critica-solaris-1972-79348
2) https://elespectadorimaginario.com/pages/noviembre-2009/investigamos/solaris.php
3) https://dle.rae.es/demonomanía
4) www.bibliopolis.org/resenas/rese0016.htm

 

Escuche aquí «El ciclo ficticio – Parte 1».

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Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 h por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

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